Mikes, József Lévay

Célebre elegía del poeta húngaro József Lévay (1825-1918) sobre Kelemen Mikes, autor de las Cartas de Turquía (v.). El poeta, como reviviéndolos, nos hace sentir los sufrimientos y la nostalgia del desterrado abandonado a sí mismo. Mikes ha quedado como el último de los desterra­dos y tiene ante los ojos la visión de su patria; pero cuando va a aproximarse a ella es retenido por el brazo de la Libertad. Piensa en el príncipe difunto (Rákóczi), cuya sombra todavía aletea en torno. Se siente como un árbol solitario, sobre el que centellea el rayo y ruge la tempestad, pero que al menos puede vivir al aire libre. La inmensa popularidad de esta poesía señala el. interés del público húngaro, después de la guerra de independencia de 1848-1849, por cuanto se refería a Rákóczi y a sus fieles Kuruc.

M. Benedek

Miguel Strogoff, Jules Verne

[Michel Strogoff]. Novela de aventuras de Jules Verne (1828- 1905), publicada en París en 1876. El pro­tagonista, Miguel Strogoff (v.), es un ca­pitán de los correos del Zar encargado de llevar un importante mensaje a la lejana ciudad de Irkutsk, cuya guarnición está amenazada por una revuelta de hordas tár­taras soliviantadas por un tal Iván Ogareff, ex oficial del Zar, que quiere de ese modo vengarse de la degradación que ha sufrido. Entre todas las extraordinarias peripecias que Miguel Strogoff pasa en su accidentado viaje a través de las inmensas extensiones de Rusia y Siberia, y en su lucha con Iván Ogareff, hay páginas de violento dramatis­mo : el cegamiento — por fortuna no con­seguido — del protagonista que, capturado por Iván, a duras penas logra escapar a la muerte, y el final del rebelde que había tratado de hacerse pasar por correo del Zar para lograr sus planes.

Domina toda la aventura la figura del correo imperial, per­sonificación del valor más temerario y de la devoción más absoluta. La aventura es narrada con gran habilidad y un singular efectismo que, hasta la feliz conclusión, conserva todo el interés, avivado por la sugestión del ambiente casi bárbaro. De esta novela, Verne, en colaboración con Dennery, extrajo un drama del mismo nom­bre que se representó en 1880. La obra ha pasado también al cine. [Trad. española anónima (Madrid, s. a.), y de Manuel Rossell Resant (Barcelona, s. a.)].

A. Fabietti

Mi Hermano Yves, Pierre Loti

[Mon frère Yves]. Novela de Pierre Loti (Julien Viaud, 1850- 1923), publicada en París en 1883, en la que se narra la historia de Yves Kermadec, un humilde marinero breton a quien el autor, oficial de la marina francesa, se dispuso a proteger y aconsejar, habiendo llegado, durante largos meses de conviven­cia a bordo, a apreciar su alma delicada y valerosa, así como su corazón ingenuo y bueno, y a perdonarle las faltas que algu­nas veces, arrastrado por el vicio de la bebida, llegaba a cometer. En la vida de Yves está representada la de todos los ma­rineros, con sus heroísmos, sus nostalgias, sus peligros y la disciplina que hermana a superiores e inferiores. El afecto fraternal que liga al superior con el humilde gavie­ro, la promesa hecha a la madre de Yves de proteger a su hijo de todos los peligros, especialmente de los que le pudieran ocu­rrir debido a su mismo carácter indisci­plinado, la vuelta del fiel marinero al puer­to tranquilo de una vida honrada en medio de una familia feliz, forman la sencilla his­toria que Pierre Loti nos narra con sobrie­dad y eficacia.

L. Giacometti

Miguel Kohlhaas, Heinrich von Kleist

[Michael Kohlhaas]. Es la más amplia e intensa de las Narraciones (v.) de Heinrich von Kleist (1777-1811), y una de las más interesantes y técnicamente perfectas de la épica ale­mana. Apareció en 1808. La «vieja crónica» de la que está tomado el personaje histó­rico, transformado luego por Kleist, es el Mikrochronologikum de Peter Hafftiz, de la segunda mitad del siglo XVI.

Miguel Kohlhaas es un rico tratante en caballos, un rebelde en nombre de la justicia, del tipo de Karl Moor (v.) de los Bandidos (v.) pero con un carácter de firmeza infle­xiblemente prusiana. Un señor sajón, Wenzel von Tronka, le quita arbitrariamente dos caballos y se los arruina, maltratando incluso a su fiel servidor; Kohlhaas, exa­minados concienzudamente los hechos, entabla querella ante el tribunal sajón que, gracias a los altos apoyos del noble señor, la rechaza; entonces envía a su mujer a llevar una petición al príncipe elector de Brandeburgo, pero vuelve tan maltratada por los guardias, que muere al poco tiem­po. Kohlhaas, indignado, decide tomarse la justicia por su mano; al frente de un gru­po de bandoleros asalta el castillo del se­ñor de Tronka y ataca abiertamente a su ofensor, sembrando por doquier la destruc­ción.

