Esta Misa, cuyo tiempo de ejecución no excede de los treinta y cinco minutos, fue compuesta por Franz Schubert (1797-1828) a la edad de dieciocho años y en el espacio de seis días (del 2 al 7 de marzo de 1815). Es, en el orden cronológico, la segunda de sus seis Misas, las más conocidas de las cuales son la Misa en lá bemol y la Misa en mi bemol. Dado el corto tiempo de su ejecución, las diferentes piezas litúrgicas reunidas en la Misa en sol forman fragmentos completos, sin variaciones. Dos «Kyries» silábicos sirven de soporte al «Christus», en el que interviene el soprano solo, mientras el coro borda sobre la palabra «eleison». Continúa un «Gloria» de escritura fresca y vigorosa, seguido de un «Domine Deus» y de un «Miserere», penetrados de una acusada intención dramática. El «Credo», y luego el «Resurrexit», se afirman más por la alegría y plenitud de sentimientos que expresan que por los medios de orquestación empleados en la obra. El «Sanctus», vigoroso, cuyo ritmo está fuertemente señalado por los contrabajos, cede paso al «Hosanna», en el que se indica una fuga a la que sigue un «Benedictus» confiado al cuarteto solo. La Misa concluye con el «Agnus Dei», que entonan los solistas, mientras el coro subraya el fondo musical con la respuesta «Miserere nobis». Simple y desprovisto de rebuscamientos académicos, el estilo coral confiere a la Misa en sol un hálito de frescura y espontaneidad próximo a la improvisación, lo que no supone la ausencia de una construcción limpia y equilibrada del conjunto. Su estética se aleja ya de la de Mozart; pero es todavía extraña a la de Beethoven. Está señalada por las características de Schubert: gracia e invención melódica.
Mirra, Vittorio Alfieri
Tragedia de Vittorio Alfieri (1749- 1803). Ideada en 1784 y publicada en 1789, Mirra (dedicada por el poeta a su mujer, la condesa de Alhany) es la última gran página de poesía de Alfieri, distinta en muchos aspectos de sus demás tragedias.
El asunto fue sugerido por el relato que en las Metamorfosis (v.) de Ovidio se lee del amor de Mirra (v.) por su padre Ciniro; pero Alfieri hizo algo completamente nuevo y personal. Mirra es una muchacha que, en el primer afecto que asume para ella apariencia de amor, descubre la impureza y la culpa, y no sabe liberarse de aquella culpa oponiendo a dicho amor otro amor, olvidando el sueño pecaminoso en la vida activa de cada día, sino que, aun sin consentir en nada y rechazándolo siempre horrorizada, se siente como obsesionada hasta que encuentra, no salvación, sino refugio en la muerte. Por eso su tragedia no es una tragedia de los sentidos sino del alma. Una tragedia que se desarrolla por entero en la intimidad de la protagonista, carente, en su debilidad de muchacha, de toda posibilidad de consuelo: sola como ningún otro personaje de Alfieri, porque a ninguno de cuantos le rodean puede pedirles ayuda para superar la insuperable prueba.
A su alrededor están los familiares, un mundillo idílico, del que se siente siempre alejada: su padre Ciniro, rey de Chipre; su madre, Cencreis; Pereo, su prometido; la nodriza, Euriclea, que sólo tienen para ella palabras de afecto, y todos se le aproximan para consolar su inexplicable y fatal tristeza y a los que sólo puede oponer explicaciones nuevas cada día, para ocultar su horrible secreto, para rehuir su afecto vigilante, La acción de la tragedia consiste precisamente en la vana defensa de Mirra, cuyo drama se agotaría en un solo grito de horror, si no se viese obligada por las insistencias de sus familiares a justificar de algún modo su tristeza, a tratar de complacer sus deseos, y si en dichos esfuerzos no dejase aparecer, cada vez más claramente, la desolación de su alma hasta la terrible revelación a la que sólo puede seguir el suicidio. Desde el primer acto, en que los familiares hablan de la enfermedad inexplicable que se ha apoderado de Mirra y se preguntan las razones, hasta los siguientes, en los que vemos a Mirra ante su nodriza, su novio, sus padres, dócil y rebelde al mismo tiempo, y seguimos los contrastantes movimientos del alma, hasta acabar consintiendo en sus bodas con Pe- reo, esperando de ellas la ansiada liberación, la tragedia, singularmente analítica y, sin embargo, nunca detenida, se desarrolla con progresión fatal.
