Andrómaca

[Andromaque] La imagen de Andrómaca recobra toda su pureza en la tragedia de su nombre (v.) de Jean Racine (1639-1699). En ella An­drómaca es sólo la madre de Astianax, al cual ha podido salvar al caer Troya y a quien ahora protege con­tra los griegos, valiéndose del amor que por ella siente Pirro.

Pero cruelmente ator­mentada por este joven guerrero, que ame­naza entregar el hijo de Héctor a los ene­migos si ella no accede a sus deseos, An­drómaca concibe el designio de casarse con Pirro para dar así un protector a su hijo, y matarse luego, para mantenerse fiel a la memoria de su marido. La muerte violenta de Pirro no le permite llevar a cabo estas intenciones; en cambio le abre una espe­ranza de libertad, gracias a la cual Andrómaca es el único personaje que sale casi indemne de aquella oscura catástrofe.

Esta Andrómaca raciniana, que desarrolla, por así decirlo, al revés, el modelo ideal de Virgilio ha venido a perfeccionar ante la fantasía de los modernos su figura que el arte supremo de Homero esbozó hace casi tres mil años. Andrómaca es un personaje «real» si alguna vez lo hubo, al cual se suele apelar siempre que se quiere aludir a un destino injustamente cruel de destie­rro y de prisión, o a un casto afecto que encierra en el marco de un deber la pasión más completa, y fija para siempre la vida de la figura femenina más serenamente he­roica.

De ahí el conmovedor apostrofe baudelairiano, con que se inicia una de sus mejores poesías líricas «El cisne» (v. Las flores del mal), melancólica y humanísima fantasía que funde en una sola llamada a la desventura y a la desdicha de tantos destinos humanos las reminiscencias de un meditabundo «fláneur» parisiense, los pen­samientos que más amargamente sugieren lejanías, destierros y abandonos, con el casual recuerdo de aquel ilustre infortu­nio: «Andromaque, j’ai pensé à vous! / Ce petit fleuve / Pauvre et triste miroir…» [«¡Andrómaca, he pensado en vos! / Ese pequeño río / Pobre y triste espejo…»].

M. Bonfantini