No Habrá Guerra de Troya, Jean Giraudoux

[La guerre de Troie n’aura pas lieu]. Pieza en dos actos de Jean Giraudoux (1882-1944), representada por primera vez en París el 21 de noviembre de 1935 y publicada en el mismo año.

La obra, cuya decoración re­presenta la de un palacio, comienza con estas palabras de Andrómaca: «No habrá guerra de Troya». Pero Casandra le res­ponde al punto : «Sí habrá guerra de Troya». Héctor regresa de la guerra con su ejército victorioso y no aspira a otra cosa que a la paz. Pero ya amenaza la guerra.

Héctor se entera de que su hermano Paris ha rapta­do a Elena y de que Grecia entera, alzada en armas, viene a reclamársela. Héctor, sin embargo, ha jurado a Andrómaca que la guerra que acaba de realizar era la última. «Ésta era la última — dice, burlándose, Ca­sandra —; otra le espera».

Se dice, es cier­to, que Paris está cansado de Elena y Elena de Paris. Pero Troya no entregará a la bella cautiva. ¿Acaso no ha conquis­tado ella a todos los hombres de la ciu­dad? Incluso a los geómetras, «para quié­nes ya no existen más metros, ni gramos, ni leguas; ya no existe más que el paso de Elena, la medida de Elena, el alcance de la mirada de Elena; y el aire de su paso es la medida de los vientos…».

Los sacerdotes, por su parte, interrogan las en­trañas de las víctimas, y la respuesta no deja lugar a dudas: Elena no puede salir de las murallas de Troya. En el segundo acto, que se desarrolla ante la inmensa puerta, abierta, de la guerra, Troilo, her­mano de Héctor y de Paris, arde en deseos de abrazar a Elena.

Paris, que llega, le incita, pero Troilo huye, mientras que Ele­na le promete: «Nos abrazaremos, Troilo, respondo de ello». Divertimiento fuera de la única preocupación central: «¿Habrá guerra?» Los grandes del Estado se ocupan gravemente de la cuestión. Y es en primer lugar el Consejo de Intelectuales el que se da cuenta de que a los troyanos les falta un himno de guerra.

¡Démokos debe com­ponerlo! Se organiza asimismo un concur­so de epítetos para injuriar al enemigo, ta­les como «¡Hijos de bueyes!» «¡Primos de sapos!» Al menos, dice Andrómaca, si la guerra llega a estallar, que el futuro de los pueblos dependa de un amor y no de una aventura, que al menos Elena ame a Paris.

Pero Elena hace muy poco caso de tales consideraciones. Llegan los emisa­rios de Grecia, el primero el irritable Ayax, que abofetea a Héctor. Este último, mártir de la paz, no responde. Héctor quiere en­tregar a Elena: Ulises lo aceptaría. Pero sería además necesario que se diera a Menelao la seguridad de que Elena no ha conocido a Paris.

Héctor lo afirma. Pero, así, pues, ¿se podrá decir que un troyano es impotente? Dos marineros llegan a pun­to de salvar el honor de Paris y de los hombres de su ciudad: en el barco ellos fueron testigos de los dulces abrazos de Elena y Paris. Iris desciende entonces del cielo, mensajera de los dioses.

Afrodita le ha encomendado la misión de que no per­mita que Elena sea separada de Paris. Pero Palas le ha encargado de que advierta a los troyanos que deben entregar a Elena si no quieren la guerra. En cuanto a Zeus, desea que se dejen a Héctor y Ulises cara a cara, para que ellos intenten salvar la  paz.

La escena entre Ulises y Héctor es la más importante de la obra, y también la más bella: uno y otro quieren la paz sin­ceramente. Entonces, Héctor dice que se ha evitado la guerra, pero Ulises es más pesimista y sabio. ¿Acaso no sabe Héctor que antes de todas las guerras los adversa­rios se reúnen y ensayan sinceramente, tan­to uno como otro, el salvar la paz, y que, sin embargo, de sus palabras es la guerra lo que nace? La guerra no depende de las voluntades humanas, sino del Destino.

El final de la obra está completamente domi­nado por el ineludible cumplimiento de la Fatalidad. Tanto como Héctor, Ulises quie­re la paz: se puede contar con él para persuadir a Menelao de que su esposa si­gue siendo pura. Pero entretanto, Ayax, embriagado, abraza a la fuerza a Andrómaca, a pesar de Casandra, y delante de Héctor que, pacifista a cualquier precio, no vacila nunca. Démokos, el bardo guerre­ro, no puede soportar que se entregue a Elena, acusa a sus conciudadanos de cobardía.

Héctor, para salvar la paz, lo atraviesa de un lanzazo. Pero Démokos, expirando, acusa al griego Ayax de ha­berlo asesinado. Y Héctor, afligido, con­cluye: «Sí habrá guerra de Troya…». La obra de Giraudoux es verdaderamente una tragedia; toda la acción, en efecto, está dominada por la Fatalidad; asistimos al progresivo estrechamiento del campo de la libertad humana. Nadie, en su época, había restaurado hasta tal punto el teatro en su valor legendario, ni nadie supo aliar la fantasía tan estrechamente al riguroso des­arrollo del drama.