Encuentra su culminación en el cuarto acto, cuando, durante la ceremonia nupcial, Mirra inesperadamente se rebela e impreca contra las odiadas bodas y luego, a solas con su madre, pronuncia contra ella obscuras palabras de odio; y se resuelve en el último acto, cuando, por primera vez sola ante su padre, se ve obligada, después de una desesperada defensa, a dejarse arrancar el terrible secreto, que revela con palabras en apariencia inocentes («Oh! madre mia felice!… almen conceso / A lei sará di moriré… al tuo fianco» [«¡Oh, madre feliz!… Por lo menos / le será concedido morir… a tu lado»]) y luego se arroja sobre la espada de él y se mata. Pero no es el suicidio heroico de otros personajes de Alfieri; abandonada por los padres horrorizados, Mirra muere con el lamento de que también su muerte será inútil e inútil su obstinada y heroica defensa, dirigiendo a su nodriza, inclinada sobre ella con gesto de muda compasión, las últimas y desconsoladas palabras: «Quand’io… tel chiesi… / Darmi… allora… Euriclea, do ve vi il ferro… / lo moriva innocente… empia… ora… muoio» («Cuando… te lo pedí… / Tenías… entonces … que darme, Euriclea, el hierro… / Moría inocente… impía… ahora… muero»).
En el gesto compasivo de Euriclea y en la lamentación suprema de Mirra parece resumirse el espíritu de la tragedia, donde el pesimismo alfieriano se hace más profundo y más íntimo y al mismo tiempo más implícita la compasión del poeta por su criatura, su heroína más débil y desgraciada. Mirra, su última gran página, parece por ello terminar, con acentos delicadísimos y en parte nuevos, la obra poética del escritor; erróneamente se la quiso comparar, durante el siglo pasado (e hizo justicia de la comparación De Sanctis), con Fedra (v.) de Racine, que nació de un temperamento espiritual completamente distinto y que es la historia poética de una pasión culpable completamente desplegada en su infinita gama de efectos contrastantes.
M. Fubini
Una tragedia mímica en la que el gesto tiene más valor que la palabra. (De Sanctis)
Mirgorod, Nikolaj Vasil’evic Gogol
Bajo este título están recogidos cuatro cuentos del escritor ruso Nikolaj Vasil’evic Gogol (1809-1852), publicados en 1835 y que constituyen, como el mismo autor advierte, la continuación de las Veladas en la finca de Dicanca (v.). En éstos no se encuentra ya la delicada poesía de la primera juventud que caracteriza a las Veladas; el escritor ha perdido el ingenuo optimismo de antaño y para encontrar nueva materia de inspiración prefiere dirigirse al pasado, rico en leyendas, de su tierra natal, Ucrania. Mirgorod es una ciudad pequeñísima cerca del río Chorol. «Tiene una fábrica de cuerdas, un horno de ladrillos, cuatro molinos de agua y cuarenta y cinco de viento», dice una acotación que encabeza la primera página del libro; y bajo la égida de Mirgorod quiso colocar Gogol sus cuentos.
El primero, «Propietarios de viejo cuño», narra la historia de dos ancianos cónyuges que, aun viéndose expoliados por el administrador y los campesinos, viven tranquila y serenamente, él comiendo y bebiendo todo el día, y ella encontrando su felicidad en la satisfacción del menor deseo de su marido. Pero la ancianita muere y el marido la sigue después de cinco años transcurridos en continuo recuerdo de ella. Este sencillo asunto está narrado por Gogol con arte fino y delicado, rico en profundos matices psicológicos. «Vij» es, en cambio, una leyenda popular que, dice Gogol, «no he alterado en nada y cuento con la misma sencillez con que la he oído». Un estudiante de filosofía se deja hechizar por una anciana bruja que hace de él su cabalgadura; el estudiante, a su vez, con conjuros, vence a la bruja y, transformándola en caballo, la hace galopar durante tanto tiempo que, agotada, muere al cabo de poco tiempo. La bruja resulta ser más tarde una hermosísima joven, hija de un jefe, cosaco. Al morir ordena que su féretro sea velado por el estudiante.
