Alcmena

Personaje femenino de la co­media Anfitrión (v.) de Tito Maccio Plauto (h. 254-184 a. de C.), inspirada en una leyenda tebana según la cual de los amores del dios Júpiter con una mortal había na­cido Hércules (v.), el fabuloso héroe na­cional de Grecia.

En el mundo de farsa propio de la comedia plautina, esta mortal es Alcmena, a la que Júpiter, bajo las apa­riencias de Anfitrión (v.), su esposo, enga­ña en su propia casa. Cierto elemento bru­tal se encierra en la propia jocundidad cómica de la obra, centrada en la situación de Anfitrión, el cual, especialmente frente al falso Anfitrión, o sea Júpiter, acaba por no saber si es o no es él mismo.

El ele­mento brutal consiste en el hecho de que la virtud de una esposa prudente y honra­da se vea conculcada por la desvergüenza de un dios. Virtud engañada y traición odiosa pero sin culpa: el engaño se con­suma en la noche y de nada valen las in­geniosas agudezas de las distintas escenas para disipar el mal sabor de una fábula de la que tanto abusaron los antiguos mitógrafos.

En el Amphitryon de Molière (1622-1673), Alcmène debía aparecer en una atmósfera más ligera y en cierto modo rodeada de ironía por la vivacidad de las situaciones. El ágil movimiento del verso atenúa su dolorosa aventura con una son­risa galante y a veces maliciosa: la obsce­nidad del escritor latino está sustituida por una serenidad sutil y matizada, además de una simpatía no exenta de ironía por la pobre virtud despreciada.

Pero en la época romántica el alma de Alcmena debía verse redimida en su anhelo de un mundo mejor y escapar al juego de una trama desigual y llena de incidencias para encaminarse hacia el drama moderno. Así, en el Amphitryon de H. Kleist (1777-1811), la mu­jer engañada pero fervientemente enamo­rada de su marido, siente en lo más íntimo de su corazón una profunda inquietud que no le deja reposo: su apasionada fidelidad y el amor del dios, en el cual ve como una especie de sublimación del propio Anfitrión, se mezclan en un dolor mudo y solitario; y como en un espejo, en aquella intimidad desgarrada por el engaño, uno y otro An­fitrión— en virtud de un espejismo único del corazón — se reflejan rodeados de los resplandores de su amor.

Alcmena [Allanene] es así la verdadera heroína, y el drama halla en ella y por ella su posibilidad de expresión más allá de la misma variada tra­ma molieresca que Kleist no había desde­ñado seguir en su acción escénica. En tiem­pos cercanos a nosotros, en el elegante Amphitryon 38, de J. Giraudoux (1882- 1944), Alcmena recibe un gentil homenaje en la misma sonriente ironía del escritor francés, y, gracias a una nueva y amable intriga, no llega a enterarse de la super­chería de Júpiter.

Alcmena conserva, pues, su pureza frente a su propia conciencia de mujer virtuosa. Y así, en la caprichosa fan­tasía de la comedia moderna, un sentimien­to límpido y delicado ocupa el lugar de la pasión de Alcmena: punto de partida de un agilísimo juego en el que el drama que­da, por decirlo así, superado por la mo­vilidad de la escena; aquella pobre alma de mujer vuelve a la levedad del mito pri­mitivo, pero exenta de aquel tono casi ma­ligno que se transparentaba en la jocosi­dad de una burla preparada a los ignoran­tes mortales por un dios demasiado pode­roso. En su intimidad, la figura gentil y doliente vuelve a sonreír a Anfitrión, sin el velo de un inútil ultraje a su fe de esposa.

C. Cordié