Acab

[Ah’ab]. Llamado también Achab, fue rey de Israel del Norte, entre los años 875 a 854 a. de C. y es una de las figuras más significativas, desde el punto de vista psicológico, de la antigua historia hebrea.

Acab fue como una vasija de arcilla entre dos vasos de bronce: su esposa Jezabel (v.) y el profeta Elias (v.). Sus méritos como guerrero en sus furiosas batallas contra los arameos de Damasco, y su valor, que le impulsó a permanecer gravemente herido pero erguido sobre su carro de batalla, en plena refriega, quedaron oscurecidos y des­virtuados por su debilidad como hombre y su indiferencia religiosa.

Acab sentía un sacro terror por Jezabel, que netamente le dominaba y le impuso favoreciera el culto de los dioses fenicios Baal (v.), Melqart y Astarté (v.) con sus innumerables sacer­dotes. Acab confiesa a Jezabel su decep­ción y manifiesta en forma teatral su . pena por no haber logrado que uno de sus súb­ditos le cediera una viña. La única respuesta que obtiene son palabras de sarcas­mo y de desprecio: «¡Y tú sabes señorear sobre Israel! Levántate, come y anímate, que yo ya me ocuparé de que poseas la viña» (v. Reyes, lib. III, XXI, 7).

Por otra parte tiembla de miedo ante los castigos con que le amenaza Elias. No tiene valor para resistir al profeta que ordena se dé muerte sobre el Carmelo a los falsos pro­fetas de Baal, y va a contárselo todo a Jezabel. Se rasga las vestiduras y se im­pone ayunos y penitencias, pero no se atre­ve a aplacar el furor de su mujer, perse­guidora de los fieles israelitas.

Se preocupa porque los profetas del verdadero Dios le sean favorables y hace encarcelar a uno de ellos hasta que él vuelva de la batalla, pero frente al terrible Elias no se atreve a tocarle ni un cabello. Acab fue un hom­bre prisionero de sí mismo, sin valor efec­tivo, que desahogó su «complejo de infe­rioridad» psicológica en la actividad bélica. Pero a él se debe la valiente respuesta dada al rey arameo ensoberbecido por su man­sedumbre inicial: «Quien todavía lleva pues­ta la armadura no debe alabarse como si ya se la hubiese quitado» (v. Reyes, III, 20-11), esto es: No te alabes de la victoria antes de la batalla. Acab ha pasado a la historia hebrea con la calificación de impío.

S. Garofalo