Es la hija del rey de Atenas en el poema cretense Erotócrito (v.) de Vicente Cornaro (siglo XVII). Tierna, apasionada y romántica, esta princesa escucha junto a su ventana las estrofas de amor que un desconocido entona para ella al son del laúd, en medio de la noche, y las anota para aprenderlas de memoria.
Y cuando, más tarde, el ignorado amante se ve obligado a suspender sus homenajes nocturnos, se vuelve melancólica y triste, pues ha nacido en ella una simpatía por aquel joven, aun antes de descubrir por casualidad que es hijo de un consejero del rey. Así, cuando le cree enfermo, le envía como augurio de curación — y en señal de que corresponde a su amor — una manzana. Su sentimiento, antes vago, ha echado raíces.
El amor por Erotócrito (v.) ha nacido y nada podrá vencerlo. Cuando el joven, rechazado por el padre de ella, debe partir, Aretusa le da en prenda un anillo. Y cuando su padre quiere casarla con el hijo del rey de Bizancio, Aretusa se niega. En vano, para castigarla, le manda cortar la cabellera y la encierra en un calabozo sin más consuelo que la presencia de su fiel ama. Su destino ha sido decidido por su libre voluntad.
Ya nada podrá doblegarla. Está dispuesta a sufrir y a esperar: a soportarlo todo antes que aceptar un destino distinto. Ni la debilidad, ni la fatiga de su larga prueba pueden vencerla; y cuando, en la cárcel donde yace desde hace tres años, va a buscarla, ceñido de una aureola de héroe y de libertador de Atenas, un misterioso guerrero negro, Aretusa le rechaza y se desmaya de dolor cuando, para ponerla a prueba, el desconocido le hace creer que el hombre a quien ama puede haber muerto. Pero una agua mágica devuelve al negro guerrero el primitivo color de su rostro: es Erotócrito. Una vez más, el amor ha vencido.
B. Lavagnini

