El Jardín de los Cerezos, Antón Pavlovič Chejov

[Višnëvyi sad]. Comedia rusa en cuatro actos de Antón Pavlovič Chejov (1860-1904). Es la última obra teatral del escritor, publicada el mismo año de su muerte. Como en todas las comedias y dramas de Chejov, el argu­mento es débil, carente de una verdadera trama o de una intriga, fundado casi exclusivamente en la creación de un ambiente especial derivado de los estados de ánimo de los personajes.

El protagonista es el mis­mo «jardín de los cerezos», verdadero jardín encantado, con sus árboles siempre en flor y en cuya espesura cantan los pájaros; el jardín cae, finalmente, abatido por las despiadadas exigencias de la vida de los nego­cios, pero demasiado tarde para salvar a sus propietarios, que han preferido llegar a la ruina antes que destruirlo. Ljubov Andreev­na Ranevskaja, la propietaria, regresa de su casa del extranjero, a la que se había tras­ladado tras varias desventuras, siguiendo a un amante que acaba por arruinarla. La finca, a causa de las deudas, está a punto de ser subastada, y este acontecimiento pesa sobre todos los personajes, sobre Graev, el hermano de Ljubov Andreevna, sobre Anja y sobre Varja, sus dos hijas (la segunda, adoptiva) y sobre los escasos conocidos que viven con ellos o a su alrededor, cada uno con su cruz y sus esperanzas. Uno de estos conocidos está fuera de la atmósfera de la casa: es Lopachin, un comerciante del que está enamorada Varja y que parece querer casarse con la joven. Lopachin aconseja, sin ser escuchado, que dividan la hacienda, in­cluido el jardín de los cerezos, que se en­cuentra cerca del ferrocarril, en pequeños lotes para construir chalets y salvar así la desesperada situación. Pero la idea de des­truir el jardín de los cerezos resulta absurda para todas las personas que se mueven en él y no son capaces de llevarla a cabo. La rui­na cae sobre la casa y el jardín es comprado por Lopachin, que llevará a cabo por su cuenta el proyecto que en vano había acon­sejado.

La comedia termina con el desalo­jamiento de la casa, desde la que cada cual se encaminará hacia su nuevo destino. La tristeza de la conclusión está atenuada por la fe de cada uno en este nuevo destino, mientras el ruido del hacha anuncia el cor­te del primer cerezo. El jardín de los cere­zos, como todo el teatro de Chejov, debe su éxito a la puesta en escena de Stanislavskij y Nemirovič-Dančenko, creadores del «Teatro de Arte» de Moscú, del que el tea­tro de ambiente de Chejov fue elemento esencial. [Trad, española de Saturnino Ximénez (Madrid, 1920)].

E. Lo Gatto

El Jardín de los Suplicios, Octave Mirbeau

[Le jardín des supplices]. Novela francesa de Octave Mirbeau (1850-1917), publicada en 1899. «Páginas de delito y de sangre», des­criben en forma paradójica un ambiente de lujuria y de atrocidades, imaginado en el mundo chino, en las lejanas y misteriosas tierras de Oriente que no conoce nuestras convenciones ni nuestras falsedades.

Mien­tras varios amigos están discutiendo sobre el valor de un delito, y algunos alaban su importancia como forma de inteligencia, en la exaltación de los sentidos y de las posi­bilidades humanas, un hombre mal vestido y de rostro desfigurado, deja un manuscrito donde está narrada su vida. Él dice que después de haber vivido de artificios y haber escapado a varias condenas, un poderoso amigo a quien había prestado servicios, le envía en misión a Ceylán a estudiar entre los corales la célula primordial y establecer nuevas leyes de la embriología. En el vapor conoce a una gentil inglesa, Miss Clara, y siente tanta simpatía por ella que acaba por confesarle su vida desordenada y abyecta. Ella sonríe ante sus palabras, también ante las riquezas que le dejó su padre, que había sido mercader de opio en Cantón, y le pro­mete nuevas experiencias vitales. Por lo de­más, durante la travesía, las palabras vio­lentas y crueles de un explorador que, por odio a la civilización blanca, recuerda haber comido carne de europeos en tierras desier­tas, parecen despertar en aquella mujer un interés morboso que muy pronto tendrá su explicación.

