Libro de la Agricultura, Pietro de Crescenzi

[Líber cultus ruris]. Tratado de Pietro de Crescenzi (1230-1321), aparecido manuscrito ha­cia 1305, y dedicado a Carlos II de Anjou, impreso por primera vez en Augsburgo en 1471. Crescenzi ocupa, en la literatura agra­ria medieval, un lugar de primerísimo pla­no. Basta pensar que, a partir de 1471, se cuentan quince incunables de esta obra, sin contar más de cincuenta ediciones en latín, italiano, francés, alemán y polaco. El tí­tulo completo que se da a la obra es el propuesto por Savastano (Contribución al estudio crítico de los escritores agrarios ita­lianos [Contributo alio studio critico degli scrittori agrari italici], Acireale, 1922), ya que Crescenzi, siguiendo el uso de su tiem­po, no tituló la obra. Los impresores le dieron después diversos títulos: Opus Ruralium commodorum libri duodecim, El libro de la Agricultura, Tratado de Agricultura, etcétera.

El libro se compone de doce capí­tulos: descrita la casa rústica y el campo según el concepto latino, el autor, antes de proceder al estudio de los distintos culti­vos, fija sus caracteres naturales; trata lue­go de ellos separadamente, dando la pre­ferencia a los más útiles, como las gramí­neas y las leguminosas; siguen la vid, los árboles frutales, las hortalizas, las plantas de prado, de jardín, las medicinales, etc. Inspirándose en Varrón, termina el tratado con una recapitulación general y con un calendario mensual. En la redacción del libro, Crescenzi recuerda que ha utilizado la mayor parte de los autores que lo pre­cedieron, citando cerca de treinta y cua­tro. Entre los agrarios recuerda a Paladio, Varrón, Catón, Plinio y los Geopónicos; entre los naturalistas a Plinio y Alberto Magno; entre los médicos a Plateario, Pre­pósito, Gerardo, Avicena y otros; de los veterinarios a Rufo. Es dudoso que cono­ciese a Cólumela. Cita a los autores nom­brados con sentido crítico, aunque a veces copia trozos enteros.

De Crescenzi quiso que el libro fuese revisado y corregido, y para ello se lo pasó a fray Amerigo, maestro general de los dominicos y a sus frailes, a los «peritos en ciencia natural de la Uni­versidad de Bolonia» y a otros. Nada se conoce, sin embargo, de la labor de los correctores, que se presume, por otra parte, limitada. El libro, como demuestran sus nu­merosas ediciones y traducciones, tuvo gran éxito, y constituye la obra agraria más importante de la Edad Media.

O. Verona

El Libro de Jade, Judith Gautier

[Le livre de jade]. Poemas en prosa de la escritora francesa Judith Gautier (1846-1917). Publicados en 1867 con el pseudónimo de Judith Walter, el volumen fue una revelación.

Es una anto­logía de poesías chinas de todas las épocas, traducidas unas, otras inspiradas en los originales, divididas en grupos, cada uno con un título distinto según los asuntos tratados («Los enamorados», «La luna», «Los viaje­ros», «La corte», «La guerra», «El vino», «El otoño», «Los poetas», «El destierro», «La fidelidad al emperador», «El abandono», «La muerte»). Los poetas más frecuente­mente citados en este volumen, vivieron en el siglo VIII, bajo la dinastía Ming, aunque hay algunos mucho más ‘ antiguos. En­tre ellos sobresalen Li-Tai-Pé y Tou-Fu y la poetisa Li-y-Hane que vivió en el siglo XI. Li-Tai-Pé, con su estilo original y con­ciso, con sus imágenes raras y preciosas, lleno de alusiones y sobreentendidos, can­ta, como el poeta persa Ornar Khayyám, el vino consolador que envuelve en los velos de la embriaguez los dolores de la vida. Su contemporáneo y amigo Tou-Fu, censor imperial caído en desgracia, expresa con acentos doloridos las penas del destierro. La poetisa Li-y-Hane canta la tristeza incu­rable de un corazón que vive en la soledad, la pena de la reclusión y de la inercia a que se hallaba condenada la mujer china.

