[Haggay] Autor del libro bíblico que lleva su nombre (v.), Ageo pertenece al linaje de los profetas de Israel, porque Dios habló cuatro veces por su boca en el año 520 a. de C. En sus palabras no hay ni gloria ni llanto entre las ruinas de la ciudad santa, sino una tranquila y discreta alusión a los grandes Aqueménides: Ciro, destructor de Babilonia, Histaspes y Darío.
A los judíos repatriados, todavía abrumados por el peso de tanta historia e inclinados a ignorarse mutuamente en el egoísmo propio de los miserables, Ageo les grita: «Mi casa está desierta y cada uno de vosotros se ha apresurado a marchar hacia la suya». Ageo es el profeta del Templo en toda su mística espiritualidad, el campeón del Santuario todavía lleno de cenizas en medio de la ciudad que resurge.
Su oráculo no se repitió y el Templo se levantó de nuevo; pero no recobró el esplendor salomónico; fue un templo de desterrados, un templo sin rey. Los ancianos lloraban de dolor, pero el profeta lo consagró con la palabra en vano esperada por los patriarcas, más santa que la sangre de los holocaustos davídicos: «Un poco más, y sacudiré el cielo, la tierra, el mar y el continente. Y sacudiré a todos los pueblos, y vendrá el deseado de todos los pueblos y llenaré de gloria esta casa».
No se trata ya del Arca santa, sino del Mesías, la gloria interior de un templo desnudo y de un dios hecho carne. Ageo habló otras dos veces, para explicar la invisible relación entre los pecados y las desventuras y anunciar la futura santidad. Pero su nombre ha quedado en la historia como el de un litúrgico arquitecto, que impulsando a los judíos a levantar muros sobre los escombros, edificó en realidad el gran Templo del espíritu, del cual el otro no es más que un efecto.
Y el israelita que obedeciendo sus palabras llevaba las piedras, ofrecía con ello su alma por la casa de Dios vivo, como una piedra levantada de entre las cenizas de los pecados y de los castigos. Como si el cuerpo estuviese en proporción inversa al espíritu, sobre la humilde ciudad de Zorobabel (v.), vasallo de Darío, Ageo suscitó el alma inmensa del Templo anunciándolo a las gentes como una campana que repica: «Un poco más, y sacudiré el cielo». Por este «oráculo», se le recuerda juntamente con Isaías (v.) en la «Resurrección» (v. Himnos sacros) de Manzoni.
G. Rinaldi