Ligado a Clara por un hechizo irresistible, comprende que ella se vale de su riqueza para viajar de nación en nación con el fin de procurarse nuevas embriague­ces monstruosas y crueles. En el presidio de los forzados en Cantón, en un espantoso cuadro de crueldad y pérfido refinamiento en atormentar y matar, ella se embriaga con el espectáculo de las miserias humanas, de agonías y muertes. El summum de la fero­cidad se mezcla con la más lánguida volup­tuosidad de perfumes, especialmente en el «jardín de los suplicios», que representa el rincón más sombrío y al mismo tiempo más suave de aquel presidio. Carnicerías, matan­zas inauditas, invenciones sutilísimas de tor­mentos, se entremezclan así, entre el perfume de las flores, el dibujo sutilísimo de los parterres, y el estremecimiento de una voluptuosidad espasmódica de destrucción y de abandono. El mísero amante comprende que su compañera es un alma perdida y loca, pero también él queda arrebatado por la vorágine sensual que aquella mujer va creando artificiosamente en derredor, hasta que después de los más horrendos espectá­culos de tormentos y destrozos, él la acom­paña en sampán por el río a una casa misteriosa, donde entre voluptuosidad de amor y humo de opio las cortesanas pro­porcionan la embriaguez de un olvido.

Esta novela está inspirada en toda una literatura de excepción, que va de Quincey hasta el mismo Huysmans y a los refinados ensal­zadores de una vida de decadencia; al mismo tiempo participa en la áspera polé­mica contra las opiniones tradicionales que distingue la obra de Mirbeau y comunica el deseo de liberarse de muchas conviccio­nes ficticias. El valor de este libro reside, más que en otra cosa, en haber llevado hasta los extremos de las posibilidades artísticas un amor a lo raro y monstruoso propio de la literatura decadente del siglo XIX.

C. Cordié

Jardín de los Proverbios y Enigmas, Todros ben Yĕhudá Abū-l-‘Āfia

Obra del poeta hebraico español Todros ben Yĕhudá Abū-l-‘Āfia (1247-m. hacia 1306). Muy notable interés ofrece el díwan del poeta Todros ben Yĕhudá Abū-l-‘Āfia, descubierto hace unos años en una comuni­dad judaica del lejano Oriente y editado primorosamente por el especialista prof. D. Yellin (Jerusalén, 1932-36). Todros ben Yĕhudá Abū-l-‘Āfia nació en Toledo en el año 1247, y siendo aún joven entró al servicio de la corte de Alfonso X, en la cual tanto cola­boraron los judíos en asuntos literarios, cien­tíficos y administrativos. Nuestro autor muy pronto se embebió de toda la vena poética que se respiraba en aquel ambiente refinado de la corte de Alfonso X, y seguramente que no sólo conoció las producciones de los gran­des poetas hebraico españoles sino que tam­bién conocería las poesías de la escuela tro­vadoresca que entonces imperaba en el mun­do cristiano occidental y que tantas raíces había echado entre los poetas españoles.

Pues bien, nuestro Todros Abū-l-‘Āfia, intercam­bia poemas con los poetas hebraicos más destacados de su tiempo, prodiga panegíri­cos y elegías a los grandes personajes judai­cos que tenían vara alta en la corte; es más, celebra en poesías estróficas, de muy proba­ble influencia trovadoresca, al rey Alfonso X el Sabio a cuyo servicio estaba. De modo que hemos de ver en el diwán de Todros Abū-l-‘Āfia, Jardín de los proverbios y enig­mas un espécimen muy característico de la poesía hebraico española en la segunda mitad del siglo XIII, cuando esta poesía, si bien era fiel aún a las grandes voces de los altos poetas hebraico españoles de los siglos XI y XII, también sabía abrirse tempranamente a las nuevas corrientes poéticas, a los nue­vos efluvios de la poesía occidental trova­doresca.

El diwán de Todros tiene también un subido valor histórico, ya que, a veces, equivale a un comentario poético sobre los sucesos de aquel tiempo, nos informa sobre el ambiente social de la época y nos certifica de las costumbres asaz relajadas de algunos funcionarios judíos que prosperaban en la cancillería de la corte castellana, en tratos ilícitamente amorosos con moras y cristia­nas. Todo lo cual vino a promover una reac­ción que se cebó en algunos judíos, entre ellos el propio autor, que se vio libre de la cárcel merced a su promesa de rehabilita­ción ética en sus costumbres.