Por intercesión de Martín Lutero (la escena nocturna en que Miguel va a su encuentro es de las mejor logradas), el príncipe elector de Sajonia le invita a Dresde para reanudar su proceso, asegurándole la libertad personal. El proceso se resuelve a su favor: sus caballos han de serle restitituidos en sus condiciones primitivas; pero sus enemigos consiguen hacerle arrestar, contra la palabra dada por el príncipe, por los crímenes de sus ex compañeros. Entre­tanto, el príncipe de Brandeburgo recla­ma a Miguel como súbdito suyo para juz­garlo en Berlín. Durante el trayecto encuentra al príncipe de Sajonia, quien le promete libertad y justicia con tal que le ceda un medallón que le dio una vieja gitana y que contiene una profecía sobre el porvenir de la dinastía sajona. Pero Kohlhaas, que ha jurado venganza por la falta a la palabra dada, no quiere ceder; y cuando, tras la intervención del propio emperador, es condenado a muerte como violador de la paz pública, acepta la con­dena sin rebelarse porque ha vencido en su proceso privado contra el injusto opre­sor: ante el patíbulo encuentra sus caba­llos restituidos y bien alimentados.

Advir­tiendo entre los espectadores al príncipe sajón, Miguel abre el medallón que lleva al cuello y se traga la profecía: el príncipe cae al suelo, mientras él muere satisfecho de que venganza y justicia se hayan lle­vado a cabo. Por amor a la justicia se hizo criminal, y es justo que expíe las culpas cometidas por el triunfo de la misma. El desarrollo de la narración está conducido con una lógica pesimista pero rigurosa, apo­yada por un singular arte narrativo, obje­tivo y eficaz, incluso en el idioma, sobrio y vigoroso como el de Lutero, al que vo­luntariamente se aproxima. [Trad. catalana por E. M. Ferrando (Barcelona, 1921)].

C. Baseggio-E. Rosenfeld

Miguel Ángel, Carl Justi

[Michelangelo]. Obra del historiador alemán Carl Justi (1832- 1912), publicada en Leipzig en 1900. Es fru­to de una larga meditación sobre el arte de Miguel Ángel, iniciada con estudios en 1861 y continuada sobre todo durante la estancia del autor en Roma, de 1867 a 1869.

Hasta más tarde no tomó forma de trilogía biograficocrítica, cuyas tres partes — la bó­veda de la Sixtina, la tragedia del sepulcro (de Julio II) y los modos figurativos — están entre sí, como declara el mismo autor, en la mutua relación de espíritu, destino y ma­teria. O sea, en la bóveda de la Sixtina el autor ve la libre expresión del espíritu de Miguel Ángel, el «estilo heroico» conquis­tado recorriendo conscientemente el camino del arte clásico, único maestro del artista. En la «tragedia» del sepulcro sigue, en cambio, la evolución posterior de este es­píritu, que para expresarse lucha no tanto contra las adversidades exteriores como contra su propia ineluctable ley de desarro­llo, por la cual cada momento creador es a la vez superación y casi contradicción del anterior, haciendo imposible la realización de todo proyecto establecido desde mucho tiempo antes.

En los «modos figurativos», por fin, indaga los motivos esenciales de esta evolución, en la voluntad de una ex­presión plástica absoluta que los medios pictóricos no pueden satisfacer, sino que se debe conquistar y realizar dominando laboriosamente la materia, hasta la más re­belde, como el mármol. Titánica labor que absorbe toda la energía física y espiritual del artista, y para la que no basta la du­ración misma de la vida humana. Por esos motivos Miguel Ángel no pudo llevar a cabo precisamente lo que más deseaba: la tumba papal y. la fachada de San Lo­renzo. Se nota que, en esa obra, el au­tor no se plantea sólo un problema históricoartístico, sino también, románticamente —como ya hiciera en sus obras sobre Winckelmann y Velázquez (v. Diego Velaz­quez y su siglo) —, todo el problema del genio, que siente como vínculo toda deter­minación humana y está por tanto conde­nado a un destino que tiene la trágica inexorabilidad de los grandes acontecimien­tos de la naturaleza. No hay ejemplo me­jor que el de Miguel Ángel, cuya vida hu­mana estuvo íntimamente fundida con su destino de artista, hasta anularse en él.

Un tema semejante podía fácilmente res­balar hacia la novela, si el autor no hubie­ra tenido presente el freno de su conciencia de historiador, que le hace pesar con ex­cepcional lucidez y sentido de correlación los hechos, tanto psicológicos como cultu­rales e históricos, orientándose seguramen­te en gran número de documentos, y to­mando posición frente a los resultados de la crítica anterior. De acuerdo con las más recientes tendencias historicoartísticas, po­dríamos lamentar que en esta obra los he­chos plásticos queden a menudo relegados a segundo plano, y que la misma creación parezca ser a veces tan sólo el documento de una experiencia espiritual que la tras­ciende. Sin embargo, la figura de Miguel Ángel está reconstruida de una manera po­derosa, y ciertos hechos que se refieren a su labor de artista, como especialmente los relativos a la tumba de Julio II, reciben una explicación definitiva, lo cual hace de este estudio un hito fundamental en la his­toria de la crítica del genial artista.

L. Becherucci