Nirvana, Eghiscie Demirgibascian

Poesía del armenio Eghiscie Demirgibascian (1855-1907). Es uno de los raros ejemplos de lírica armenia en que se insertan motivos filosóficos y metafísicos, de origen lejano y distinto, junto a los ro­mánticos y sentimentales.

Constantemente empeñado en superar las premisas carte­sianas del mundo racional y, con todo, apa­sionado seguidor de Littré y Voltaire, Demirgibascian trató de conciliar la doctrina de Buda con el cristianismo oriental y con el escepticismo europeo de fines del si­glo XIX. Nirvana, que quiere aludir a la anulación de la personalidad en el caos ideal al que tiende en su continua evolución incluso la materia, encierra su filo­sofía particular y lo más triste y atormen­tado que vivía en el fondo de su alma. Con un estilo basado en la sugestión de la pa­labra a través de ecos armoniosos y tur­bios con los que se oculta un triste sentido de lamento, expresa el anhelo a una con­ciliación de todas las contradicciones del espíritu humano en la anulación total y de­finitiva de la personalidad; Demirgibascian trata de hacer tangible y viva dicha abs­tracción en los versos de Nirvana, doble­gando el idioma armenio a formas insólitas.

El suicidio, con que terminó la vida del es­critor, parece también la meta necesaria del pensamiento que informa su obra, índice de un genio vivo, paradójico pero desordena­do. Demirgibascian introdujo en el mundo de la literatura armenia elementos que hasta entonces parecían patrimonio del intelectualismo nórdico occidental.

A. Piloian

Los Niños en el bosque, Percy

[The Children in the Wood]. Balada inglesa, probablemente de 1595, publicada por Percy (1729-1811) en su Reliquias de antiguas poesías inglesas (v.).

Un hidalgo de Nor­folk deja a sus dos hijos, un niño de tres años y una niña más pequeña, al cuidado del hermano de su difunta mujer. El testamento establece que los niños tengan cada uno una cierta cantidad de dinero: el varón, a su mayor edad; la muchacha, como dote. Mas en caso de muerte de los niños, el dinero pasaría al tío. Éste, para poseer el dinero, paga a dos granujas pa­ra que los maten. Uno de los dos asesi­nos se arrepiente; mata a su compañero y deja a los niños en el bosque de Wayland, donde mueren de frío y de miedo.

El tío será castigado por su crimen: pierde a sus hijos y sus bienes y muere en la cár­cel; y el hombre que abandonó a los niños en el bosque confiesa, después de siete años, su culpa. Addison, en el Spectator (v.), tra­tó de explicar la razón del encanto de esta balada, que no tiene precedentes en las tradiciones populares.

A. Camerino

Niobe, Josep Pin i Soler

Novela del narrador y comedió­grafo catalán Josep Pin i Soler (1842-1927). Es la tercera parte de una trilogía (1889- 1890) que Niobe forma con otras dos no­velas: La familia deis Garrigas (v.) y Jaume (v.).

Estudian sucesiva y cronológica­mente tres generaciones de la estirpe de los Garriga, linaje afincado desde antiguo en el «Mas del Moll Vell», cerca de Tarra­gona. La novela empieza con la interven­ción del autor que, después de sus viajes por el extranjero, gustaba de hacer un re­cuento de tipos pintorescos y de rincones tradicionales de su ciudad natal. Luego con­tinúa la historia de las novelas anteriores.

El protagonista es Ramón, hijo de Jaume, que murió fuera de su patria. Ramón vive con su tía Pona y con su padrino mosén Narcís. A la muerte de éste, ambos dejan la abadía y se retiran a un modesto piso de Tarragona. Ramón crece y estudia. Su afición es el teatro, que cultiva con un grupo de modistillas, y de una de las cuales, Emilia, se enamora. Kildo, prometido con una amiga de Emilia, descubre en Suiza a una misteriosa dama que le da noticias de la madre de Ramón, de quien éste no tiene más referencias que las alusiones en las cartas de su padre, que siempre la «llama la «Reina daurada».

El propio Ramón de­cide investigar por sí mismo la suerte de su supuesta madre, y en Suiza, tras una serie de peripecias y coincidencias, logra hablar con Paulina, una antigua artista muy amiga de su padre, la cual le promete pre­pararle una entrevista con Guadalupe Salvat, su auténtica madre. Ésta vive con su hija Lupita y separada del millonario Ar- bona. Desgraciadamente, Ramón debe vol­ver ‘ a Tarragona a cuidar a su anciana tía y allí muere el joven de una rápida enfermedad. Pocos días después llega a Ta­rragona Guadalupe Salvat con su hija, y se entera de la muerte de su hijo Ramón por la vieja tía Pona, quien, ya medio loca, hace de vendedora ambulante.

