Aristófanes

El gran maestro de la comedia nos es sobradamente conocido por la serie de sus obras. El pro­blema que se plantea es el de si Platón (427-347 a. de C.), en su Banquete (v.), le vio y retrató en una forma coincidente con la que sus obras nos impulsan a darle, o bien si se excedió al trazar sus rasgos.

Al poner en escena a ese autor teatral, Pla­tón hizo con Aristófanes lo mismo que éste hizo al trasladar a la escena a Esquilo (v.) y a Eurípides (v.) en sus Ranas (v.): le engrandeció o le empequeñeció. Lo más singular es la justicia de Platón: hubiera podido odiar al hombre que en las Nubes (v.) convirtió públicamente a Sócrates (v.) en blanco de todas las pullas e incluso preparó la atmósfera ateniense en que años más tarde habíase de desarrollar el infame proceso contra aquél.

Aristófanes, en efec­to, dada su superior inteligencia, fue más responsable de la muerte de Sócrates que Anito (v.), su burdo acusador. Aristófanes hizo de Sócrates el jefe de los sofistas, al contrario de Platón, que le pintó como el mayor adversario de éstos. ¿Cuál de los dos autores tuvo razón? Indudablemente Sócra­tes ofrece algún rasgo en común con los sofistas, por su modo de seducir y somover el firme terreno de la tradición.

También, por lo menos superficialmente, se parecía a ellos por su manera de vivir y de remo­lonear por las calles de Atenas interpe­lando a los transeúntes y mezclándose en las conversaciones. Era un personaje cono­cido de todo el mundo, y estas apariencias eran las más a propósito para desencadenar la risa. Platón emplea la misma ironía en su representación de Aristófanes. Cuando éste debe pronunciar su discurso, el hipo se apodera de él, y por consejo de un gran médico que está presente, el comediógrafo se lo cura estornudando, lo cual da lugar a dos situaciones de vulgar comicidad si­milares a las que tanto empleaba Aristófa­nes en sus comedias.

Esta vez el burlador es objeto de burla. Platón, con su naturalismo, resulta más aristofanesco que el propio Aristófanes, pero también conoce los elementos más profundos de su alma y sabe que aquél fue un creador de mitos, ni más ni menos que él mismo. La diferencia está en que los mitos de Aristófanes tienen un ligero ma­tiz cómico y se burlan por igual de los dioses y de los hombres. Por extraordinario caso, Aristófanes era un conservador que reía y que en política lo mismo que en religión demolía aquello que quería con­servar.

Semejante contradicción sólo era posible entre los griegos. En el Banquete, Platón le presta la invención del mito según el cual el hombre y la mujer habían cons­tituido un solo ser semejante a una esfera en rotación, pero como esa unidad había llegado a hacerse demasiado poderosa y amenazaba con escalar el Olimpo y derri­bar a Zeus, éste, para evitar el desastre, dividió la bola en dos. Así el hombre es­cindido en dos sexos se hizo más débil y más fácil de domar. Aristófanes, por lo tanto, se ríe de todo.

Pero fue también un gran poeta lírico, y como tal, en su discur­so sobre Eros, sabe hallar los acentos más penetrantes para describir la pena y el an­sia que uno y otro sexo sienten por hallar de nuevo el paraíso perdido de su origina­ria unidad. Lirismo cómico si se quiere, pero no ya en el sentido de un vulgar na­turalismo, como en el episodio del hipo y del estornudo, sino capaz de colorear el universo entero con su etérea ligereza, a la manera como Shakespeare lo hace en sus comedias. En este punto Platón olvida to­dos sus grandes rencores y reconoce en Aristófanes a un pariente de su propio idealismo.

F. Lion