Nahum

[Nahūm; (el consolador)]. Libro del Antiguo Testamento (v. Biblia) atribuido a Nahum, galileo, seguramente contemporáneo de Jeremías (siglos VII-VI a. de C.). El tema de su profecía está tratado en tres poemas correspondientes a los tres capítulos del libro. En el primero (I, 1-15), el autor anuncia el juicio de Dios contra Nínive; en el segundo (II, 1-13) se describen la toma y  la destrucción de la ciudad; en el tercero (III, 1-19) aparece la causa de su ruina y se afirma que ésta es irreparable.

En cuanto a la composición y el estilo, Nahum no es inferior a ningún otro profeta, y hasta sobresale sobre muchos por la viveza y dramatismo de la descrip­ción. Sus pinturas son vivas y de gran relieve. Son magníficos el exordio y el capítulo final, por la genialidad de las ideas y la fuerza de las expresiones. Nadie hizo nunca objeciones sobre la autenticidad del libro, a excepción del primer capítulo, que algunos críticos han considerado apócrifo.

G. Boson

Nada y Géneros Afines, Hilaire Belloc

[On nothing and kindred subjects]. Colección de ensa­yos de Hilaire Belloc (1870-1953), escritor inglés de padre francés, economista, crítico, militar, historiador, poeta, humorista, autor de ensayos de gran reputación y de obras como La condición esclava y Los cuatro hombres.

Fue publicado en Londres en 1908 y es uno de los libros que valieron a Belloc la fama de incomparable ensayista. Es sa­bido que el ensayo es una de las formas literarias predilectas de los anglosajones, el cual, con la pequeña moraleja, con el co­mentario de los sucesos del día, y con las normas de elegancia, alimentaron e hicie­ron próspero en tiempos de Addison el naciente periodismo.

Nada y géneros afines está constituido por breves fantasías, esbo­zos, divagaciones, sutilezas. Las notas son a veces extremadamente tenues, como se desprende de los títulos: «Acerca de cómo hacerse respetar en las posadas», «De las ventajas del ferrocarril», «Sobre los sufri­mientos de los ricos», y así por el estilo; por otra parte aparecen desarrollados en un suave tono polémico y con un humoris­mo casi inocente. Pero en ellas, más que en sus obras de mayor importancia, apa­recen las cualidades del estilo de Belloc, la lucidez, el ritmo vigoroso, desenvuelto, lejos de los góticos períodos de la vieja prosa inglesa.

Por lo que al contenido se refiere, podemos afirmar que las páginas que proporcionan mayor placer son aqué­llas sobre la cortés sátira social (cfr. el ca­pítulo sobre los «Lords» y el de «La muerte de un niño») y aquellas en las que, según costumbre del autor, aparecen intercalados versos burlescos.

M. L. Astaldi

Nadežda Nikolaevna, Vsevolod Michajlovič Garšin

Cuento del ruso Vsevolod Michajlovič Garsin (1855- 1888), publicado en 1885. Es una de las obras más conocidas de este autor, ator­mentado por problemas filosóficos y socíales que habían de conducirle al suici­dio.

Nadežda Nikolaevna es la continuación de otro cuento menos logrado: Aconteci­miento [Proišestvie], en el que Garšin na­rra el amor desgraciado que conduce a la miseria y a la prostitución a una joven de buena familia. En el nuevo cuento, tres años más tarde, dicha joven — Nadežda Nikolaevna — está a punto de volver a en­contrar el amor y una existencia sana y tranquila con la ayuda de Lopatin, un pin­tor joven y rico lleno de talento. Pero todo acaba trágicamente.

Besonov, otro pintor, que tuvo relaciones con Nadežda Ni­kolaevna y no hizo nada para que cambiase de vida, envidia el amor que ha sur­gido entre la mujer y Lopatin; su antigua pasión renace y, furioso de celos, mata a la mujer y al colega; pero queda a su vez mortalmente herido en la pelea que pro­voca. Los acontecimientos están narrados, según un procedimiento predilecto de Gar­šin, a través de dos diarios que se alternan, fórmula no siempre feliz, pero salvada aquí por una profundidad psicológica y un tono lírico que recuerdan los mejores cuentos de Tolstoi.