Judith Gautier, afirmándose como escritora de la mejor tradición francesa, revela en esta obra al público europeo una forma de poesía exótica que, alejada del exotismo amanerado instaurado por los parnasianos, es, por la selección de los temas y por la simplicidad de los sentimientos, a un tiem­po primitiva y refinada. Una sensibilidad poética personal, que lleva con frecuencia a variaciones, se vierte sobre estas traduc­ciones, que, por su fidelidad al espíritu de los originales, revelan una singular facul­tad de – asimilación.

L. Giacometti

Libro de Fortuna y Prudencia, Bernat Metge

[Libre de Fortuna e Prudencia]. Obra ju­venil del humanista catalán Bernat Metge (hacia 1350-1412/1414), escrita en «noves rimades», esto es en versos pareados de ocho sílabas. El día 1 de mayo de 1381, después de haberse levantado y lavado la cara, el autor siente ciertos dolores en el corazón, que le dejan tan frío como la es­carcha. Sale a dar un paseo por la playa y experimenta cierta mejoría. Encuentra a un viejo recostado en una barquichuela. El viejo busca un pretexto para hacerle entrar en ella. Una vez dentro, la des­amarra y 1a. deja a su propio impulso. Se desencadena una fuerte tempestad. El autor se cree ya muerto y confiesa sus pe­cados. Pero súbitamente cesa el temporal y ve, a unas veinte millas, una isla, en la que desembarca. Descripción de la isla, en la que las leyes naturales están básicamente subvertidas. Asentado en una roca se halla un extraño castillo, parte del cual es de una maravillosa riqueza y la otra de una inmunda fealdad. Aparece la propietaria del castillo, de aspecto desagradable. Dice llamarse Fortuna y que concede arbitrariamente sus dones y se complace en la in­justicia.

El autor la increpa y le echa en cara su carácter voluble e inconstante, aca­bando por maldecirse a sí mismo. La For­tuna se defiende con violencia, se insultan; el autor es expulsado del castillo y queda sin sentido. Al volver en sí ve ante él a una hermosa dama acompañada de siete doncellas ricamente vestidas. La dama, que dice llamarse Prudencia, levanta amo­rosamente del suelo al autor y le dice que las siete doncellas son las siete Artes Libe­rales. La Prudencia le reprocha sus discu­siones con la Fortuna y le hace comprender que Dios es el único ordenador del mundo. El autor le plantea el problema de la pro­videncia divina. La Prudencia, en un largo parlamento, demuestra la justicia de Dios y que la Fortuna no es más que uno de sus instrumentos. El autor — convencido — se despide de Prudencia y de las siete Artes Liberales. Embarca de nuevo y regresa felizmente a Barcelona. La obra, concebida y desarrollada dentro del tema tan típica­mente medieval de la Fortuna, es de una arquitectura estilística y de« unos reflejos lingüísticos todavía inmaturos. La lengua es una mezcla de catalán y provenzal, ca­racterística de la poesía catalana del mo­mento. Las fuentes principales que la crítica ha señalado son el De la consolación de la Filosofía de Boecio (v.) y el Román de la Rosa (v.) de Jean de Meung.

J. Molas

Libro de Fioravante, Anónimo

[Libro di Fioravante]. Novela italiana en prosa, del si­glo XIV. Fiovo, sobrino del emperador Constantino, habiendo matado a un cor­tesano en un duelo surgido por un fútil motivo, se ve obligado a exilarse. Parte con dos primos, Otto y Gilfroi, y, encontrán­dose por casualidad con un tercero, Ansoigi, que se une a ellos, se dirige hacia Francia y le ocurren varias peripecias antes de lle­gar a París. Aquí el rey Fiorenzo está si­tiado por Salatrés de Sansogne. Fiovo se distingue en seguida y es nombrado capitán general, mata a Salatrés y derrota a sus ejércitos. Le han ayudado también, sin saberlo Fiorenzo, algunas milicias de su tío Constantino. Terminada la guerra, el -rey querría dar como esposa a Fiovo una de sus hijas, pero él ama y toma en su lugar a Brandoia, hija del vencido Salatrés. La otra, irritada, de acuerdo con su padre, intenta envenenar al extranjero, pero Fio­renzo paga con la vida la traición, una vez descubierta. De este modo todo su reino pasa a manos de Fiovo, que convierte aquella población al cristianismo, mientras que la hija de Fiorenzo se casa con Ansoigi y obtiene el señorío de Maguncia y de otras vastas comarcas. Éstos serán los fundadores de la famosa familia de los traidores. Pero durante este tiempo Roma es atacada por un hijo de Salatrés, Fiovo corre en su ayuda; y obtiene una estrepitosa victoria, gracias sobre todo al valor de Riccieri, un personaje oscuro que adquiere importancia a partir de este momento.

