Ana Karénina

Protagonista de la no­vela de su mismo nombre (v.), de León Tolstoi (Lev Nikolaevič Tolstoj, 1828-1910). Después de la deliciosa figura de Natacha en Guerra y Paz (v.), que simboliza la fres­ca y dichosa poesía del amor, Ana Karénina nos presenta a éste en forma de fuer­za violenta y subyugadora, áspera y esen­cialmente henchida de sensualidad.

La ca­racterística de Ana Karénina, de belleza en apariencia tan inocente, es el halo de seducción que la rodea y. que, después de la confesión de Vronski (v.), se revela como una «seducción infernal». El rostro de Ana no resplandece de alegría, sino que tiene reflejos de incendio; en el curso de la novela, Ana se va revelando a medida que la pasión se apodera de ella, y ese mis­mo proceso nos muestra toda la bondad, la sinceridad y la pureza que había en su alma y cómo todo ello acaba por ser des­truido, incluso el afecto por su hijo.

Ana Karénina encarna la femineidad de fines del siglo XIX: su drama no es sencillamen­te el de un amor desesperado al que la sociedad se opone, como ocurre con el de Corinna (v.), sino el de un amor que nace de las formas de aquella misma sociedad, primero como una mera escaramuza mun­dana, que se transforma luego en una aven­tura de gran estilo, para convertirse final­mente en un torbellino que pone violenta­mente al individuo frente a sí mismo.

Al igual que Vronski, Ana sigue siendo una figura del gran mundo hasta que la culpa despierta en’ ella la pura personalidad hu­mana, que hasta entonces se manifestaba únicamente de rechazo, bajo las fórmulas propias de un galante ambiente aristocrá­tico. Ana ha nacido en aquel ambiente y acepta su juego, excitante coqueteo t con la culpa que se roza sin llegar a tobarla, a sabiendas de que quien pierde no en­cuentra misericordia.

Y entre las numerosas jugadoras de aquella época, Ana es a la vez la mayor y la más ingenua, la dama perfecta y la pobre mujer caída. Lo que la impulsa a ser infiel a su marido no es únicamente el amor, o, mejor dicho, es un amor tan ignorado por el romanticismo de todos los tiempos como por la sensualidad ávida de placeres de los autores renacen­tistas.

Es la avidez, típica de la clase aris­tocrática finisecular a que Ana pertenece, de experiencias a la vez sensuales y espirituales; es el ansia de erigir la excentri­cidad en norma y de imponerla hasta crear un dificilísimo contrapunto entre dos vidas, una rígidamente codificada y otra sin ley, para establecer sobre este paralelismo un nuevo y excitante tipo de relaciones entre hombre y mujer.

Ana Karénina, en efecto, no es una rebelde ni mucho menos; lo será, aunque inútilmente, cuando habrá perdido la partida, al igual que había de perderla su siglo y como la habían perdido ya todos aquellos períodos que, después de haber adquirido conciencia de su propia civiliza­ción hasta el extremo de convertirla en un medio de placer para todos, sintieron sur­gir fatalmente desde lo más profundo la reacción de lo elemental y universal.

A se­mejanza de su época, Ana se rehabilita aceptando los sufrimientos que derivan de su culpa e intentando abismarse en la ex­piación de su excesiva osadía; pero es una expiación sin humildad, en la que sobreviven los elementos mismos del pe­cado: vanidad, celos, vergüenza y sensua­lidad. Ana no logra superarla, antes al contrario confunde la expiación purificadora con la dolorosa y decepcionante perdu­ración de aquellos valores en su alma: su pena no es la de la redención, sino la del infierno.

En cuanto Ana se dé  cuenta de que en su corazón sólo late una pasión in­defensa de pobre mujer frente a la cual todo lo demás no cuenta, comprenderá que ha perdido la partida y se sentirá aniqui­lada como jamás hubiera podido imaginar. Su suicidio no es nada frente a esa des­trucción más íntima, que la convierte en juguete de la más insignificante reacción nerviosa y que humilla sus últimos instan­tes en la simple aventura física de sus nervios deshechos.

E. Lo Gatto