Prospero Bonarelli

Nació en Novellara el 5 de febrero de 1582 y murió en Ancona en 1659. Hermano del anterior, como su padre y su abuelo estuvo al servicio de varias cortes, pero las abandonó pronto para residir en la Ancona paterna.

Disfrutó, entre sus con­temporáneos, de una fama muy superior a sus merecimientos; en aquella época, el virtuosismo, del que Bonarelli no carecía, era más admirado que el verdadero mérito. Además de nueve melodramas, compuestos en su mayoría a instancias de la corte vienésa, escribió una comedia, I fuggitivi amanti (1642), y dos tragedias, Medoro incoronato (1645) y Solimán (1619, v.).

Intentó asimis­mo, aun cuando con escaso éxito, la prosa artística en Fortuna d’Erosmando e Floribalda, Discor si sugli «Annali» di Tácito y Lettere. En verso, en cambio, compuso la carta poética Bellezze di Filli.

C. Falconi

Guidobaldo Bonarelli

Nació el 25 de di­ciembre de 1563 en Urbino y murió en Fano el 8 de enero de 1608. Crecido en la corte ducal de aquella ciudad, pasó luego a la del conde Camilo Gonzaga de Novellara.

Más tarde fue enviado a estudiar a Francia, y ya a los diecinueve años se le ofreció un puesto en la Sorbona como profesor de filo­sofía. Llamado por su padre, estuvo pos­teriormente al servicio del cardenal Federico Borromeo, y después al de los duques de Ferrara y Modena.

Enemistóle con este úl­timo su matrimonio secreto con Laura Coccapani, que le obligó a salir del ducado precisamente cuando estaba a punto de reci­bir el nombramiento de embajador en Fran­cia. Además de su capacidad como diplo­mático poseía buenas dotes de poeta, que demostró en el drama bucólico titulado Filis en Esciro (v.), aparecido en Ferrara en 1607.

Esta obra obtuvo un gran éxito y fue traducida a varios idiomas; a causa de una polémica surgida acerca del personaje principal, Celia, B. escribió los Discor si in difesa del doppio amore della mia Celia.

C. Lelj

Napoleón Bonaparte

Nació en Ajaccio el 15 de agosto de 1769, hijo de Carlos Buonapárte (o Bonaparte) y de Leticia Ramolino, murió en Santa Elena el 5 de mayo de 1821.

El hombre de letras muere muy joven —exactamente a los veintisiete años, en 1796, cuando toma el mando del ejército de Italia — para dejar paso al joven general y al futuro emperador, que aparecerá a los ojos de un Thiers o de un Sainte-Beuve como uno de los más grandes escritores de su tiempo.

Gracias a su palabra más que a su pluma: las cartas que dicta, las frases que sus auditores recogen, que impondrán una nueva forma expresiva, rápida, tajante- exenta de toda retórica. Y este estilo no será fruto de las circunstancias o del tem­peramento, sino expresión de una voluntad bien precisa. En 1792 escribía ya a su her­mano Luciano: «He leído tu proclama: no vale nada.

Hay demasiadas palabras y de­masiado pocas ideas. Tú buscas el efectis­mo; no es así como se habla al pueblo». La obra propiamente literaria del joven Bonaparte no es, en conjunto, desdeñable: interesante so­bre todo por su carácter autobiográfico, expresa la necesidad de encontrar un punto de apoyo, una base sólida.

En un tiempo en que las creencias y las formas de vida social estaban en crisis, Bonaparte. busca angustiosamente el camino de la gloria, primera razón de su vida. Esperando al principio encontrarlo en Córcega, se propone dedicar cuatro años (1786-90) a componer una historia de su isla y a ganarse así las simpatías de su com­patriota Pasquale Paoli.

Pero estos dos hom­bres no acabarían de entenderse nunca. Trasladado al continente en 1791, Bonaparte envía a la Academia de Lyon un ensayo para el concurso convocado sobre el tema: Indicar las verdades y sentimientos que son más ne­cesarios de inculcar a los hombres para su felicidad. Ampulosa y académica, su com­posición constituye un fracaso; el jurado la estima «indigna de atención».

Sin embargo, se encuentran en ella variaciones sobre te­mas que serán fundamentales en el inme­diato desarrollo de la personalidad del corso. Por ejemplo: «La energía es la vida del alma, como el principal resorte de la razón».

