Isabel y Essex, Giles Lytton Strachey

[Elisabeth and Essex]. El protagonista de esta obra histórica de Giles Lytton Strachey (1880-1932), publi­cada en 1928, es Roberto Devereux, conde de Essex. Éste, primo en segundo grado de Isabel de Inglaterra e hijastro de Leicester, presentado en la corte cuando apenas tenía veinte años, fascinó a la reina, que ya con­taba 53 años, y, afortunado rival de sir Walter Raleigh, fue el sucesor de su padrastro en los favores de la soberana. Y  mientras en la victoriosa expedición a Cádiz correspondieron a Raleigh los hono­res del combate naval, Essex fue el héroe del terrestre, por lo que fue muy querido por el pueblo. Pero en otras empresas diri­gidas contra España y las Azores fue des­afortunado, y su estrella comenzó a decli­nar. Isabel tan pronto le demostraba bene­volencia como frialdad desdeñosa, debido también a ciertas aventuras amorosas del Conde. Reconciliado con la reina, consiguió hacerse enviar a la Irlanda insurrecta como lord diputado. Valiente, pero sin genio militar, fracasó en su misión, aceptando por fin la tregua con Tyrone, jefe de los rebeldes. Después de una severa y humi­llante amonestación, fue privado de los beneficios del impuesto aduanero sobre los vinos dulces, monopolio que Isabel le había concedido unos años antes.

Entonces parece volverse loco, sostiene correspondencia con Jacobo, rey de Escocia, por fin reúne a sus secuaces y se dirige contra la City, espe­rando levantar a Londres a su favor. Pero no lo consigue; es detenido, conducido a la Torre, condenado a ser decapitado, y so­porta el suplicio con humildad compungida. Su vida es narrada por el autor sin pompa de aparato crítico, pero con profundidad de visión. En el trágico epílogo del drama, Essex advierte la agonía del viejo mundo caballeresco, de la antigua nobleza, a la que sustituye una nueva. Pero Strachey sobresale especialmente por la finura del análisis psicológico. Así, en la figura de Isabel, «criatura típicamente barroca en el siglo del barroco», su fuerza no estaba hecha de heroísmo, sino de disimulo, adap­tación, indecisión, parsimonia, contemporización. Se mezclaban en ella elementos viriles y femeninos. Aun teniendo un fuerte temperamento, sufrió muchas indisposicio­nes, quizás en gran parte de origen histé­rico. El autor busca la causa en impresio­nes infantiles. En ella el autor no ve la defensora de la Reforma, sino del Renacimiento: «la vieja clueca incubaba la Na­ción inglesa». El dramatismo de ciertas pá­ginas, el sutil humorismo de otras, la maes­tría del estilo, caracterizan esta historia, que es en sí misma una novela. [Trad. es­pañola de Rafael Calleja (Madrid, s. a.)].

E. di C. Seregni