Apolonio y Fritz Nettenmair

Son los dos protagonistas de la novela Entre cielo y tierra (v.) de Otto Ludwig (1813- 1865), el autor — según Walzel — que «ha creado la novela psicológica alemana».

En esa obra maestra, Ludwig se enfrenta de­liberadamente con el tema de Caín (v.) y Abel (v.), dándole la forma de un relato moderno en cuyas vicisitudes se refleja, libremente traducida y modificada, la eter­na historia de la sombría pasión que arma la mano de un hermano contra su herma­no.

El papel de Caín corresponde al pri­mogénito, Fritz Nettenmair, hombre ocioso, despilfarrador, suspicaz, brutal y ambiguo. Abel está esbozado en la figura de Apolonio, activo, ahorrador, abierto, recto y ge­neroso. Este personaje, algo esquivo y re­traído, imaginativo y soñador, cándido y amable, es la proyección fantástica del propio autor. Con diabólica perfidia que no conoce escrúpulos ni repara en medios, Fritz logra casarse con Cristina, que originariamente ama a Apolonio y es corres­pondida por él.

Con su siniestro poder de persuasión, Fritz separa esas dos nobles almas, primero sugiriendo materialmente a su padre, justo pero autoritario («el viejo señor de la chaqueta azul daba sus órde­nes como el dios de los hebreos, desde las nubes y con voz de trueno»), la idea de alejar a su hermano de su pequeña ciudad natal, y luego creando entre éste y Cris­tina, que gracias a sus maquinaciones ha llegado a ser su propia esposa, el equí­voco de una imaginaria aversión, preca­viéndose así contra las sorpresas^ de una posible reanudación de las simpatías entre Cristina y su antiguo adorador.

Las sos­pechas y los celos atormentan a este nue­vo e inquieto Caín, especialmente cuando, debiendo volver a su patria para hacer una difícil reparación en la techumbre de la iglesia de San Jorge, Apolonio demues­tra su gran inteligencia, su bravura, su la­boriosidad y su nobleza de alma, adqui­riendo de golpe el prestigio que el primo­génito, holgazán y vicioso, está perdiendo a la par que derrocha la herencia de sus antepasados.

Las intenciones del joven so­ñador son purísimas: tomar de nuevo las riendas efectivas del negocio de su padre, que el anciano Nettenmair, amenazado de ceguera, no puede ya atender, y recons­truir a beneficio de su virtuosa y bella cu­ñada y de los hijos de ésta, de quienes el indigno Fritz apenas se ocupa, aquella for­tuna que la indolencia y el libertinaje es­tán echando a perder. Los éxitos de Apolo­nio reavivan las turbias pasiones de Fritz. Por otra parte, la intervención de la pe­queña Ana, que intuye la bondad de su tío, logra disipar el equívoco hasta entonces creado por la desconfianza que hacia él manifestaba Cristina.

Ésta, a su vez, des­cubre casualmente la antigua correspon­dencia entre Apolonio y Fritz, de la cual se desprende el demoníaco plan que les ha separado. A medida que la verdad va abriéndose paso, Cristina y Apolonio se en­cierran en una resignada tristeza sin re­nunciar por ello a la severidad de sus vi­das. Pero Fritz, cegado por los celos, no cree en la pureza de sus relaciones y le basta el menor indicio para irritarse. La primera víctima de este furor es su hija Ana, que muere de terror al ver cómo su desnaturalizado padre descarga un tremen­do puñetazo sobre la cabeza de Cristina, que está velando junto al lecho de la niña gravemente enferma.

A partir de este mo­mento, el relato adquiere un ritmo alta­mente dramático. Fritz, cada vez más ob­sesionado por su demonio interior, medita el fratricidio, que intenta perpetrar sajando, en la cabaña donde se guardan las herra­mientas, las cuerdas que Apolonio utiliza en la reparación del techo de la iglesia.

Pero su maquinación fracasa y de ella cae víctima precisamente un malvado ope­rario que había hecho causa común con Fritz. Pero por un momento se ha creído que la víctima ha sido Apolonio y el viejo Nettenmair, enterado del crimen tramado por su primogénito, se hace llevar al cam­panario, donde Fritz está trabajando y le conmina a que se arroje al vacío para prevenir la acción de la justicia y salvar así el honor de la familia.

Ante la férrea voluntad de su padre, el abyecto Fritz se desmaya; pero entonces llega la noticia de que Apolonio está ileso y el padre, cambiando de idea, dice a Fritz que mien­tras tanto ha recobrado los sentidos: «Ma­ñana antes de amanecer te marcharás de aquí. ¡ ¡Vete a ver si en América puedes aún cambiar de vida!!» Esto sucede en lo alto de la torre entre cielo y tierra, y también entre cielo y tierra se desarro­llará, al día siguiente, la lucha entre Apo­lonio, que ha subido allí para reemprender su pacífico trabajo, y Fritz, que intenta atacarle a traición.

Pero esta vez Caín será víctima de su furor, pues el propio impulso de su odio le arrojará al vacío. El terrible pero justo final de Fritz parecería facilitar ahora la unión de Apolonio y Cristina. Pero Ludwig recurre a procedimientos psi­cológicos mucho más sagaces y profundos para resolver el argumento. Apolonio, que presintió el peligro de la culpa el mis­mo día en que, todavía en vida de Fritz, sostuvo entre sus brazos a Cristina desma­yada, siente ahora tanto más imperativa­mente el deber de renunciar a ella por cuanto la felicidad de su unión no podría separarse de la pecaminosa complacencia en la idea de la muerte de su hermano.

Aun­que tiendan a la abstracción propia de las figuras típicas, los dos personajes de Apo­lonio y Fritz están concebidos con un in­tenso realismo que acaba esfumándose en la alusión simbólica. Contribuye a este realismo el arte del autor, que funde acon­tecimientos interiores y fenómenos exter­nos, armonizando en una vigorosa repre­sentación unitaria las vicisitudes humanas con los aspectos del paisaje.

Se ha hablado de psicologismo excesivo. Y de vez en cuando las reflexiones de Ludwig parecen en efecto retrasar algo el fantástico ritmo de la novela. Pero estos personajes pueden considerarse dignos predecesores de los de Dostoievski. Contribuye a situarlos en una atmósfera de poesía el sentido vivo y casi musical en cuya virtud se repiten a inter­valos ciertos movimientos y motivos que vienen a tener una función análoga a la de los «leitmotive» wagnerianos.

G. Necco