En Nadežda Nikolaevna se en­cuentran motivos morales y sociales, como los problemas de la prostitución y de la resistencia al mal. En este último punto, Garšin no comprende todavía a Tolstoi: si llega el enemigo y mata a mujeres y niños, ¿no han de armarse los guerreros y destruirlo? Así piensa un personaje de la novela; pero la misma insistencia con que el autor vuelve sobre este problema mues­tra en él una lucha interna que sólo en los últimos tiempos de su vida (v. Señal) será superada.

G. Kraisky

El Nacimiento de la Tragedia o Helenidad y Pesimismo, Friedrich Nietzsche

[Die Geburt der Tragödie oder Griechentum und Pessimis­mus]. Es la primera obra con la que el pensador alemán Friedrich Nietzsche (1844- 1900) se presentó al público en 1872. Puede decirse que nació de los «altos coloquios» con Wagner en Triebschen, a donde Nietz­sche, entonces profesor de filosofía griega en Basilea, se trasladaba siempre que podía para breves o largas estancias.

Wagnér es­taba componiendo la música de Sigfrido; Nietzsche «reflexionaba» sobre la universalidad del problema de la tragedia griega y el pensamiento de los presocráticos. A cada encuentro en la idílica paz de la quin­ta solitaria a orillas del lago, se producía una nueva y más elevada liberación de «pensamientos en vuelo». La obra está com­pletamente invadida por la «atmósfera em­briagadora» que es característica de las grandes «tensiones espirituales». «Y es ya una de las más hermosas de Nietzsche*, quien se afirma en ella y se muestra tal cual será más tarde en sus mejores obras.

Están ya latentes, en potencia, todos sus escritos posteriores. Desde este momento en adelante estará dominado por un fervor que abarca todo lo que hay en él, redu­ciendo a cenizas o haciendo de cristal lo que no consigue soportar un calor, seme­jante» (A. Gide). El arte, dice Nietzsche, está ligado a la duplicidad de lo Apolíneo y de lo Dionisíaco. Con el término «Apo­líneo» se designa la contemplación estética de un mundo imaginado y soñado, de un mundo de hermoso aspecto como liberación del devenir; en el nombre de Dionisos, en cambio, el devenir es comprendido como voluptuosidad furiosa del creador, que al mismo tiempo siente la furia del destructor.

Ambas tendencias son «instintos artísticos de la misma naturaleza» y de su antago­nismo se desarrolló el arte griego. Para el griego, hacerse apolíneo significó dominar la propia voluntad de lo monstruoso, de lo desconocido, de lo atroz, y transformarla en una voluntad de medida. En el fondo del griego yace lo desmesurado, lo asiático; el valor del griego consiste en la lucha contra su «asiatismo». Así la teogonia olím­pica de la alegría se desarrolló por lenta transformación de la teogonia titánica del terror, en virtud del instinto apolíneo de la belleza.

En esta luz de sueño sereno ger­minan las artes plásticas y la épica, que son contemplación pura, y por tanto mesu­rada y fría, de imágenes, y que imitan con su lenguaje el mundo de la visión. En sen­tido contrario a dichas artes contemplati­vas, la música aparece como voluntad que se expresa como arte de la embriaguez; mientras, en la tragedia, al artista dionisíaco, por efecto del sueño apolíneo, se le revela su estado orgiástico en una alegó­rica imagen de ensueño. La tragedia ha nacido del coro trágico, compuesto por sáti­ros, que representa el elemento dionisíaco propiamente dicho.

El sátiro es la imagen originaria del hombre ebrio por la proxi­midad del dios; es símbolo de una exis­tencia más profunda que la del hombre de cultura, y representa, con su experiencia dionisíaca, la auténtica verdad en compa­ración con el fenómeno que pasa; de ahí nace la consolación metafísica de la tra­gedia, en el sentimiento de la eternidad del ser por encima del continuo morir ‘de las apariencias. Primero Dionisos, el dios, es el único representado en la conmoción or­giástica; luego se hace la tentativa de re­presentarlo en visiones, y así nace el drama propiamente dicho, que transformando en belleza los sufrimientos del héroe, produce la serenidad.

Hasta Eurípides, Dionisos no deja de ser el único héroe escénico, bajo los disfraces de los diversos personajes de las distintas tragedias. El germen disolven­te de la tragedia es el socratismo de Eurípides, el predecesor de la comedia ática nueva, el que llevó a la escena no ya al héroe, el hombre transfigurado por la pa­sión dionisíaca del coro que contempla en él los sufrimientos del dios, sino al ho­múnculo, en la individualidad de su sufrir cotidiano. La ley del socratismo estético es que todo ha de ser inteligible para ser bello; repugnan a Eurípides y a Sócrates, su maestro en cierto sentido, la inconmen­surabilidad del drama, la indeterminación y la pompa dionisíaca de la tragedia.

