Giovan Battista Bazzoni

Nacido en No­vara el 12 de febrero de 1803 y m. el 9 de octubre de 1850 en Milán, donde habitual­mente residía.

Desempeñó cargos jurídicos bajo la administración austríaca; pero en 1848 se puso al lado de los patriotas. El Gobierno provisional le confió algunas mi­siones relacionadas con su profesión. En 1827 publicó en Nuovo ricoglitore y su no­vela El castillo de Trezzo (v.), que figura entre las primeras imitaciones de la narra­tiva histórica de Scott.

Animado por el fa­vor de la crítica y del público, presentó en 1828-29 Falco della rupe o la guerra di Musso, que marcó un evidente progreso en la descripción de los caracteres y en el mecanismo del relato.

Sin embargo, sus dos obras siguientes, La bella Celeste degli Spadari (1830) y Zagranella (1845), desvane­cieron las ilusiones de quienes habían con­siderado a Bazzoni adalid de la nueva novela histórica italiana.

Beatriz de Dia

Es, posiblemente, la más famosa de las mujeres que durante la Edad Media cultivaron en Provenza la poesía.

Sin embargo, las noticias acerca de su vida resultan muy escasas, hipotéticas e inciertas. Según dice la antigua biografía provenzal — cuyas informaciones, cual sue­le ocurrir en las obras antiguas de este género, deben aceptarse con gran reserva —, Beatriz fue la esposa de Guillermo (I ó II) de Poitiers y la amada del trovador Raimbaut d’Aurenga.

De ser cierto cabría situarla en­tre la segunda mitad del siglo XII y la pri­mera del XIII. No obstante, la ciudad de Dia quedaba fuera del dominio de Poitiers, y no era feudo de la Beatriz que se casó con Guillermo I.

De acuerdo con el testi­monio de Francesco da Barberino se han propuesto otras identificaciones, siquiera también gratuitas e inadmisibles por cuan­to pertenecen a una época mucho más tar­día.

Así, pues, la personalidad de esta trovadora, la más selecta y delicada de cuan­tas mujeres, cultivaron en aquellos tiempos la poesía, permanece envuelta en el miste­rio (v. Canciones).

C. Cremonesi

Ciro Bayo Segurola

Escritor espa­ñol n. en Madrid en 1859 y m. en 1939. Llevó una vida muy aventurera; durante su es­tancia en la República Argentina colaboró en el diario Buenos Aires.

Vuelto a España, publicó El peregrino entretenido (1910) y Lazarillo español (1911, v.), interesantes evo­caciones de la picaresca clásica a los que siguieron otros libros, en su mayoría narra­ciones de viaje por tierras de América: Orfeo en el infierno (novela), Los Mara- ñones, Los Césares de la Patagonia, Bolívar y sus tenientes, Por la América descono­cida, Las grandes cacerías americanas, etc.

Fue autor también de importantes contri­buciones al estudio del folklore y lenguaje sudamericanos: Romancerillo del Plata, Vo­cabulario criollo español sudamericano y Manual del lenguaje criollo de Centro y Sudamérica.

Abū Muhammad ‘Abd Allāh ibn al-Baytār

Médico y botánico arábigo-español. Nacido en Málaga en 1197 y m. en Damasco en 1248. Joven aún se trasladó a Sevilla, donde fue discípulo de Abulabás Benarrubia, lle­gando a superar al maestro en las discipli­nas de medicina y botánica, hasta el punto de ser llamado «el botánico» por antono­masia.

Menéndez Pelayo le llama «el Discórides español del siglo XIII». Llevado por su afán de estudiar las plantas, viajó por toda España, norte de Africa, Egipto, Ara­bia y Siria, herborizando, clasificando y estudiando las virtudes de algunas de ellas aplicadas a la medicina.

Fruto de todo ello, fueron diversas obras especializadas en las que recogió todas las investigaciones de la Antigüedad y las suyas propias, que fueron numerosas. Puede decirse que llevó a cabo el más completo y documentado trabajo de botánica de la Edad Media. En cuanto a medicina, los académicos egipcios le consi­deraron como el mejor médico de su tiem­po.

En premio a sus extraordinarios méri­tos, Malek Al-Khamil le nombró visir y le encargó la dirección de los jardines de Damasco, en cuya ciudad falleció colmado de honores.

J. R. Manent

Fierre Bayle

Nacido en Carlat, en el anti­guo condado de Foix, el 18 de noviembre de 1647, y m. en Rotterdam el 28 de diciem­bre de 1706. Realizó estudios clásicos en el Colegio de Puymorens, y ya entonces sus preferencias se inclinaron hacia Amyot y Montaigne.