No habiendo conseguido encontrar un pues­to, ni en su isla ni en la Academia de Lyon, intentará incorporarse en la política del Terror, en 1793, con un pequeño «pamphlet» inteligente en el fondo y moderado en la forma, Le souper de Beaucaire, en el que, en nombre de la unidad nacional y de la situación real de las fuerzas militares, pretende demostrar la inanidad de las su­blevaciones locales.

El conjunto revela una gran prudencia, incluso una repugnancia a comprometerse demasiado. Desde la ado­lescencia, se encuentra a menudo al borde de la desesperación. A los diecisiete años escribía: «¿Qué hacer en este mundo? ¿Se debe morir, no es mejor matarse?».

Y una ño después, en 1787, en Ajaccio, escribía narraciones muy tenebrosas. En una de ellas, Le masque prophète, evoca al agita­dor Hackem que, en Bagdad, adopta una máscara de plata para ocultar su rostro deformado por las heridas y la ceguera, y cuando se ve cercado, envenena a sus par­tidarios y se arroja al foso en donde ha co­locado los cadáveres de éstos.

Después del Thermidor, Bonaparte estuvo de nuevo a punto de renunciar a la vida. El 12 de agosto de 1795 escribía a su hermano: «Si las cosas siguen así, amigo mío, acabaré por no apar­tarme cuando pase un coche».

Lo que ha visto en París le ha irritado : «Todo el mundo busca su propio interés y pretende subir a fuerza de horrores y de calumnias: hoy se intriga de un modo tan bajo como jamás se ha hecho. Todo esto destruye la ambi­ción».

Por lo demás, tres años después pen­só retirarse a la vida privada con una pro­piedad y una mujer (Desirée Clary). Pero, al mismo tiempo, se había producido su exclusión de la lista de generales. De este período infeliz debe ser la asombrosa novela corta Clisson et Eugénie, cuyo texto ínte­gro no se ha publicado hasta 1955.

En un momento de completo fracaso, Bonaparte se idea­liza en un personaje afortunado, Clisson, que — como escribe él — «había nacido para la guerra…» La fortuna secundó constante­mente su genio. Sus victorias se sucedían una tras otra y su nombre era conocido del pueblo como uno de sus más caros defen­sores».

Al fin, Clisson descubre la natura­leza, se enamora de Eugenia, tiene hijos, y marcha a vivir en una propiedad campestre. Pero un día se ve obligado a tomar de nue­vo el mando de los ejércitos en guerra y su mujer lo engaña: él se arroja entonces «con la cabeza baja en el combate» y muere «atravesado por mil balas».

El soñar des­pierto (que llega hasta lo fantástico) ocu­pará siempre un puesto en su vida, como una distensión que le permite la recupera­ción de sus fuerzas intelectuales. Con esta imaginación, unida a una inteligencia ágil y amplia, sabrá dirigir de un modo admi­rable su propaganda, ya a través de los diarios franceses en Italia, durante la cam­paña militar, ya en París a través del Moni­teur, o, en fin, en Santa Elena, por medio de lo que dicta a Les Cases y a los genera­les que le rodean.

Con este propósito, no vacilará en reconsiderar y corregir su pro­pio pasado. Por ejemplo, parece que su fa­mosa proclama: «Soldados, estáis desnu­dos…» (v. Proclamas y memoriales) sólo haya sido compuesta en el barco que lo conducía a Santa Elena. No contento con operar sobre la Historia, sabía dar de ella una imagen viva y animada.

A. Olivier

Charles-Louis-Napoléon Bonaparte

Nació el 20 de abril de 1808 en París, en el castillo de las Tullerías, y murió el 9 de enero de 1873 en Chislehurst, cerca de Londres.

Hijo de Luis Bonaparte, rey de Holanda, y de Hortensia Eugenia de Beauharnais, después de la separación de sus padres vivió desde 1815 con su madre y hermanos en Arenenberg, junto al lago de Constanza.

Hizo sus primeros estudios en Augsburgo y frecuentó la escuela de Artillería de Thun. A pesar de su carácter irresoluto y teme­roso, su madre supo infundirle el senti­miento de una misión; pero sólo acertó a oponer proyectos y conjuras al codiciado paralelismo con la vida de su gran tío y a sus fulgurantes realizaciones.

Después de haber participado en los motines de Ro- maña (1831), intentó sublevar la guarni­ción de Estrasburgo (1836); el fracaso del golpe le obligó a buscar refugio en Norte­américa. Por aquel entonces, además del Manuel d’artillerie, había compuesto dos obras breves: Rêveries politiques y Consi­dérations politiques et militaires sur la Suis­se, en las que por primera vez se esbozan sus ideas sobre la función francesa y euro­pea de la familia napoleónica: libertad, feli­cidad de los pueblos y autoridad en singular aleación.