Durante las tres noches de vela ocurren los prodigios más extraños y horribles. Al fin de la tercera noche, llega Vij en persona, el jefe de los gnomos, cuyos ojos tienen horribles párpados que llegan hasta el suelo. El estudiante muere de miedo. En «Cómo riñeron Ivan Ivanovic e Ivan Nikiforovič» son presentados dos viejos amigos, el primero de los cuales se niega a regalar un fusil al segundo; de ahí una injuria y un proceso que se arrastra durante diez años sin llegar a otra conclusión que la gradual amargura y enfurecimiento del ánimo de ambos. El último cuento (v. Taras Bulba) está unánimemente reconocido como una de las obras maestras de Gogol y ha sido traducido a todos los idiomas. Se narran, la vida y las campañas de un jefe cosaco que del odio contra los polacos hace su religión, y acaba quemado vivo por ellos. Si en los «Propietarios» y en «Cómo riñeron» se afirma la «sonrisa entre lágrimas» que caracterizó el arte del autor del Inspector (v.) y de Almas muertas (v.) y en que el espíritu ruso da un tono particular a la actitud artística de inspiración occidental, «Vij» y «Taras Bulba» son la franca reproducción de una inspiración rusa que, durante el siglo XIX, quizá no volvió a conseguir expresarse con igual autenticidad. No sólo el asunto, sino las mismas formas de la narración se separan de la tradición narrativa francesa, manteniendo en la irregular sucesión de motivos una unidad que es más bien de ambiente evocado que de estructura y que aproxima ambos cuentos a las más antiguas y genuinas expresiones de la narrativa popular rusa. [Trad. española por Irene Tchernowa en Obras completas (Madrid, 1951)].
G. Kraisky
La Misa del Ateo, Honoré de Balzac
[La messe de l’athée]. Uno de los más breves y conmovedores cuentos de Honoré de Balzac (1799- 1850), publicado en 1836.
Junto al gran cirujano Desplein, hombre férreo, reservado y frío, lleno de contradicciones, cruel y generoso al mismo tiempo, soberbio despreciador de los hombres, pero no privado de mezquinas’ vanidades, vive su discípulo predilecto, Horacio Bianchon, joven pobre, alegre y leal, que pronto llega a ser amigo y confidente del maestro. Desplein es ateo con el violento fanatismo de un hombre que cree sólo en la ciencia. Grande es, pues, el asombro del fiel Bianchon cuando ve a su maestro oír devota y secretamente una misa en San Sulpicio, y acaba por descubrir que acude cuatro veces al año a esa misa «fundada» por él mismo. Entonces se entera por él de la historia de su lejana juventud: la terrible lucha que había sostenido durante muchos años contra la miseria, aunque dominado por una violenta seguridad de estar destinado a grandes cosas. Cuando estaba casi a punto de morir de fatigas y de penas y no podía efectuar sus exámenes por falta de dinero, había encontrado milagrosamente un amigo y un protector en la persona de un vecino suyo auvemés, aguador, anciano y solo en el mundo, que había sabido adivinar su tragedia, admirar su valor y compartir sus esperanzas.
Aquel buen hombre había terminado por tener casa común con el estudiante: había sido un segundo padre para él durante muchos años, sacrificándole sin vacilar sus ahorros y gozando con sus primeros éxitos, y había muerto sin haber podido disfrutar apenas del filial reconocimiento de Desplein y de la alegría de ver coronada su propia misión. La misa de San Sulpicio era para Desplein el último homenaje que rendía a la memoria de su viejo amigo, alma devotamente religiosa. La misma rapidez de la narración concurre a la singular potencia de su efecto, y salva al estilo de Balzac, como siempre nervioso y ardiente, de las excesivas superestructuras ideológicas a que a menudo se entrega en sus obras de mayor alcance. [Trad. española de Joaquín García Breco (Barcelona, s. a.)].
