Andrómaca

[Andromacha, Andromache]. Hija de Eeción, rey de Tebas, y de Hipoplacia, y esposa de Héctor (v.). En la litada (v.) Andrómaca aparece en pocos episodios pero todos ellos son me­recidamente célebres.

En el mito de la guerra de Troya, Andrómaca era un per­sonaje casi nuevo, como lo era en gran parte el propio Héctor, por lo cual Homero (siglos IX-VIII a. de C.) pudo tratar libre­mente su historia, convirtiéndola en ejem­plar esposa, viuda fiel y madre dolorida, y bajo estos trazos su figura pasó luego a toda la tradición poética antigua. En este sentido puede repetirse la tradicional com­paración entre Andrómaca y Elena (v.). Esta última estaba ligada ya en tiempo de Homero a un mito preciso: después del jui­cio de Paris (v.), los hados la habían con­vertido en el pretexto de la guerra de Tro­ya, y los intérpretes ulteriores del mito no podían hacer otra cosa que insistir ora so­bre su libre voluntad, ora sobre la fatali­dad de su destino, para hacer de Elena una mujer infiel o simplemente una víctima.

El propio Homero, poco inclinado a discu­tir los problemas de la libertad humana, encontró ya a Elena con un destino sellado y privada de toda libertad de acción: sus actos pertenecen únicamente a los antece­dentes de la Riada. Andrómaca, en cam­bio, es — repetimos — una creación nueva* y puede decirse que su mito nace con Ho­mero. En la famosa entrevista del canto VI, el presentimiento de la muerte de Héctor es ya una seguridad: antes de que ocurra, pasará algún tiempo, pero Héctor, como Aquiles (v.), actúa siempre en la Ilíada en vistas a su muerte futura.

Sólo a Andrómaca corresponde expresar con toda claridad este pensamiento, en el breve discurso que resume toda su historia, incluso la que todavía está por venir y que más adelante habrá de brindar asuntos a tantos otros poetas. Su padre y sus siete hermanos han muerto a manos de Aquiles; su madre mu­rió también. Héctor es, pues, para ella, «pa­dre y madre veneranda, y hermano y flo­rido esposo». Pero ella prevé ya la muerte de Héctor, el fin de Troya y su propia suer­te desdichada de prisionera y madre de un huérfano sin ventura. Héctor confirma tan triste certidumbre y narra, como un hecho ya acaecido, el fin del reino de Príamo (v.).

Y cuando Héctor se ha alejado, las muje­res «le lloran todavía vivo en su propia casa». La figura de Andrómaca, que los poetas posteriores gustaron a menudo de representar en situaciones crueles y deses­peradas, da aquí vida a una escena esen­cialmente llena de serenidad y de esperan­za : Héctor sabe que la muerte llegará cuando los dioses quieran, y que después los hombres le recordarán con honor; allí está además Astianax (v.), «semejante a una hermosa estrella», cuyas gracias arran­can una sonrisa a sus padres.

Del mismo modo que Héctor introduce por primera vez en la poesía homérica las convicciones pa­trióticas desinteresadas y una generosidad que en el fondo sólo tiene parangón con la de su gran adversario Aquiles, Andrómaca constituye el único ejemplo de ter­nura familiar, intencionalmente opuesta, en el referido episodio del canto VI, al fra­gor de la batalla que se desencadena en derredor, y también al amor, tan distinto, entre Paris y Elena. La despedida de Héc­tor y Andrómaca interrumpe la acción de la Ilíada, por cuanto no continúa lo que le precede, pero en cambio anticipa los moti­vos finales hacia los cuales está orientado el poema entero.

En ese episodio no hay ni odio ni dolor trágico, sino sólo tristeza y comprensión, incluso por Paris y Elena y aun para los mismos enemigos que habrán de destruir la ciudad. Así empieza a esta­blecerse aquella especie de comunión general que al final unirá a los mejores, en su dolor por la pérdida de los seres más queridos, en el perdón entre los vivos, en la lamentación por los muertos y en la compasión por aquellos que van a morir. De esa especie de sereno ocaso quedan ex­cluidos los responsables de la guerra, que Homero parece querer relegar al margen de la narración, mientras sus víctimas pa­san al primer plano.

Héctor y los suyos forman el grupo troyano homólogo al de Aquiles y Patroclo (v.); Homero prepara a partir de este punto el encuentro final entre el llanto de Aquiles y el llanto de Príamo y de Andrómaca. Desde el momen­to en que ésta aparece, el poeta expresa su solidaridad con los vencidos, ya sean griegos, ya troyanos; para él no existen dos campos opuestos y en lucha, sino dos mundos, el de los vencedores y el de los derrotados. La poesía corresponde a estos últimos, que en el curso de la obra afirman sus derechos contra los autores de la guerra y contra los futuros triunfadores; quien empieza la Ilíada es Agamenón, pero su final es el llanto de Andrómaca.

Su suerte de prisionera fue ya tratada por los poetas del Ciclo épico griego (v.), perdido para nosotros, y desarrollada más tarde por los trágicos. En las varias y complejas leyen­das que se crearon sobre ella, uno de los puntos centrales era la muerte de Astianax por obra de los griegos vencedores. Hasta nosotros han llegado Las troyanas (v.) de Eurípides, o sea la tragedia de las mujeres que sobrevivieron a la catástrofe; e inserta  en ella, está la tragedia particular de An­drómaca, que al principio actúa como es­posa fiel a la memoria de su marido y luego como madre que cifra en su hijo todas sus esperanzas hasta que Astianax le es arrebatado para ser sacrificado a su vez.

Con la muerte de Astianax termina la leyenda troyana de Andrómaca y empieza la de su esclavitud, que sirve de argumento a la Andrómaca (v.) de aquel mismo poe­ta. El mito, en esta tragedia, está tratado con gran libertad. Del personaje homérico sólo queda la maternidad, y Andrómaca nos es presentada precisamente como madre y esclava, en oposición a Hermione (v.), le­gítima esposa, pero sin hijos, de Neoptolemo (v.). Se ha perdido gran parte de su antigua serenidad: la figura de Andrómaca se ha empequeñecido, pero todavía es una mujer que sabe razonar, discutir y defen­derse.

El recuerdo de los antecedentes ho­méricos no sirve para comprender esta nue­va creación, íntimamente vinculada con los tiempos de Eurípides; la Andrómaca euripidiana no guarda ya relación alguna con el mundo troyano, sino que actúa como una esclava que afirma sus derechos, por su vida y por la vida de su hijo. Entretanto, durante el conflicto con Hermione, Neoptolemo ha muerto, y una nueva leyenda lleva a Andrómaca a contraer terceras nupcias con su cuñado Eleno que la lleva consigo al Epiro, donde según Virgilio había de encontrarla Eneas durante su viaje.

F. Codino