Adrasto

[Adrastus]. Rey mítico de Argos: parece que había sido una antigua divinidad griega y, al surgir otros dioses, descendió al rango de simple héroe. En época histórica era venerado to­davía como dios en Sicione y en Asia Me­nor. También el viejo Homero lo recuerda una vez como rey de Sicione.

Su perso­nalidad poética se desarrolla a través de una tradición miticoliteraria, que en un determinado momento se fija en algunas características que cobrarán su máximo re­lieve en la Tebaida (v.) de Estacio. En las Suplicantes (v.) de Eurípides, obra com­puesta en torno a la desastrosa expedición de los Siete contra Tebas, Adrasto aparece como suplicante que llega a Atenas a im­plorar el auxilio de Teseo (v.). Pero lo que realmente interesa a Eurípides es la alabanza de Atenas; por ello Adrasto pierde vivacidad y se convierte en una figura de segundo orden.

Estacio, en cambio, nos lo pinta, desde su primera escena, con las cualidades fundamentales de la bondad y la fuerza, novedad que contrasta con las leyendas más antiguas, en las que seme­jante aspecto de su figura, si existía, manteníase en la penumbra. Adrasto en reali­dad se parece al rey de las fábulas que magnánimamente acude en socorro de to­dos: sus protegidos son aquí Polinice (v.) y Tideo. El episodio de Nemea con la dolorosa historia de Hipsípila (v.) y la muer­te de Ofeltes confiere un mérito más a Adrasto: el de la fundación de los juegos de Nemea. Su verdadera personalidad, en el fondo, se descubre en los primeros seis cantos de la Tebaida, en las prudentes pa­labras que Estacio pone siempre en su boca y que convienen a la figura del «mitis Adrastus».

Pero incluso en esta obra es un personaje algo marginal. En realidad, sólo aparece en escena para resolver una situación, porque de su boca, que es la boca del rey, se esperan las órdenes. La suya es una vieja historia. A través de los prin­cipales poetas griegos y latinos, ha acaba­do por ser poca cosa más que un nombre.

Estacio hizo algo más y en la amplitud de su poema recoge rasgos de mayor entidad, pero siempre vagos.

M. Manfredi