[«Matador de búlgaros»]. Este gran emperador (963-1025), que señala un momento de gran poderío y esplendor para el imperio bizantino, ocupa un lugar preferente en la literatura neogriega, particularmente en la época de las guerras balcánicas, por su condición de campeón del helenismo en la lucha contra los pueblos vecinos.
Dejando aparte los romances históricos, a causa de la juvenil inexperiencia de la escritora Penélope Delta, y el poco logrado drama del mismo nombre del poeta Jorge Stratighis, el mejor monumento poético erigido a la gloria del gran emperador es La flauta del rey (v.), poema epicolírico en doce cantos, o «lógoi», de Costis Palamás (1859-1943), en el que, con singular maestría, el emperador en persona evoca su época.
En él se narra, en efecto, cómo en tiempos de Miguel I Paleólogo y del imperio latino algunos altos dignatarios del ejército bizantino se hallan junto a las ruinas de un monasterio cercano a Constantinopla. Y he aquí que descubren con asombro, en una tumba abierta, un esqueleto que tiene una flauta en la boca. Según la inscripción que la tumba ostenta, aquél es el esqueleto de Basilio Bulgaroctonos.
Al intentar los presentes separar la flauta de la boca del cadáver, ésta, repentinamente, se anima y empieza a cantar, a hablar, a relatar y a describir la famosa marcha del emperador hasta la ciudadela de Atenas. Se nos describen, así, las ciudades, en particular las de Macedonia, por donde pasa el emperador victorioso, y los diversos pueblos griegos que componen sus valerosos ejércitos.
El paso a través de Tesalia es aprovechado por el poeta para entonar un himno a esta comarca y a toda la Grecia central, canto que culmina con la glorificación de Atenas. Con gran lirismo se representa la agonía del culto pagano y la sustitución de éste, en el Partenón, por el de la Virgen María. Especialmente bellas son la plegaria a la Madre de Dios y la visión profética del futuro. Como por un espejo, van desfilando las vicisitudes que en el transcurso de los años estremecerán a Constantinopla y a todo el imperio: la conquista latina y la dominación turca. Luego hace referencia al renacimiento de la fe.
El poema acaba bruscamente con el retorno al tema inicial del esqueleto parlante. Cuando el emperador Miguel I Paleólogo, oportunamente informado, se acerca e intenta extender las manos hacia los imperiales despojos, éstos pierden vigor y la flauta cae al suelo, convertida ya tan sólo en «una caña muda». El intrépido, belicoso y culto emperador simboliza aquí a la nación griega y personifica la conjunción de la tradición clásica con el espíritu cristiano, así como el anhelo de un nuevo renacimiento del helenismo libre de toda pedantería y de toda idolatría del pasado. I. M. Panajatopoulos

