Adonis

[Adone]. Personaje mitológico cuyo origen y aventuras han ins­pirado a los poetas de todos los tiempos y lugares. Adonis, hoy anémona roja como la sangre, fue en sus días un bellísimo jo­ven. Pero su belleza no era viril, sino que estaba hecha de mórbida voluptuosidad, y su atractivo era de aquellos que encierran en sí el hechizo de la culpa.

En efecto, se decía que había nacido de los amores in­cestuosos de Esmirna con su padre Teyas, rey de Siria; Ovidio le supone, empero, hijo, incestuoso también, de Mirra (v.) y su padre Ciniras. Desde luego en Grecia era una flor exótica que los vientos etesios habían traído del Oriente lejano; por ello las divinidades femeninas se prendaron súbitamente de él, especialmente Venus y Proserpina.

Júpiter quiso intervenir para calmar a las contendientes, y sabiamente distribuyó la vida del joven en tres tiem­pos: durante una tercera parte del año debía vivir por su propia cuenta, y debía pasar otra tercera parte con Venus y el resto con Proserpina. Pero era demasiada felicidad. Y como los griegos decían que «muere joven el amado de los dioses», esta dichosa suerte cupo también a Adonis, que como todos los jóvenes tenía la pasión de la caza, pasión realmente peligrosa para quien, como él, era más delicado que fuer­te.

Venus, en efecto, según dice Ovidio (v. Metamorfosis, X, 503-558), le había aconsejado contentarse con cazar animales huidizos, como las liebres y los ciervos, y renunciar a los feroces: «In audaces non est audacia tuta». Pero no siempre ocurren las cosas según las advertencias de los dio­ses. Y los perros de Adonis siguieron a un jabalí, que aquél malhirió incautamente con una de sus flechas.

Furioso, el animal le embiste y con sus colmillos le desgarra el delicado flanco. Venus acude a los la­mentos del desdichado y se inclina deses­perada intentando detener la sangre que mana de la herida; tanta era su angustia, que no se dió cuenta, o al menos así lo narra Foscolo, de que «un impío espino / hirió su pie divino» («A Luigia Pallavicino en una caída de caballo», v. Odas); En vista de la inutilidad de su intervención, Venus transformó a su amante muerto en una flor de color de sangre: la anémona roja, flor de vida brevísima, «ya que por tener el cáliz sólo levemente unido al tallo, los mismos vientos que le dan nombre la aba­ten».

Venus instauró también fiestas en su honor, que todos los años recordaban con fúnebres cantos la muerte del joven, y del estribillo de estos cantos tomó su nombre el verso adónico, que fue luego el que termina la estrofa sáfica. En el personaje de Adonis los antiguos fenicios encarna­ban al Sol, que todos los días nace y mue­re; y desde luego ha quedado en él algo de la molicie oriental, un sentido de indo­lente voluptuosidad y el hechizo de una aurora pronto oscurecida por el ocaso.

Por ello el mito griego de Adonis revive qui­zá mejor en el breve poema Adonais (v.) de Percy Bysshe Shelley (1792-1822), es­crito a la muerte del joven poeta Keats, que en el infinito número de octavas del Adonis (v.) de G. B. Marino (1569-1625), donde la figura del protagonista parece una auténtica personificación del siglo XVII en sus caracteres más comunes de vacía exte­rioridad, pompa formal y «espectáculo vo­calizado».

Lo cierto es que Adonis es un ciudadano ejemplar de aquel mundo sin pasiones ni problemas, reducido a un hipócrita formalismo impasiblemente refle­jado por el poema de Marino. Por otra parte, obsérvese también el escaso sentido histórico de quien, a este propósito, ha po­dido hablar de anticipación de ciertos abs­tractos delirios técnicos o de cierta poesía del arabesco, característicos ambos del de­cadentismo europeo de fines del siglo XIX.

A. S. Nulli y G. Bassani