M. Bonfantini
Mireya, Frédéric Mistral
[Miréio]. Título del gran poema narrativo del poeta provenzal Frédéric Mistral (1830-1914) que, publicado en Aviñón en 1859, fue reconocido pronto como la obra más significativa del renacimiento poético del Felibrismo (v.) y como una de las obras maestras de la literatura europea del siglo XIX. El poema consta de doce cantos, en estrofas de siete versos; algo entre la «laisse» de los poemas épicos medievales, como el Cantar de Roldán (v.), y la balada histórica romántica.
Vicente es el joven hijo de un cestero, y cestero él mismo, pobre y vagabundo, pero apuesto, apasionado y elocuente, valeroso y sagaz como un héroe adolescente. Huésped una noche con su padre, el artesano Ambrosio, en la granja de las Almezas, sus relatos conquistan la admiración de la hija del dueño, Mireya (v.), muchacha en la flor de su belleza. Desde entonces Vicente aparece frecuentemente en la finca, y el amor de los dos jóvenes aumenta y se acompaña naturalmente de las alegres labores del campo, cuando la juventud se reúne para deshojar las moreras para los gusanos de seda o para arrancar los capullos de seda. Por Vicente, Mireya rechaza « a tres ricos pretendientes: Hilario, el dueño de numerosos rebaños; Verán, el ganadero de caballos, y el terrible Elzear, mayoral, domador de toros. Este último se encuentra con el muchacho, tiene lugar una terrible riña y, derrotado, le hiere a traición; pero mientras huye, los espíritus se adueñan de él y se ahoga en el Ródano. Vicente, casi moribundo, es llevado a la finca, y desde entonces Mireya se siente vinculada de un modo indisoluble a él.
Ella le acompaña, para que cure, a una hechicera en las entrañas de la montaña. Por fin el joven se atreve a enviar su padre al soberbio don Ramón para pedirle la mano de su hija; pero el pobre viejo Ambrosio ‘ es echado de muy mala manera. Mireya trata vanamente de obedecer a su padre; vuelve a ver a Vicente en la vendimia, en la Crau, y comprende que su destino ahora ya está todo en su amor. Decide abandonar su casa a escondidas y partir sola, a pie, en romería para el Santuario de las Tres Santas (o de las tres\ Marías, en la Camarga, en la desembocadura del Ródano) para pedirles consejo y ayuda. Durante el viaje la daña el sol demasiado ardiente, la oprime la angustia y la aplasta la fatiga: llega a las Tres Santas muriendo, y en el Santuario expira, entre el llanto de Vicente y de sus parientes, desesperados, que la han alcanzado, y los cantos de fe de los romeros. La historia se desenvuelve naturalmente en una serie de episodios, de delicadas escenas de idilio y de grandes cuadros corales, muchos de los cuales se han hecho célebres. El poema es una felicísima fusión de aquella sublimación^ de los sentimientos, de aquella exaltación de la fatalidad de las pasiones que fue propia del gran Romanticismo, con el sentido de la vida más simplemente realista y más poderosamente campesina que Mistral encontró como intérprete de su tierra; y toda su poesía está en este apasionado amor hacia los seres humanos, hacia sus obras y hacia sus sueños, hacia los árboles, las aguas y el cielo de Provenza, en una visión intensa que se levanta naturalmente, por su gigantesca altura, en una atmósfera de eternidad.
Mireya fue saludada por Lamartine (v. Curso familiar de literatura) con unas palabras que anunciaban el nacimiento de un gran poeta épico, y que recordaban de una manera romántica la continuidad de la antigua civilización mediterránea. El mismo Mistral, por otro lado, declara en los primeros versos de su obra que no es más que «un muy humilde discípulo del gran Homero», y aquel prestigioso nombre no ha parecido inoportuno a la posteridad. [Trad. en prosa castellana de C. Barallat, Madrid, 1863, reeditada varias veces, la última en Barcelona, 1954; por’ Lorenzo Riber, Barcelona, 1919, y catalana en verso por M. A. Salva, Barcelona, 1917].
M. Bonfantini
La idea-madre, el encabezamiento y el fondo de Miréio, no es una historia de amor, ni el amor de la historia de amor, como en Feúra y en Manon Lescaut: es la voluntad de llamar a la vida poética a su pueblo de Maülane, de Saint-Remy y de Arles. (Thibaudet)
