Amadís de Gaula

Héroe de la novela caballeresca que lleva su nombre (v.), de Garci Rodríguez (u Ordóñez) de Montalvo (p. XV-f. XVI). La figura de Lanzarote (v.), creada por el arte prodigioso de Chrétien de Troyes, adquiere, tres siglos más tarde, nuevo vigor en Amadís de Gaula, que, bajo muchos aspectos, parece una transcripción del famoso caballero artúrico.

Amadís es el prototipo del héroe caballeresco moderno, ya se le compare con los paladines de la Tabla Redonda, ya con los caballeros de parodia creados por Ariosto. Las cualidades que culminan en Amadís le dan una fisonomía demasiado perfecta para poder ser de carne y hueso y poseer rasgos caracte­rísticos y diferenciales. Es el más valiente, el más cortés, el más fiel de los vasallos, el más cumplido enamorado, el amigo más leal, el hombre más justo.

Su espada, siem­pre victoriosa, lucha por la patria, por la fe y por el amor; defiende a los necesita­dos, protege a doncellas, viudas y huérfa­nos, abate el orgullo de los soberbios y la maldad de los perversos, derrota a gigantes y monstruos fabulosos y combate contra poderes mágicos… El hombre se convierte en paradigma. La misma inverosimilitud de algunas de sus aventuras se halla plena­mente justificada por lo irreal de su figu­ra. Un hombre tan perfecto no puede vivir y combatir como un hombre normal.

Basta comparar a Amadís con Tirante el Blanco (v.) para comprender hasta qué punto el primero es un tipo ideal y el segundo un tipo real. El amor de Amadís por la sin par Oriana nace cuando el héroe, que entonces se llama el Doncel del Mar, tiene sólo doce años, e informa toda su vida, justificando sus combates y empresas y procurándole continuas amarguras. Amadís resiste victo­riosamente la prueba del Arco de los Lea­les Amadores, impregnada de magia y de simbolismo, y se convierte así en el em­blema del perfecto enamorado.

Cuando la maledicencia y las calumnias de un enano hacen creer a Oriana que Amadís le ha sido infiel, los enamorados adquieren trazos más personales y definidos, aunque continúan envueltos en retóricas frondosidades de ce­los y desesperación. Oriana no tiene em­pacho en escribir a Amadís su «rabioso la­mento», cuyo encabezamiento habrá de ser parodiado por Cervantes en la famosa epís­tola de don Quijote (v.) a Dulcinea (v.): «Yo soy la doncella ferida de punta de es­pada por el corazón, e sois vos el que me feristeis».

Los llantos, suspiros y desespe­ración de Amadís en esta ocasión superan todo lo imaginable y van seguidos por su famosa penitencia en la Peña Pobre bajo el significativo nombre de Beitenebroso. Otra mujer, fantástica e irreal, Urganda la Desconocida, guiará y protegerá al caba­llero Amadís en sus empresas, tutelándole desde su nacimiento y acudiendo en su auxilio, con medios mágicos, en los mo­mentos de peligro.

Con espíritu profético, dirá de Amadís, todavía en mantillas: «Éste será flor de los caballeros de su tiempo; éste hará estremecer a los fuertes, éste co­menzará todas las cosas y las acabará a su honra, en que los otros fallescieron; éste hará tales cosas que ninguno cuidaría que pudiesen ser comenzadas y acabadas por cuerpo de hombre; éste hará los soberbios ser de buen talante; éste habrá crueza de corazón contra aquellos que se lo merescieren; e aún más te digo, que éste será el caballero del mundo en que más leal­mente mantendrá amor e amará en tal lugar cual conviene a la su alta proeza; e sabe que viene de reyes de ambas partes».

Este horóscopo es el mejor retrato de Ama­dís, a la vez que una clara demostración del carácter genérico, casi abstracto, de las virtudes encerradas en el pecho de este héroe que hizo soñar a santos y emperado­res y que enseñó a los españoles del si­glo XVI cómo es posible conquistar reinos e imperios, dominar salvajes y propagar la fe, con la espada en la mano, por las ma­ravillosas tierras que más tarde habrán de llamarse las Américas.

M. de Riquer