Personaje del Orlando enamorado (v.) y del Orlando furioso (v.). Nigromante, se encarga de la educación de Ruggiero (v.), a quien recogió de niño en un lejano lugar de África. La criatura acaba inspirándole el mayor afecto, por lo cual no perdona medio para evitarle el destino que, según le ha sido revelado, le aguarda, o sea la muerte a traición poco después de haberse convertido al cristianismo.
Pero las artes mágicas de Atlante resultan vanas en este caso y Ruggiero, afanoso de gloria, sigue a Agramante (v.) en su expedición a Francia. Hasta aquí llega el relato de Boyardo, el cual enriquece en este episodio, con motivos novelescos y fantásticos, la fábula clásica de la juventud de Aquiles (v.). Ariosto, a su vez, desarrollando la trama de su predecesor, hace de Atlante una de las fuerzas motrices de su poema, en el cual el buen mago parece competir con el azar y con la locura humana para suscitar acontecimientos imprevistos y extrañas peripecias.
En efecto, Atlante no se da por vencido cuando Ruggiero llega a Francia; por el contrario, construye un castillo en los Pirineos y logra atraer a él y encerrar dentro de sus muros, gracias al Hipogrifo y a un maravilloso escudo deslumbrador, a Ruggiero y a otros muchos caballeros que con su compañía deben aliviar la reclusión de aquél. Más tarde, vencido por Bradamante (v.) y derribado el castillo, Atlante hace que el Hipogrifo lleve a Ruggiero a la isla de Alcina (v.), donde espera que el amor que le habrá de inspirar esta maga le retendrá alejado para siempre de aquellas empresas que han de serle fatales.
Y cuando otra maga, Melissa, libera a Ruggiero de su indigna esclavitud, Atlante construye por medio de sus artes mágicas un palacio al que atrae uno tras otro a muchos de los personajes del poema, impidiéndoles alejarse aunque sin que nada manifieste exteriormente su coerción. Ésta es la obra maestra de su magia y de la poesía de Ariosto: aquel palacio admirable en el cual todos entran en busca de la satisfacción de un anhelo, suscitado en ellos por una vana imagen que Atlante ha hecho relucir ante sus ojos y que, ofreciéndose y alejándose alternativamente, les hace permanecer allí, convirtiendo el lugar en el punto de cita de los principales personajes y de sus diversas pasiones y locuras, así como en uno de los centros del poema.
Más tarde Atlante, cuando Astolfo (v.) reduce a la nada aquella creación suya, desaparece y no vuelve a tomar parte en el poema más que para revelar, convertido en pura alma, a Ruggiero y a Marfisa (v.) que son hermanos gemelos. Ariosto dio poco relieve al valor sentimental de esta figura, que sólo una vez, al ser vencido por Bradamante gracias a un anillo encantado, se nos aparece bajo los rasgos de un pobre viejo suplicante, no para sí sino para Ruggiero, y conmueve a su vencedora evitando que ésta le dé muerte.
A pesar de ello, el personaje de Atlante es uno de los más significativos del Orlando furioso, porque con sus encantos, sus palacios y sus castillos, tan mágicamente surgidos como luego disueltos en la nada, con su Hipogrifo cuyo vuelo no conoce límites y con su deslumbrador escudo que vence a todos sus adversarios, parece ser el símbolo mismo de la fantasía del poeta y de su juego libre y a cada momento renovado.
M. Fubini