Ahora Fiovo su­cede en el trono a su tío Constantino y deja el trono de Francia a su hijo Fiorello. Sólo aquí puede decirse que comienza la historia de Fioravante, hijo de Fiorello. Éste, que ha ofendido a su maestro Salardo, es exilado, y con el destierro comienzan sus aventuras; la lucha contra Balante, rey de Balda; el amor con la hija de éste, Dusolina; su vuelta a París, a la muerte de su padre, y la sucesión al trono. Pero tam­bién aquí se complican las cosas. Dusolina, acusada de adulterio, queda abandonada en un desierto con dos hijitos, a uno de los cuales rapta un león y al otro un ladrón. Pero el león no es otro que San Marcos, que muchos años después devuelve sus hijos a Fioravante, en las personas de un tal Gisberto y de Octaviano del León. Tras de algunas aventuras, Gisberto se convierte en rey de Francia, y Octaviano, de Balda. La narración continúa con la descendencia de Gisberto y de Octaviano, hasta Guido, padre de Buovo de Antona. De este modo el libro de Fioravante se relaciona con el de Bueves d’Hanstone (v.), y éste a su vez se inserta en los Reales de Francia (v.), de Andrea da Barberino, del que constituye los tres primeros libros. En sustancia es la historia legendaria de la estirpe que cris­tianizó a Francia y la condujo a su gran esplendor de la época Carolingia. Esta le­yenda se encuentra en una canción de ges­ta francesa del siglo XIII, Floovent, y en la Flovents saga islandesa, en la que la narración es bastante semejante a la ver­sión italiana.

C. Cremonesi

Libro de Gomorra, Pedro Damián

[Liber Gomorrhianus]. Violenta denuncia de los vicios del clero en el siglo XI, obra de San Pedro Damián (Pietro Damiani 1007-1072), escrita en 1049 y dedicada al Papa León IX. Las críticas esparcidas en los opúsculos y en las epístolas del Santo acerca de los sacer­dotes entregados al concubinato y a toda clase de impudicias se convierten aquí en ataque violento, especialmente contra los vicios que la Biblia atribuye al pueblo de Sodoma y Gomorra. El autor lamenta sobre todo la culpable indulgencia de los obispos contra los reos de tales culpas y pide al Pontífice que sean castigados con severas leyes ya que es cruel impiedad la indulgencia que alimenta el vicio haciendo incurable la llaga. Ordene el Papa que los reos de tales carnalidades no obtengan el perdón hasta que se hayan arrepentido y después de larga penitencia, que no piensen en ascender al sacerdocio y a las mayores dignidades de la Iglesia, que sean desterra­dos de la patria de los celestiales y sepa­rados del cuerpo de Cristo como miembros muertos de la Iglesia, despreciados por los hombres, odiados por los ángeles, infama­dos en el mundo, destinados a la condena­ción en la vida venidera.

El Papa León, al elogiar la oportunidad del libro, concluía de esta manera: «Y ante todo me alegro de que enseñes muy bien, con tu ejemplo, todo lo que has dicho con la palabra». Este audaz escrito suscitó una tempestad no sólo entre los que habían sido heridos en lo vivo por la elocuencia del Santo, sino también por parte de no pocos espíritus timoratos que hubieran preferido que tan infames vicios no fuesen nombrados siquiera y mucho menos que los sacerdotes fueran acusados públicamente de ellos. «¿Cómo podrá el médico curar la llaga si comienza por esconderla?», contestaba él; y cuando la marea de protestas llegó a conmover al propio Sumo Pontífice, no tuvo reparo en defender su conducta con una carta res­petuosa pero valiente.

G. Pioli