Con esta trágica e irremediable nota final ter­mina la novela y se extingue el linaje de los Garriga. La obra es, posiblemente, la menos lograda de la trilogía. Pin i Soler, refinado y culto, desdibuja la trama de la acción con un exceso de referencias a te­mas musicales, pictóricos o de viajes. Lo mejor son las caracterizaciones de los am­bientes y de los personajes; en ellas el autor se muestra como uno de los más hábiles costumbristas de su época.

A. Manent

El Niño y los Sortilegios, Colette

[L’en­fant et les sortilèges]. Fantasía lírica en dos partes de Colette, música de Maurice Ravel (1875-1937), ejecutada en Montecarlo en 1925.

El argumento, en su ingenua simpli­cidad, recuerda el mundo fabuloso de An­dersen. En la primera parte un niño, can­sado de una muelle felicidad y de una vida demasiado tranquila, es presa de gran in­quietud y del frenesí de la destrucción, que desahoga contra los muebles y los ani­males que le rodean. La venganza de los ofendidos no se hace esperar: los muebles se animan y se ríen de él, la Princesa de las Hadas se le aparece, pero sólo para decirle adiós.

En la segunda parte, los animales vienen también a vituperarlo y amenazar­lo; pero como el niño ha cuidado a una ardilla herida, será perdonado y lo llevarán a su casa, donde lo espera su madre. Un argumento semejante, con sus característi­cas puramente fantásticas, era singular­mente a propósito para estimular la inven­ción del timbre y colorido de Ravel, que en un libreto como éste, mantenido con sabio equilibrio por la autora, dentro de los modestos límites de una trama de ballet, tenía amplia libertad para «moverse y con­moverse», como dice Roland-Manuel, y para crear «un teatro en el que la trama desarro­lla la escala de los valores sentimentales, y la escena las leyes de la perspectiva».

Los episodios se suceden sin que en ningún momento muestre el autor signos de can­sancio : a cada actitud, a cada expresión de los personajes de este drama singular, en el que las teteras son tan altas como los hombres, los gatos hablan de amor y las ardillas de redención, en tanto que la humanidad está personificada por un niño caprichoso y cruel, corresponde una pronta y sensible traducción sonora, ora lírica, ora irónica, descriptiva o fantástica. La emoción, siempre contenida y casi «en sor­dina», se manifiesta más intensamente en lo más denso del trabajo, cuando una ventana se ilumina y el muchacho invoca a su madre.

Un puro y dulce «andante» surge en aquel momento, desenvolviéndose sere­no, terminando sobre la palabra «mamá» que, en la más simple de las cadencias, se detiene sobre una «séptima» exquisitamente raveliana.

L. Córtese

Los Niños, Edith Wharton

[The Children}. Novela de la escritora norteamericana Edith Wharton (1868-1937), publicada en 1928. Las no­velas de esta autora han dado una de las más finas y penetrantes descripciones de la moderna sociedad internacional.

El prota­gonista de la novela, Martin Boyne, hombre de cuarenta y cinco años, cansado de una difícil vida de luchas, consigue, después de una larga ausencia, a la mujer que ama y que encontrará finalmente libre. En el vapor encuentra a los «niños», la variada prole de sus amigos, los Weather. Son siete niños, a los que hace de madre con juicio y abnegación la hermana mayor, de quin­ce años, Judith, animada ya por un cán­dido cinismo que le ha inspirado cuanto hasta entonces ha podido ver y compren­der.

Insensiblemente los pequeños Weather, hijos de millonarios a los que hasta ahora no les fue negado nada, excepto una casa y una familia, y a los que las continuas disputas de los padres obligan a trasla­darse sin tregua de una parte a otra del mundo, llegan a ocupar un gran puesto en el ánimo de Boyne; tan grande que, cuan­do halla en Cortina a la mujer amada, ésta, aunque dulce y comprensiva, no puede per­donarle que su amor quede en segunda lí­nea frente a una nueva y extraña preocu­pación. Aquellos «niños» han despertado en el hombre, no muy joven y ya cansado, un sentimiento que antes quedaba escon­dido a la sombra del antiguo amor; un confuso deseo de protección y de orden, que tiene ahora el aspecto de amor.

Martin siente por Judith una ternura que cada día se hace más viva y más cercana al amor. Comprenderá que es efectivamente amor cuando su amiga lo haya dejado, y comprenderá asimismo qué clase de locura es la suya, el día en que como cosa de juego, pida a la niña que se case con él y ella ría tontamente de su broma. Los niños vuelven con su madre, y Boyne parte para un largo viaje. Se encontrará de nuevo con ellos pasados tres años, y entonces no se atreverá a acercarse a Judith, que es ahora una hermosa señorita, admirada por los jóvenes. Ahora Boyne es un hombre viejo, solo y cansado, y se aleja de nuevo.

La novela está sostenida por un agudo análisis psicológico, y, si bien no llega a trans­figurar en poesía la materia, la representa con lúcida inteligencia y delicadeza de ma­tices, y es una de las más representativas del robusto y aventurero intimismo de Edith Wharton.

E. C. Croce