Mientras acababa su formación junto a los jesuitas de Toulouse, viose in­fluido por su profesor y un sacerdote con el cual vivía y se convirtió al catolicismo (1668). Ello, no obstante, provocó las crí­ticas de sus familiares, y, ya por falta de una verdadera fe o bien a causa de algunas presiones, Bayle, dieciocho meses después, vol­vió al protestantismo.

La abjuración obli­góle a refugiarse primeramente en Ginebra y luego en Coppet, donde el conde de Dhona le confió la educación de sus hijos. Se estableció más tarde en Ruán, y aquí hubo de aceptar otra vez, aun contra su volun­tad, un cargo de preceptor. Finalmente pudo eludir estas obligaciones y se instaló en París, donde frecuentó la alta sociedad.

Al quedar libre en Sedan una cátedra de filosofía, Bayle participó en el concurso y ven­ció a todos los otros aspirantes (1675). En 1681, suprimida la Academia de esta ciu­dad, trasladóse a Rotterdam, donde se le encargó la enseñanza de la misma asigna­tura.

De carácter generoso, hizo asignar la cátedra de teología a Jurieu, en quien tuvo muy pronto un irreductible adversario. En 1862 publicó Pensamientos acerca del co­meta (v.), obra que luego habría de ser considerada por Giambattista Vico como breviario del ateísmo; posteriormente apa­reció su Critique genérale de l’histoire du calvinisme de Maimbourg, que le atrajo los primeros ataques de Jurieu. Por esta época fundó la revista Nouvelles de la République des Lettres.

La revocación del Edicto de Nantes, que provocó violentas persecucio­nes contra sus correligionarios, le indujo a escribir el famoso Commentaire philosophique sur ces paroles de L’Évangile: «Contrains-les d’entrer». La creciente oposición de Jurieu llegó a concretarse no solamente en grandes diferencias de carácter y a tra­vés de disensiones personales, sino incluso en marcadas divergencias en el plano religioso.

Bayle era un protestante liberal, el pri­mer defensor del espíritu de tolerancia; en él habría de reconocer Voltaire su propio maestro Jurieu, por el contrario, profesaba un protestantismo ortodoxo e intransigente, y sospechaba de la sinceridad de la abju­ración por la cual se alejara del catolicismo su contrincante.

Cabe preguntarse incluso si Bayle, como Montaigne, no debió de ser, más bien que escéptico, fideísta, y aun preexistencialista. Sea como fuere, adelan­tóse a su época, y los magistrados de Rot­terdam dieron la razón a Jurieu, con lo cual se vio aquél desposeído de su cátedra y hasta privado de la autorización para enseñar. A fin de satisfacer su necesidad de actuación, Bayle se dedicó entonces a la redacción del Diccionario histórico y cri­tico (v.), del que publicó en 1696 los dos primeros tomos.

Sin embargo, desencade­nado nuevamente el odio de Jurieu contra esta obra firmada por su adversario (quien para las anteriores había empleado seudó­nimos), el consistorio protestante condenó a Bayle por sus tendencias escépticas, ateas y maniqueístas. A tales ataques se añadieron los de Jacquelot y Jean Leclerc, quienes le acusaron de hostilidad secreta al protes­tantismo y a su patria adoptiva. Bayle acabó sus días en la soledad y estoicamente.

No solamente fue comprensivo y tolerante, sino que llegó a establecer los fundamentos ra­cionales de la tolerancia. Comprendió que la verdad no puede ser impuesta, sino úni­camente ofrecida, y que sólo una adhesión dada en libertad tiene valor. «Mi talento — decía de sí mismo — consiste en provocar dudas, aun cuando no se trata sólo de dudas.»

Según cabe deducir, tales vacila­ciones pueden ser superadas por la razón, o, al menos, por la fe. Se trata, en realidad, de la misma postura del comentario de Jean de Jandun al Tratado del alma de Aristó­teles, y también, indudablemente, de la que presenta la Apología de Ramón Sabunde de Montaigne.

Para Bayle, el error no es un de­fecto moral que pueda ser imputado a quien yerra de buena fe; con ello quedan afirma­dos y defendidos los derechos de la «cons­ciencia errónea». Particularmente singular resulta L’avis aux réfugiés, que, proce­dente de un católico relapso, le fue impu­tado como una traición.

¿Acaso no demues­tra, en realidad, que volvió al protestan­tismo a pesar suyo? Sin embargo, no es posible dar todavía por aclarados los mu­chos interrogantes que plantea un espíritu tan sutil, curioso y especialmente complejo como el de Bayle.

J. Chaix-Ruy