Alcestes

Una de las más dulces y, juntamente con Antígona (v.), quizá la más conmovedora figura de mujer que nos ha legado el antiguo drama griego.

El mito apenas dice de ella que, nacida de Pelias, fue la única de las hijas de este rey que quedó inmune de culpa, cuando sus hermanas dieron muerte a aquél con la intención de rejuvenecerle, según los pér­fidos consejos de la maga Medea (v.).

Pero Alcestes vive en el episodio inmortaliza­do por la tragedia euripidiana que lleva su nombre. En esta tragedia la vemos ca­sada con Admeto (v.), rey de la ciudad de Feres, en Tesalia, feliz con sus tiernos hijos y con el amor de su marido, cuya justicia y bondad infunden a este perfecto amor conyugal, aun antes de que el cruel desti­no venga a ponerlo a prueba, un luminoso halo de idealismo. Pero el prudente y ama­do Admeto, presa de una enfermedad que no perdona, está destinado, todavía joven, a morir.

En la desesperación de Alcestes, a la que responde unánimemente el dolor de la servidumbre del palacio y del pueblo entero, se acude a un oráculo, que con­testa que Admeto se salvará si alguien de su familia se aviene a morir por él. Los ancianos padres de Admeto retroceden ate­rrorizados ante la simple idea de semejante sacrificio. Alcestes, en cambio, ofrece su vida.

Si la hace vacilar el pensar en sus hijos, si la más comprensible debilidad hu­mana la hace temblar ante el umbral del tenebroso mundo de los muertos, en cam­bio le da aliento la idea de que salvará para sus hijos al mejor padre posible y para su pueblo al más justo de los prínci­pes al sacrificarse a su propio amor por el hombre más digno de ser amado. Y así, mientras Alcestes, al terminar su plegaria, repetida por el coro, cae exánime, Admeto resucita de la inconsciencia de la agonía: vuelve a abrir los ojos a la vida y pronto se abandona a la desesperación por el acto de su mujer.

Pero los dioses han querido premiar tanta abnegación, y Hércules (v.), casual testigo del desgarrador aconteci­miento, no tarda en devolver a la luz el alma de Alcestes rescatándola del mundo de ultratumba y restituyéndola al amor de su marido y de sus hijos. Alcestes es pues la expresión más generosa y patética del amor conyugal, de un vínculo tan fuerte entre dos criaturas mortales que suscita y compromete la admiración de los inmor­tales: proverbial ya en la época griega y en la filosofía platónica, en la que atestigua con su ejemplo la esencia divina del amor.

Figura vibrante de emoción interior, pero simple y casi lineal por cuanto todos sus afectos se resumen en una serena decisión de sacrificio, Alcestes estaba destinada a ser una de las heroínas preferidas del melo­drama, que había de hallar en la ópera de Lulli (v. Alcestes) su más típica expresión.

Y en realidad el drama de Alcestes es más- cantado que recitado: crea más bien un clima que una acción y a su alrededor la música vibra por derecho natural como la única expresión posible de algo que con­siste precisamente en silencio y renuncia. En la ópera de Gluck, Alcestes, aun con­servando la tradición lírica musical que en Lulli se había afirmado, recobra un ma­yor vigor clásico: el texto de Calzabigi y la austera y descarnada vestidura musical de Gluck confieren a Alcestes un carácter menos lírico y menos barroco, más reco­gido e interior, que halla su adecuada ex­presión en los acentos dramáticos de una recitación más trémula y menos abando­nada a la onda del canto.

M. Bonfantini