Angélica

La Angélica del Orlando fu­rioso (v.) — al contrario de la hechicera, intrigante, fría y pérfida Angélica del Or­lando enamorado (v.), de Boyardo, el pri­mero que la había lanzado al mundo de la poesía caballeresca, haciéndola llegar a Francia desde el lejano Catay con el deliberado propósito de desviar por medio de sus embrujos a los paladines de Carlo- magno de su empresa de defensa de la Cristiandad — es más bien una simpática criatura del sabio Oriente, perdida en el agitado Occidente y que no quisiera otra cosa que regresar al espléndido y pacífico palacio de su padre Galafrón.

Lo que ocu­rre es que, irresistiblemente atraídos y co­mo fascinados por su belleza, los más va­lientes caballeros, ya sean cristianos, ya sa­rracenos, le cierran el camino de tal modo que la pobre joven sólo encuentra a su paso energúmenos a quienes la sangre se les sube inmediatamente a la cabeza. En cuanto la ven, todos piensan en lo mismo, todos se preparan, como Sacripante (v.) y Ruggiero (v.), al «dulce asalto»: Ferraü (v.) siente «arder su pecho» ante ella y aun los más santos ermitaños renuncian a su santidad y pierden la brújula por ella.

Angélica entra en el poema como fugi­tiva y sale de él desapareciendo, a los ojos de Orlando (v.) enloquecido, con ayuda de un anillo encantado que al ponérselo en la boca la hace invisible. De la prodigiosa fascinación de Angélica, en el Orlando furioso, son patentes los efectos en todas las aventuras que le ocurren; pero los ras­gos de aquel hechicero rostro sólo se in­dican y aun incidentalmente una sola vez, al narrar cómo el mago Atlante (v.), a pe­sar de todas sus artes, no lograba impedir que los guerreros capturados por él «di correr dietro alie vermiglie gote / all’auree chiome ed a’ begli occhi neri» [«que corrie­sen tras las encarnadas mejillas / los do­rados cabellos y los bellos ojos negros»], que constituyen los requisitos de la per­fecta belleza ticianesca.

Después de muchas aventuras y de largos errabundeos por Francia, pero esta vez armada con su re­conquistado anillo, Angélica entra en un bosque donde ve, caído y bañado en un lago de sangre, a un soldado del ejército moro, un rubio muchacho con una herida de lanza en medio del pecho y pronto a rendir el último suspiro. Es Medoro (v.), recluta de Cirene recién llegado a Francia con las tropas del rey Zumara.

En cuanto le ve, Angélica se siente arrebatada por una insólita compasión. Un pastor, que por azar discurre por aquellos parajes en bus­ca de una oveja descarriada, ofrece hos­pitalidad al herido y a la bella enfermera en su casucha escondida entre los montes, donde el joven, amorosamente asistido, no tarda en recobrar la salud. Pero mientras tanto languidece la que le cura, cuyo co­razón se ha enternecido sobremanera a consecuencia de su insólita piedad, y ahora es. ella quien implora con sus ojos la com­pasión del rubio joven que cada día le parece más apuesto.

Y como él, demasiado joven y harto respetuoso, es incapaz de comprender el lenguaje de aquellas mira­das, debe ser ella, la soberbia mujer que desdeñó a los más nobles guerreros de la Cristiandad y de la Paganía, quien, armán­dose de valor, declare su amor al oscuro infante del Tolomita. Al marchar, ya casa­da con Medoro, Angélica regala a la pastora un brazalete de oro que en otro tiem­po le diera Orlando, brazalete que al cabo de poco, sin saber las desdichas que va a desatar, la pastora habrá de enseñar al propio Orlando después de haberle narra­do punto por punto todo lo ocurrido entre los dos amantes en su casa.

Sólo faltaba esto para acabar de precipitar al paladín al torbellino de su horrenda locura. Los esposos, entretanto, etapa tras etapa, después de atravesar los Pirineos, han pasado a España con el deseo de ganar Barcelona. Sin haber dejado de cabalgar a lo largo de la costa, se hallan súbitamente ante una especie de antropoide renegrido por el sol y de oscuro cabello, con los ojos hundidos en el cráneo y cobijado en un hoyo abierto por él mismo en la ardiente arena. Es ni más ni menos que Orlando, privado de seso a consecuencia de la revelación de la pas­tora.

Ahora ni siquiera es capaz de reco­nocer a Angélica (es la primera vez que en el Orlando furioso ambos se hallan frente a frente, después de los encuentros na­rrados en el primer Orlando de Boyardo) y tampoco Angélica puede identificar aquella figura bestial con su en otro tiempo ena­morado caballero. Ante su grito de terror, Orlando se vuelve y empieza a perseguirla como un perro correría una liebre, súbita­mente «goloso» de aquel «delicado rostro».

Medoro se recobra y se le echa encima, pero el loco mata el caballo de un golpe y sin prestarle mayor atención continúa per­siguiendo a Angélica, que tiene apenas tiempo de meterse el anillo en la boca al par que cae de su cabalgadura. Pero en este punto el poeta se desembaraza de ella y de su esposo con pocas palabras: la pa­reja embarca en Barcelona y llega a Orien­te donde Medoro es coronado rey.

Entre los más o menos oscuros continuadores del poema de Ariosto destaca el nombre de Lope de Vega (1562-1635), con su Hermo­sura de Angélica (v. Angélica), publicado en 1622 en veinte cantos y escrito cuando el poeta combatía en la Armada Invenci­ble. Angélica y Medoro (que aquí es mo­reno y no rubio, por más que Boyardo había dicho que Angélica «a toda costa quería un hombre rubio»), llegan a Se­villa donde en un «torneo de belleza» ob­tienen la corona de Andalucía.

Como suele ocurrir en esta clase de concursos, no falta la pareja — en este caso Nereida y Cerda- no — que, no pudiendo aspirar al premio de belleza, recaban el de fealdad. Y sucede que los dos feos se enamoran de los dos hermosos y son correspondidos por ellos. El concurso degenera en matanza.

Por maqui­naciones del pérfido Ruscobaldo de Toledo, las dos parejas se extravían por países desconocidos y fabulosos: Angélica y Medo­ro van a parar a un monte donde, después de haber estado a punto de que los devo­rasen los caníbales, son adorados como dio­ses, mientras Nereida y Cerdano dan con sus huesos en unas tenebrosas cavernas llenas de visiones proféticas y metamorfo­sis. Y tras no pocas peripecias, equívocos y encantamientos, Angélica, en un final casi romántico, deja la vida en un beso de su Medoro.

A. Baldini