Nace con Sócrates el hombre teorético que sólo cree en la capacidad del intelecto, mediante la dialéctica, de poder llegar a las raíces del ser. Esta especie de optimismo teoréti­co, penetrando en el organismo de la tra­gedia, mina sus bases rechazando el ele­mento dionisíaco. De ahí en adelante, Nietzsche desplaza el problema de Grecia, presa del optimismo teorético decadente, y lo traslada a alemania, envenenada por el mismo espíritu. Si Kant y, sobre todo Schopenhauer, con sus doctrinas de las cosas en sí y del dolor universal, por una especie de profundo conocimiento trágico han ga­nado las primeras batallas contra aquella forma de bajo cientificismo, incumbirá al drama wagneriano el empeño de curar al pueblo alemán del extravío cuya última ex­presión en el arte es el decadente drama musical con fondo idílico.

Las dos innova­ciones decisivas del libro son: en primer lugar la comprensión del fenómeno dionisíaco entre los griegos, contra el mito, adoptado después por Winckelmann y, en tiempos más recientes, también por Hegel, de los griegos como pueblo de feliz y equi­librada juventud; en segundo lugar, la in­terpretación por la que Sócrates es consi­derado como instrumento de la disolución griega y dibujado por primera vez como decadente típico. Se presenta también, co­mo base de la obra, el principio de la «afirmación suprema», que acepta cuanto existe sin distinciones morales, que siem­pre asiente, alegre y orgullosamente, a la vida; de ahí la hostilidad a toda cultura que quiera la «racionalidad a toda costa» y la aversión tácita al Cristianismo que re­lega todo arte a una función secundaria, en obsequio a la moral.

Lo que más tarde Nietzsche desaprobó de este libro, fue ha­ber contaminado el problema estético del mundo griego, poniéndolo en relación di­recta con el arte alemán moderno y espe­cialmente con la música de Wagner; Nietz­sche se comparará precisamente a sí mis­mo en este libro, con «un bárbaro ebrio que sueña a los pies de una estatua de Venus». Y es cierto que la personalidad de Nietzsche no se ha elevado todavía del todo a la total afirmación de su propio genio solitario; el estilo, resintiéndose de cierta blandura romántica, no es todavía el her­moso estilo nietzschiano del período de su plena actividad filosófica. Pero la obra con­tinúa siendo atrevida y original tanto por la reversión, adoptada más tarde por la cultura siguiente, que introduce en el mo­do de juzgar la vida de los griegos, como por el valor juvenil y la melancolía de que está llena.

G. Alliney

El Nacimiento de la Filosofía en la Época de la Tragedia Griega, Friedrich Nietzsche

[Die Philosophie im tragischen Zeitalter der Griechen]. Obra del filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900).

Hablando con propiedad, este libro no es una obra de Nietzsche, pues su proyecto de comple­tar el Nacimiento de la tragedia (v.) con un estudio de los orígenes de la filosofía no pudo realizarse jamás. Tan sólo se trata, en la edición francesa que con este título nos ocupa, de una colección de fragmentos, notas y esbozos. Sin embargo, el pensamien­to de Nietzsche aparece con toda claridad. Bajo la influencia de Schopenhauer, intenta menos el conocer objetivamente a los filó­sofos presocráticos, que el conocerse a sí mismo y afirmarse en sus propósitos. La filosofía es, según él, la imaginación su­prema.

Se parece a la obra de arte. Es esencialmente subjetiva. Con tales ideas, Nietzsche (que trabajaba, además, antes de que Diels hubiera realizado su gran edición crítica de los presocráticos) apenas podía intentar una obra histórica, en el sentido actual de la palabra. Realiza una serie de semblanzas: Tales, Heráclito, Empédocles, Demócrito, etc. Estos pensadores aparecen como los héroes de una sabiduría pasional, nacida de la misma inspiración que el mito y la tragedia. Sócrates, por el contrario, señala el principio del racionalismo, y arruina, para mayor desgracia de la civi­lización, la doble tradición religiosa y me­tafísica.