Protagonista de la novela del mismo nombre, del americano Herman Melville (1819-1891), publicada por primera vez en 1853 y reeditada en los Cuentos del Mirador (v.).
Parece que antes de entrar como escribiente en el despacho de un abogado de Wall Street fue empleado del Departamento de Cartas Muertas (oficina postal encargada de destruir la correspondencia que por cualquier causa no podía ser cursada ni devuelta). «Pálidamente pulcro, piadosamente respetable, irremediablemente desconsolado», Bartleby rehúye hablar, moverse, actuar, pensar y todo cuanto exija el concurso de su voluntad o el trato con los demás seres; su tránsito de la vida a la muerte hubiera sido imperceptible de no haber dejado una sensación de alivio a la sociedad humana al librarla de su exasperante presencia, así como del «triunfo cadavérico» que sobre el sentido común consiguiera.
Bartleby no es una persona; el lector no conoce de él más que la singularidad de su comportamiento, considerado por un abogado que carece de los requisitos indispensables para comprenderla. Es más bien la encarnación de una postura extrema adoptada por el espíritu frente a la vida humana: la postura del repudio pasivo. La tendencia espiritual, más propia del siglo XX que del XIX y mejor conocida en Europa que en América, de verse convertido en objeto inanimado — de ser un bastón, una piedra, una valla ensuciada por las inmundicias de los perros — se apoya en Bartleby, en un recurso común a ambos siglos: la inmersión en una rutina mecánica.
Pero una vez alcanzada esta condición de ausencia, Bartleby abandona incluso su trabajo de escribiente; se convierte realmente en una cosa, sólo humana por su forma externa, carente de sensaciones y voliciones, cuya única característica es la inercia. Muere en la cárcel de Nueva York (oportunamente llamada «Las Tumbas»), edificio de estilo egipcio que recuerda al narrador «el corazón de las pirámides eternas». Algunos biógrafos americanos sentimentales, incapaces de una visión metafísica de tal modo catastrófica, han querido ver en Bartleby la soledad y desesperación convencionales de un autor poco cuidadoso; Bartleby ha tenido que aguardar dos guerras para encontrar en Europa un público apto para comprenderlo.
S. Geist