J. M.a Millas Vallicrosa

El Jardín de las Rosas, Saadi

[Gulistán]. Es la obra más célebre del poeta y moralista persa Saadi (m. 1291), de carácter ético- narrativo, dividida en ocho libros. Están dedicados, respectivamente, a hechos de personajes reinantes, costumbres de ascetas, ejemplos de satisfacción con lo poco, mé­ritos del silencio, juventud y amores, vejez y sabiduría, educación y sus frutos, vida social y trato del mundo. Cada libro consta de cierto número de relatos más o menos largos, independientes entre sí, y en los que se entremezclan la prosa y el verso. La materia, muy variada, trata de las ex­periencias de la larga vida de Saadi (que, entre otras cosas, estuvo también algún tiempo prisionero y condenado a trabajos forzados por los cruzados en Siria), y de­riva de fuentes, orales y escritas, y del mare mágnum de la anecdótica oriental; pero ello no bastaría para explicar la fama del libro, que radica en el espíritu infundido por Saadi a esta no muy original ma­teria narrativa: espíritu de madura y equi­librada experiencia e indulgencia humana, igualmente alejado de un vulgar hedonis­mo como de los excesos de la mística ascé­tica, condenadora de los bienes de la vida. Con finísima delicadeza y tacto, Saadi sabe ofrecer al lector los más trillados tópicos de la moral del «ne quid nimis», de la gnómica y de la anecdótica elaborados con gracia incomparable, en los que alienta una sin­cera piedad y una comprensiva caridad hu­mana. En su arte fino y sosegado se ha reconocido el alma piadosa, perspicaz y mo­ralizante de Persia: el Gulistán ha llegado a ser a un tiempo un espejo del espíritu persa-musulmán y el texto clásico para ini­ciarse en el conocimiento de la literatura iránica medieval. De esta literatura, fue el Gulistán cronológicamente la primera obra que se conoció en Europa, a través de la traducción latina de Gentius (1651). [Trad. española de Manuel Pérez (Barcelona, sin año)].

F. Gabrieli

El Jardín de Fridolin y Pinturas de Dalecarlia en Verso, Erik Axel Karlfeldt

[Fridolins lustgard och dalmálningar pa rim]. Poesías líricas del poeta sueco Erik Axel Karlfeldt (1864-1931), publicadas en 1901. La inspiración y los modos de las composi­ciones que constituyen esta antología son más o menos los mismos de los Cantos de Fridolin (v.), y las dos colecciones juntas constituyen la «poesía de Fridolin». Interés especial ofrecen las Pinturas de Dalecarlia en verso. Una vez más Karlfeldt se com­place en reelaborar artísticamente las for­mas populares y transfigurar en poesía el sentimiento de los campesinos. Dalecarlia es un pueblo en el que la vida religiosa es viva y profunda; el contenido de las pin­turas que Karlfeldt «interpreta», cuando no es de historia local y al mismo tiempo na­cional, es religioso. No importa que estas pinturas existan o no en la realidad; lo que el autor interpreta es la imaginación popu­lar.

El pintor se confunde, por lo tanto, con el intérprete, es el mismo poeta que se traslada a la manera de sentir y de ima­ginar de sus paisanos de Dalecarlia, pero sin olvidarse de sí mismo, es decir, de su cultura y de su arte. De ahí la mezcla de lo serio y de lo jocoso, de lo ingenuo y de lo refinado en las «Pinturas». ¡Con qué tenue delicadeza pinta a la Virgen María («Junfru Maria»), que anda por los prados de Sjungareby! El pintor la representa como una muchacha dalecarlesa de tez parecida a la flor del almendro: «¿Por qué senderos te fuiste, que el sol no te ha quemado?; ¿qué has soñado ya que tu sangre no hierve como la de las demás? Y una luz muy extraña se desprende de sus cabellos. Anochece; los jóvenes y , las muchachas andan en parejas, y tú, la ’favorita, la que todo el mundo desea, ¿por qué vas sola, meditando? Vuelve, vuelve, María,/que ya la noche llega. / Tu Madre podría estar preocupada,/pues tan sola tú vas andando./ Ah, mas la rosa que sujetas en tu mano/es tu signo, y así te protege;/por un jardín del mundo de los bienaventurados,/un án­gel, María, te la ha traído :/espinas y ser­pientes puedes pisar».

En la «Ascensión de Elías [«Elie himmelsfárd»] el viaje celeste del profeta es representado como se lo puede imaginar un campesino de las mane­ras conocidas por su experiencia. Elías sube, digno, al carro con la pelliza, el látigo y el paraguas verde; es un campesino que se dirige a visitar al rey, que quiere aprovecharse de su gran sabiduría. Cuando el carro empieza su carrera por el aire, Elías saluda la tierra que abandona, y su vista se detiene en los lugares conocidos de Dalecarlia. Más tarde llega a lo alto, a los lejanos desiertos donde se arrastra el per­verso Escorpión y ladra horriblemente el Can, donde viven el León, las Osas y las Serpientes; pero los caballos del Señor no se asustan y así llegan a la Vía Láctea, un gran paseo de árboles dorados que conduce directamente a la puerta del Paraíso. Allá Nuestro Señor sale al encuentro del huésped y en lo alto de la escalera invita al pro­feta a que pase, mientras que, a una señal suya, un ángel lleva a pacer a los sudorosos corceles. El «Elie himmelsfárd» es segura­mente una de las páginas más felices de aquella especie de pequeña Biblia pauperum que son, en parte, estas «pinturas» de Karlfeldt, por su tono tan sinceramente sostenido de bíblica epicidad popular.

V. Santoli