Agní

Divinidad india masculina, una de las mayores entre las mencionadas por el Rig-Veda (v.) en el cual hallamos dedicados a Agní unos 200 himnos, entre ellos el pri­mero y el último del libro. Agní es el Fuego y el Dios del fuego (en latín el nombre del fuego es «ignis»), y conserva, en las representaciones que de él nos da el Rig-Veda, los caracteres naturales de aquel elemento que, según antiquísimas doc­trinas indias, es fundamental en la vida del cosmos, tanto en la celeste como en la atmosférica, en la terrestre como en la orgánica de los seres.

Agní aparece en el cielo bajo la forma del sol, en la atmós­fera como relámpago, en la tierra en forma de hogar y de pira de los sacrificios y en los seres vivos como calor orgánico. Su ori­gen primero está en el cielo, pero desde el cielo Agní ha bajado a la tierra para dar el bienestar a los hombres, de quienes se ha convertido en compañero y amigo. El Agní terrestre se produce, en el altar o en el hogar, frotando adecuadamente entre sí dos maderos secos («arani»), que pronto devora con sus llamas.

Por esto Agní re­cibe los epítetos de «hijo de la fuerza» y de «devorador de sus padres». Es el media­dor entre el Cielo y la Tierra y el mensa­jero entre los dioses y los hombres; es el protector de estos últimos y como a tal se le indica en todos los acontecimientos so­lemnes de la vida humana: ceremonias nup­ciales, consagraciones, etc. Es el inmortal que ha elegido residencia entre los morta­les en calidad de huésped de éstos, conoce sus secretos y presta benévolo oído a sus plegarias.

En el Mahābhārata (v.) se narra que Agní, más que saciado por haber de­vorado tantas ofrendas, decidió no aceptar ninguna más, y por ello acabó perdiendo fuerza. Para recobrar su energía, consumió entonces todo el bosque de Khāndaba. En la iconografía aparece bajo la forma de un hombre de color rojo con tres piernas y siete brazos, cabalgando sobre un carnero.

M. Vallauri