Anfisa

Personaje del drama de su nombre (v.) de Leónidas Andreiev (Leonid Nicolaevic Andreev, 1871-1919), Anfisa es una mujer que parece simbolizar la vida rigurosa. Todo cuanto hace es siempre justo y ella no parece nacida sino «para enseñar a los demás su deber»; representa la fir­meza en medio de un ambiente en que la vida no es más que un ligero y desordena­do torbellino.

A los ojos de su hermana, de alma pueril, a los ojos amantes de su cuñado, perdido en su descontento de hom­bre inquieto y vil, en una palabra, a los ojos de todos, Anfisa representa el orden; es como una especie de estatua humana sin errores ni abandonos. Tal es su apa­riencia; pero ella «se calla y sonríe entre labios…, llama negra que no brilla pero arde, y^ ¡cómo arde!» En verdad, Anfisa no es más que una mujer, una pobre mujer a quien se niega la paz del corazón y la íntima armonía entre lo absoluto de su mundo moral y la insuficiencia del mundo de los demás, entre su plenitud sentimen­tal — que para ella, tan pura, es la única justificación de todos los sentimientos — y lo precario exterior y «falso» de las pa­siones a que a pesar de todo se abandona sin reservas.

Muerta finalmente — ella, la asesina — por su propia imposibilidad de avenirse con todo lo mísero y mediato, ella es la víctima verdadera del drama. La auténtica «perdida». En medio de su delito, Anfisa permanece pura, sana y salva ante Dios por la piedad que vanamente implora del hombre amado, por la humana debilidad de su ánimo triste y estremecido frente a su terrible acto, más grande que toda criatura («abuela, tengo miedo… abue­la, tengo miedo…, ¿qué debo hacer?, ¿qué debo hacer?») y por la inerme inocencia de la desesperación a que la arroja aquel hombre: «Lo recuerdo», dice el amante, «era en el bosque… yo acababa de aplas­tar con una piedra una serpiente venenosa, creo que le había roto el espinazo. Y la serpiente se moría… así… igual que tú.

Y quería morderme, pero no podía… igual que tú. Yo la provocaba y me burlaba de ella diciendo: ¡Mira cuán bello es el bos­que, cuán azul es el cielo, cuán calientes están las piedras ! Mira cuán cerca me tie­nes de ti, bésame con tus labios envene­nados… ¿no puedes? Te mueres, Anfisa… Tienes el espinazo roto : mueres, mueres, sí, mueres…». Anfisa está ciega, Anfisa mi­de la vida con un patrón inservible; An­fisa está como desafinada, no hay en el mundo sitio para ella. Se equivocó y por ello debe pagar y pagará hasta el fondo con su vida imposible.

G. Veronesi