[cĂtalyahu]. Personaje bíblico cuya historia se narra en el II Libro de los Reyes (v. Reyes), Atalía, hija del impío Acab (v.), rey de Samaría y esposa del rey de Judá, Coram, es el puente por el cual se derramó sobre todo el país la malicia samaritana.
Muerto su marido y poco después su hijo Ocozías, Atalía mancilló por seis años el trono de Jerusalén, en feroz soledad, después de haber suprimido a todos los demás posibles pretendientes. Sólo el pequeño Joás, heredero de Ocozías, pudo ser educado secretamente en el Templo hasta que el Sumo Pontífice le ungió rey entre las espadas de los levitas.
A las voces de júbilo acudió Atalía y «vió al rey que estaba en su trono según el uso, y a su lado los cantores y las trompas y el pueblo entero del país que se regocijaba y tocaba las trompas. Y se desgarró las vestiduras y gritó: ¡Traición, traición!» Los soldados se la llevaron entonces del sagrado recinto y le dieron muerte. Su figura une a los ojos de los hebreos los tres motivos más graves de odio: el origen extranjero, pues su madre era fenicia y su padre samaritano; la tiranía femenina, periódica fiebre de la familia real, y la idolatría.
Y su muerte significó a la vez la libertad, la independencia y la ortodoxia nacionales. De la trágica figura de esta mujer, que delante de un niño coronado cayó asesinada entre el trono y los altares de Baal, rezuma un sentido trágico compacto y monocorde, que absorbe en la nota predominante de la fuerza todo indicio de interioridad y que devora toda blandura femenina en la soledad de un pueblo sagrado y ortodoxo. Al mencionado episodio bíblico habrá de volver el poeta francés Jean Hacine (1639-1699), con su tragedia Atalía (v.), que busca, en lo absoluto de la oposición que constituye su eje, un comentario a la espiritualidad de Port-Royal.
Atalía se destaca como una figura magnífica de orgullo real y de ambición segura de sí misma, retratada en el momento de su crisis, cuando el edificio construido por su vengativa crueldad empieza a vacilar. Después de haber dado muerte a los hijos de su hijo, por odio a los profetas del verdadero Dios, ha permanecido firme largo tiempo sin que el remordimiento viniera a turbarla; pero ahora la trastorna un sueño que, por boca de su madre, la amenaza con el castigo y con la más miserable de las muertes.
La gracia del niño Joás, el nietecito que a escondidas de ella ha escapado a la matanza, la atrae y la desconcierta: le necesita para recobrar la paz. Al no lograrlo, decide luchar contra el Templo, aunque intuye que con esta soberbia y desigual batalla contra Dios se precipita a su ruina. Incluso en el momento de reconocerse derrotada («Dieu des Juifs, tu l’emportes!»— «¡Dios de los Judíos, has vencido!») se yergue todavía prediciendo nuevos lutos a los hebreos. Aun ausente, ella es quien domina la escena. Le bastan dos apariciones para que quede perfectamente diseñada su personalidad.
P. De Benedetti y V. Lugli

