Barrabás

El escritor sueco Par Lagerkvist (n. en 1891) ha dado una notabilísima interpreta­ción de este personaje en la novela que lleva su nombre (v.). Mientras Cristo moría en el Gólgota, un hombre en el declive del monte y apartado de los demás le ob­servaba fijamente y siguió su agonía del principio al fin.

Se llamaba Barrabás. No conocía a aquel hombre que estaba expi­rando en la cruz, pero ya se sentía ligado a él para siempre. Barrabás era un ban­dido condenado a muerte de cruz por ase­sinato y sedición. Era costumbre judaica soltar un condenado a la última pena antes de la fiesta de la Pascua. El procurador romano Pilatos había reconocido la ino­cencia de Jesús, y para librarle, puso fren­te a los judíos a Barrabás y a Jesús para que optaran por uno de los dos en la con­cesión del indulto.

El pueblo pidió la li­bertad de Barrabás. «Él era realmente el hombre por quien el Hijo de Dios acababa de morir», pensaba Barrabás. Desde que vio a Cristo en el pretorio, sintió que había en él algo extraordinario. Acababa de salir del calabozo y sus ojos no acostumbrados aún a la luz lo habían visto como envuelto en una claridad deslumbrante. Barrabás es el hombre de las tinieblas. Sus ojos real­mente enfermos por su permanencia en el pecado no podían soportar la luz de Cristo.

Pero la deseaban acoger desde el momento en que resplandeció en ellos en el pretorio. Barrabás se siente atraído por el Dios del amor. Una y otra vez intenta acercarse a los discípulos de Cristo, les interroga sobre la singular doctrina que constituía para él un enigma: «Amaos los unos a los otros». Pero aquéllos, estrechamente ligados entre sí por la fe común, le esquivan. Barrabás sufre por. ello.

Cuando se enteran de quién es, se indignan y le cobran odio. Barrabás tiene que huir. Vive replegado en sí mis­mo. Sus compañeros habituales apenas le reconocen ya. Barrabás no es el mismo. Siente una total indiferencia por todo. En el fondo de unas minas, fortalece la fe de su compañero de esclavitud. Pero Barrabás no tiene fe, sólo «quisiera creer» y no da testimonio de Cristo como su compañero.

Barrabás sigue esclavo con la señal de Cristo encima, pero una señal tachada y traicionada. En el incendio de Roma cree que el crucificado del Gólgota baja a la tierra para liberar a los hombres, para des­truir este mundo, mostrando su verdadero poder. Barrabás no quiere traicionarle, sino ayudarle y lo apresan con la tea incen­diaria en la mano. Es condenado con los cristianos. Para éstos se trata de un des­graciado que no es de los suyos. Para los que le condenan es el único cristiano que han sorprendido en flagrante delito.

Los llevaron a crucificar encadenados por pa­rejas. Barrabás fue encadenado solo. Y se encontró solo al final de las cruces. Nadie le hablaba. Nadie le dirigió una palabra de consuelo y de esperanza. Todos los con­denados habían muerto y sólo Barrabás seguía colgado, con vida aún. «Cuando sin­tió llegar la muerte, a la que siempre había tenido tanto miedo, dijo en las tinieblas como si a ellas hablase: ‘A ti encomiendo mi espíritu’. Y entregó su alma». «Este ‘co­mo si’… — comenta Gide — permite dudar si no es más bien a Cristo a quien se dirige».

En las tinieblas de la mina fue donde Ba­rrabás rezó por vez primera en su vida, allí fue donde fortaleció la fe de su compa­ñero de cautiverio. Ahora Barrabás muere en las tinieblas en las que siempre ha vi­vido. A plena luz no confesó a Cristo. En las tinieblas le encomienda su alma. Quizá al despertar del sueño de la muerte, Barra­bás — el bandido — descubrió otra vez a Cristo como aquella mañana inolvidable en el pretorio.

J. M.a Pandolfi