Bel-Ami

Protagonista de la novela del mismo nombre (v.) de Guy de Maupassant (1850-1893). G. Duroy, apodado Bel-Ami, es una de tantas modernas encarnaciones, quizá la mejor lograda y más célebre, del tipo de Don Juan interesado: del hombre que, amado y asistido por las mujeres, hace su fortuna a base del «sex-appeal».

Al igual que todos los grandes instintivos, al principio de su carrera Bel-Ami ignora casi completamente su particular fascinación y es más bien algo tímido (por lo menos tanto como pueda serlo un ex sub­oficial de África trasladado al ambiente mundano de París); tampoco trata de lle­var a cabo ningún plan premeditado de vulgar oportunista, cosa que malograría aquella naturalidad y gracia ingenua de sus actos, que constituyen parte de su atrac­tivo.

Sabe que es apuesto, naturalmente elegante, de buen porte y osado, y ello le infunde cierta vanidad; pero hasta el mo­mento no se ha servido de tales prendas más que para las pequeñas aventuras pro­pias de la juventud. Tras los primeros éxi­tos, empieza a tener confianza en sus propios medios, va adquiriendo paulatina­mente conciencia de su poder y, muy tran­quilamente, lleva a cabo sus aventuras amo­rosas con la cínica amoralidad que es la base de su carácter de ambicioso sin es­crúpulos.

Y así, acoge sin cálculo pero también sin sorpresa la simpatía y el apoyo de la mujer de un periodista amigo suyo, en tanto que el amor de la bella Clotilde empieza a hacer de él un hombre de mun­do. En la subsiguiente conquista de Madame Walter, esposa del propietario de su periódico, interviene ya el cálculo, aunque mezclado a la curiosidad natural de un vi­cioso; cálculo y simpatía le impulsan a des­posar a su primera inspiradora, que quedó viuda, a la que una vez satisfechos sus ca­prichos abandona con implacable crueldad, a pesar de que alegando «motivos de honor» consigue siempre salvar las apariencias.

In­cluso en el golpe final, que es su obra maestra, la seducción de la adolescente Susana, hija del millonario Walter y de su misma ex amante, sabe mantener cierta es­pontaneidad, simulando obedecer también a un sincero arranque pasional que puede servirle de excusa. La falta de sinceridad aun consigo mismo, así como el velo de primitiva inocencia con que sabe rodear todos sus actos, son caracteres propios de un personaje como el que nos ocupa; su graciosa sencillez de hombre instintivo e irresponsable, que por sí sola le garantiza el éxito y le permite escamotear sus ver­daderos planes aun a los ojos de los más listos, es una pincelada magistral en el odioso retrato de su vida.

M. Bonfantini