Fierre Bayle

Nacido en Carlat, en el anti­guo condado de Foix, el 18 de noviembre de 1647, y m. en Rotterdam el 28 de diciem­bre de 1706. Realizó estudios clásicos en el Colegio de Puymorens, y ya entonces sus preferencias se inclinaron hacia Amyot y Montaigne.

Mientras acababa su formación junto a los jesuitas de Toulouse, viose in­fluido por su profesor y un sacerdote con el cual vivía y se convirtió al catolicismo (1668). Ello, no obstante, provocó las crí­ticas de sus familiares, y, ya por falta de una verdadera fe o bien a causa de algunas presiones, Bayle, dieciocho meses después, vol­vió al protestantismo.

La abjuración obli­góle a refugiarse primeramente en Ginebra y luego en Coppet, donde el conde de Dhona le confió la educación de sus hijos. Se estableció más tarde en Ruán, y aquí hubo de aceptar otra vez, aun contra su volun­tad, un cargo de preceptor. Finalmente pudo eludir estas obligaciones y se instaló en París, donde frecuentó la alta sociedad.

Al quedar libre en Sedan una cátedra de filosofía, Bayle participó en el concurso y ven­ció a todos los otros aspirantes (1675). En 1681, suprimida la Academia de esta ciu­dad, trasladóse a Rotterdam, donde se le encargó la enseñanza de la misma asigna­tura.

De carácter generoso, hizo asignar la cátedra de teología a Jurieu, en quien tuvo muy pronto un irreductible adversario. En 1862 publicó Pensamientos acerca del co­meta (v.), obra que luego habría de ser considerada por Giambattista Vico como breviario del ateísmo; posteriormente apa­reció su Critique genérale de l’histoire du calvinisme de Maimbourg, que le atrajo los primeros ataques de Jurieu. Por esta época fundó la revista Nouvelles de la République des Lettres.

La revocación del Edicto de Nantes, que provocó violentas persecucio­nes contra sus correligionarios, le indujo a escribir el famoso Commentaire philosophique sur ces paroles de L’Évangile: «Contrains-les d’entrer». La creciente oposición de Jurieu llegó a concretarse no solamente en grandes diferencias de carácter y a tra­vés de disensiones personales, sino incluso en marcadas divergencias en el plano religioso.

Bayle era un protestante liberal, el pri­mer defensor del espíritu de tolerancia; en él habría de reconocer Voltaire su propio maestro Jurieu, por el contrario, profesaba un protestantismo ortodoxo e intransigente, y sospechaba de la sinceridad de la abju­ración por la cual se alejara del catolicismo su contrincante.

Cabe preguntarse incluso si Bayle, como Montaigne, no debió de ser, más bien que escéptico, fideísta, y aun preexistencialista. Sea como fuere, adelan­tóse a su época, y los magistrados de Rot­terdam dieron la razón a Jurieu, con lo cual se vio aquél desposeído de su cátedra y hasta privado de la autorización para enseñar. A fin de satisfacer su necesidad de actuación, Bayle se dedicó entonces a la redacción del Diccionario histórico y cri­tico (v.), del que publicó en 1696 los dos primeros tomos.

Sin embargo, desencade­nado nuevamente el odio de Jurieu contra esta obra firmada por su adversario (quien para las anteriores había empleado seudó­nimos), el consistorio protestante condenó a Bayle por sus tendencias escépticas, ateas y maniqueístas. A tales ataques se añadieron los de Jacquelot y Jean Leclerc, quienes le acusaron de hostilidad secreta al protes­tantismo y a su patria adoptiva. Bayle acabó sus días en la soledad y estoicamente.

No solamente fue comprensivo y tolerante, sino que llegó a establecer los fundamentos ra­cionales de la tolerancia. Comprendió que la verdad no puede ser impuesta, sino úni­camente ofrecida, y que sólo una adhesión dada en libertad tiene valor. «Mi talento — decía de sí mismo — consiste en provocar dudas, aun cuando no se trata sólo de dudas.»

Según cabe deducir, tales vacila­ciones pueden ser superadas por la razón, o, al menos, por la fe. Se trata, en realidad, de la misma postura del comentario de Jean de Jandun al Tratado del alma de Aristó­teles, y también, indudablemente, de la que presenta la Apología de Ramón Sabunde de Montaigne.

Para Bayle, el error no es un de­fecto moral que pueda ser imputado a quien yerra de buena fe; con ello quedan afirma­dos y defendidos los derechos de la «cons­ciencia errónea». Particularmente singular resulta L’avis aux réfugiés, que, proce­dente de un católico relapso, le fue impu­tado como una traición.

¿Acaso no demues­tra, en realidad, que volvió al protestan­tismo a pesar suyo? Sin embargo, no es posible dar todavía por aclarados los mu­chos interrogantes que plantea un espíritu tan sutil, curioso y especialmente complejo como el de Bayle.

J. Chaix-Ruy