Amasias

Amasias fue rey de Judá en el siglo VIII a. de C. El libro II de los Reyes (v.) y el II de los Paralipómenos (v.) nos trazan su parábola con la misma lenta indiferencia que rodeó a su figura tan distante del cielo como del in­fierno: «Hizo el bien a los ojos del Señor, pero no con corazón perfecto», Este es su radio, ésta es la medida del arco de su vida desde el día en que en su venganza contra los asesinos de su padre perdonó la vida a los hijos de éstos porque Moisés dice: «Cada uno morirá por su propio pecado», hasta la guerra contra Samaría, cuando por orden de un profeta licenció a los mercenarios samaritanos, «porque a Dios corresponde prestar auxilio».

El punto culminante de la parábola fue su victoria contra los edomitas, pero en aquella victoria se encerra­ban ya los gérmenes de la derrota. De Edom, volvió Amasias con dos presas im­puras: los ídolos y la soberbia. Fue idólatra y abusó de su poder, provocó al rey de Israel y Samaría y le obligó a combatir.

Pero Jerusalén fue tomada y el templo fue saqueado por los samaritanos, y Ama­sias se quedó sin honor y sin nombre, ya que «mi fuerza es Yahvé» (’Amasí Jah), y él había perdido, juntamente con Yahvé, toda su fuerza. Una conjuración le hizo huir a Lakis, de donde regresó quince años más tarde, a caballo, para habitar no el palacio, sino la tumba.

Entró en Jerusalén muerto por mano violenta: «El cardo del Líbano mandó a decir al cedro que se yer­gue sobre el Líbano: ‘da a tu hija por es­posa a mi hijo’. Pero las fieras salvajes que moran en el Líbano pasaron y hollaron el cardo». Ésta fue su culpa más grave: que el cardo arrastró consigo la Ciudad Santa y el templo de Dios.

P. De Benedetti