[Beatrice Cenci]. Esta figura se ha ido imponiendo, a través del arte, a su original histórico de tal modo que ha acabado por cambiarlo totalmente: pintores, escultores, novelistas y poetas la han ido rehaciendo amorosamente, dándole una vida más verdadera aún que su misma y desgraciada existencia.
Su semblante es el de la desgracia expiatoria: quizá el rostro que pintara Guido Reni, pálido, sin la menor sonrisa, con los ojos abiertos, dulce y como aturdido, con la cabeza envuelta en un blanco turbante; su alma, tal cual la describiera Shelley (v. Los Cenci), es la misma de tantas otras heroínas perseguidas, aunque iluminada y justificada por una fatalidad al mismo tiempo vindicativa y purificadora.
En la tragedia de Shelley, Francesco Cenci, animado por el espíritu diabólico de los «héroes» del marqués de Sade, quiere envenenar y violar el alma de su hija, y se entrega a una sacrílega plegaria que, aun con distinto significado, recuerda la maldición de Lear (v.) contra Cordelia (v.). Y las torturas que Beatriz describe son del género de las que sufre la Justina de Sade.
El «ángel del parricidio» corona y expía los cinco siglos de crímenes de su trágica familia, los toma sobre sí, vese por ello vejada, y, cuando levanta el brazo que vindica y mata, es el destino quien la guía y le impone una acción que la conducirá como víctima al patíbulo, aunque sin menoscabo de su inocencia. F. D. Guerrazzi, en la novela que le dedica (v. Los Cenci), quiere ahorrarle el parricidio, pero ello, al hacer de Beatriz un simple personaje patético, mero símbolo de la inocencia perseguida por el despotismo de los poderosos, disminuye bastante su trágica poesía.
Giovanni Battista Niccolini, en su tragedia Beatriz (v.), quiso ver también sus manos limpias de sangre paterna, pero supo mantener, en cambio, toda la dignidad de su infinita desgracia, respetó su silencio y dejó resonar los amplios e indefinibles ecos del mismo drama. Luego, ya no se habló apenas de Beatriz; en cambio, se multiplicaron las oleografías copiadas del cuadro de Reni, que invadieron las casas burguesas de Italia e Inglaterra, en las que aún permanece la presencia de Beatriz, pequeña divinidad del sufrimiento dispensadora de bienes, según se cree, como ocurre con todos los que han sido víctimas inocentes de grandes males.
Beatriz Cenci ejerció también una apasionada fascinación sobre el americano Hermán Melville (1819- 1891); el retrato de Reni le obsesionaba: «La más dulce y conmovedora, aunque también la más terrible de todas las cabezas femeninas: la Cenci de Guido… La impresión de fantástica anomalía que se experimenta al ver una criatura tan dulce y seráficamente rubia velada bajo el doble crespón negro de los dos delitos más horribles que perpetrarse puedan en la sociedad humana: el incesto y el parricidio» (Pierre, libro XXVI). Y en Clarel (vol. II), Melville se entretiene observando el indecible dibujo de la boca de la figura de Guido, dibujo que en las copias se pierde, cual si los copistas, encontrándolo insufrible, lo hubiesen atenuado: un temblor doloroso en los débiles y carnosos labios.
U. Déttore