El mismo pensamiento encontra­rá un más amplio desarrollo en Idées napo­léoniennes (1839). Vuelto ya de su destierro por la muerte de su madre, había sido pu­blicada una Rélation des événements de 1836 con el nombre de Armand Laity; pero debida en gran parte a la pluma de Luis- Napoleón. Una segunda tentativa de suble­var el ejército en Boulogne, en 1840, ter­minó de un modo tan mezquino que sólo la condena a muerte salvó a Napoléon del ridículo.

Recluido en el fuerte de Ham, mantuvo activa correspondencia con el propósito de conseguir la unión de bonapartistas y re­publicanos y expuso los progresos de su pensamiento en diarios de provincia. Com­piló memorias sobre el pauperismo, sobre la corriente eléctrica, el azúcar de remola­cha y el canal de Nicaragua. En 1846 logró huir del fuerte y se refugió en Londres.

En 1848 le fue permitido volver a su patria, donde fue elegido diputado y luego presi­dente de la República. Con el golpe de es­tado de 2 de diciembre de 1851, que empujó a la oposición a hombres como Víctor Hugo y Montalembert, pareció Napoléon  realizar sus ambiciones sentándose en el trono impe­rial.

El 29 de enero de 1853 contrajo matri­monio con la española condesa Eugenia de Montijo, que bien pronto adquirió gran as­cendiente sobre Napoléon.Eugenia, después del nacimiento de su hijo, se hizo nombrar regente, supo conciliarse la simpatía de in­telectuales y artistas, especialmente de Merimée, Sainte-Beuve, etc., y no tardó en convertirse en árbitro de la política fran­cesa.

Por inspiración suya trató Napoléon  de con­ciliar las «ideas napoleónicas» con los pro­yectos económicos, enviando tropas a Crimea (1854-56), a Italia (1859) y a México (1862). En el interior, después del período de os­tentación autoritaria, concedió en 1860 al­gunas libertades, incrementadas después de 1867, hasta la derrota de Sedan (1870). Ha­bía escrito una Historia de Julio César (v.), publicada entre 1865 y 1866.

S. Morando

Louis-Gabriel-Ambroise de Bonald

Nació el 2 de octubre de 1754 en Molhac y murió en Lyon el 23 de noviembre de 1840. De familia aristocrática, hostil a la Revolución francesa, fue emigrado político en Alema­nia, donde vivió pobremente.

En Constan­za, en 1786, publicó su primera obra, Teo­ría del poder político y religioso en la sociedad civil (v.), en la que pone de ma­nifiesto su tendencia tradicionalista religio­sa. Sostiene el principio de que toda forma social actual deriva de una anterior, de la que es continuación. Vuelto a Francia en 1797, con el nombre de Saint-Séverin, puso su esperanza en el Napoleón antirrevolucionario; por influencia de éste fue tachado de la lista de los emigrados.

Es de este pe­ríodo (1802) la publicación de La legisla­ción primitiva (v.), precedida, un año antes, de El divorcio considerado en el siglo XIX (v.). En 1808, un amigo suyo, Fontanes, con­siguió que se le nombrara consejero titular de la Universidad, y continuó en tal cargo hasta 1814.

El desarrollo del poderío de Napoleón frustró sus esperanzas, a causa del endurecimiento de la lucha entre la Iglesia y el Imperio. Caído Napoleón, se opuso a la Carta de Luis XVIII: propugnó, con Chateaubriand (v.) y Lamennais (v.), la causa del absolutismo en las páginas del Conservateur; después de la supresión de este periódico fundó, con Lamennais, Le Déjenseur.

Fue miembro de la Academia francesa en 1810 y diputado del Aveyron en 1815 y en 1816. Par de Francia en 1823, renunció a este grado después de la revo­lución de 1830. En 1827 publicó la Demostración filosófica del principio constitutivo de las sociedades (v.). Amigo de Mme. Récamier, fue asiduo de su salón.

En tomo a su nombre se reunieron varias tendencias misterosóficas europeas de notable importancia: influyó sobre Enfantin y sobre los sansimonianos por el aspecto palingenésico de sus escritos. Es, juntamente con J. de Maistre (v.), el adalid del tradicionalismo, no exen­to, sin embargo, de ciertos fermentos nue­vos, dignos de ser tenidos en cuenta en la historia de la evolución de los valores sociales.

G. Santonastaso