Alfio

Personaje de la narración Cavalleria Rusticana (v.) de Giovanni Verga (1840-1922). El rostro atezado del carretero Alfio es el de la propia Sicilia, en sus ras­gos convencionales, pero auténticos: todos sus sentimientos participan de aquel encen­dido folklore que es la existencia cotidiana de los hombres bajo un cielo de esmalte.

En el escueto dibujo de su carácter, la figu­ra de Alfio domina sobradamente el peso, y por así decirlo la retórica, de la imagen que en él fija el momento en que el primitivis­mo y las reacciones humanas resisten hasta más allá del refinamiento humanístico de la conciencia, y el sentido del honor pasa a ser hierático y soberbio como si una antigua religión lo mantuviera constante­mente despierto; el duelo rústico de Alfio es un rito bárbaro, cuya «cavalleria» guarda el sabor de antiguos tiempos.

Así su rasgo vuelve a la profunda verdad del pri­mitivo vigor sentimental que lo ha susci­tado, en medio de aquella paradójica pu­reza. En su victorioso duelo, el hombre ciertamente no salvará nada, desde el mo­mento que no ha logrado ir más allá, que no ha podido calar más hondo que la hoja de un cuchillo en la profundidad de sí mis­mo y de su rival; pero él lo ignora. Y por esto defiende ciegamente, según los impera­tivos de una costumbre convertida en ley y enraizada en la más celosa intimidad de su vida, una dignidad que para él tiene un valor absoluto, y a la que puede muy bien ofrecérsele el sacrificio de la sangre; éste equivale a la venganza, aunque no lleve tal nombre.

El hombre de honor ideal, co­mo Alfio, cree en la justeza y en la justicia de la venganza: su corazón es antiquísimo y oscuro. Obra en realidad como empujado por una fuerza fatal que le lleva a hacer lo que «debe» sin que su voluntad tenga apenas participación. Bajo sus pintorescos colores, en su corazón de pobre carretero siciliano sobreviven muchos rasgos griegos, y por ello responde sin vacilar al impera­tivo de fatales decretos, y con su voz ven­gadora y decidida logra cubrir la que desde la iglesia abierta a la mañana pascual en cantos, procesiones y perfumes de incienso, le invita dulcemente a «no matar».

G. Veronesi