No Hay Cosa Como Callar, Pedro Calderón de la Barca

Come­dia en tres actos y en verso de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), publi­cada por primera vez en 1639.

Don Juan, joven libertino, marcha a la guerra de­jando una novia, Marcela, e interrumpien­do el galanteo de otra dama, Leonor, a la que se había propuesto conquistar. Cuan­do está ya en camino, recuerda haber olvidado én su habitación ciertas cartas y vuelve en secreto a su casa, en donde su padre, >a causa de un incendio, ha dado albergue a Leonor.

Abusa de ella en la obscuridad y marcha de nuevo, dejando en sus manos un medallón con el retrato de Marcela. Leonor decide guardar silencio y con la ayuda del medallón identifica fácilmente al amante de una hora, que fiel a sus principios la tiene ya olvidada. Al re­gresar de la guerra, don Juan vuelve de nuevo a cortejar a Marcela, pero ésta, ce­losa al saber que su retrato está en manos de Leonor, prefiere aceptar el galanteo del hermano de ésta.

El medallón se convierte en cierta manera en protagonista de la comedia, y cuando, como conclusión de una serie de incidentes, don Juan se encuentra en casa de Leonor, expuesto a las represa­lias de su hermano y de su prometida, Leonor considera llegado el momento de romper el silencio. Mas ahora es don Juan quien teme a la verdad y, apenas empieza la joven su explicación, la interrumpe ofre­ciéndole su brazo.

No hay cosa como callar es una comedia de intriga, rica en matices, planteada con un trazo neto y seguro y llevada al desenlace a través de varios mo­tivos culminantes. Calderón no se ha preocupado solamente de crear una perfecta máquina teatral, sino que ha procurado también subrayar algunos de los caracte­res, y si bien el de don Juan no tiene nada de inédito, el de Leonor es psicológi­camente nuevo e interesante, en cuanto que representa, en el teatro calderoniano, uno de los pocos casos en que una mujer de­fiende su propio honor sin recurrir a la consabida y ya tradicional intervención del padre o del hermano.

A. R. Ferraren

No Fué Más que el Susto, Alfred de Vigny

[Quitte pour la peur]. Comedia en un acto y en prosa de Alfred de Vigny (1797-1863), re­presentada en París en 1833.

El autor de­finió a esta obra como «joujou de salón»; pero también en esta «bagatelle» se refleja el alma del poeta pesimista, convencido de que la vida es triste por sí misma y por el mal que alcanza a los hombres.

Los pro­tagonistas son dos jóvenes de nobles fa­milias, unidos en matrimonio sin amor, obli­gados a abandonar el castillo ancestral pa­ra refugiarse en las antecámaras de la cor­te real de Versalles. Después del matrimo­nio, cada uno vive por su cuenta: el duque está ocupado en la corte, la duquesa per­manece sola, demasiado sola, en París. ¡Pero ambos se consuelan del recíproco alejamiento! Cierto día, la duquesa, in­dispuesta, hace llamar al médico, que la entera de que la enfermedad sólo durará nueve meses.

El mismo médico se apre­sura a informar al duque, quien al prin­cipio se muestra indiferente a la noticia, pero piensa luego en proteger su nombre y va a París para salvar las apariencias. La duquesa está aterrorizada. Pero el duque la perdona, recordando los orígenes de su matrimonio completamente independiente de su consentimiento; deplora la munda­nidad y las frivolidades de la alta socie­dad, donde el matrimonio es profanado y la religión es objeto de burla. Pasará la noche junto a su joven esposa, a quien considera «comme un enfant». La genero­sidad y la «pitié dédaigneuse» del duque abruman a la mujer; pero el peligro de la temida venganza está conjurado.

También en esta comedia, como en todo el teatro de Vigny, falta la sonrisa; pero no falta la gracia, que se une a una compasiva piedad por la mujer, no ya el «enfant malade et douze fois impur» de la Colère de Samson (v. Los DestinosPoemas filosóficos), sino una criatura débil y, a menudo, incluso en su caída, víctima de la superioridad social del hombre, de la costumbre y de la so­ciedad.

M. Romanini

No Es Verdad Lo Que Parece o El Pisaverde Desconsolado, Giovan Battista Fagiuoli

[Ció che pare non é vero, owero II Cicisbeo sconsolato}. Co­media de Giovan Battista Fagiuoli (1660- 1742), representada en 1708.

El pisaverde desconsolado es Vanesio, frívolo y memo, enamorado de todas las mujeres y no aceptado por ninguna. Vanesio corteja a la mujer de Orazio, hijo de Anselmo Taccagni (v.), suscitando la cólera del viejo, que en esta obra aparece más sensato y pru­dente que avaro y chocho. Pero Orazio no se preocupa; sabe que su mujer es honesta y que hay que someterse a la moda. Vanesio, rechazado al fin, se aleja desespe­rado.

Es una pintura viva del ambiente de quisquillosería de las damas y de comidi­llas de servidumbre; una de las comedias en las que se siente más próximo el arte de Carlo Goldoni. Los tipos son los carac­terísticos del teatro goldoniano, al que nues­tro autor, junto con Jacopo Angelo Nelli, abrió eficazmente camino.

U. Déttore

Noé, Johann Jacob Bodmer

[Noah o Noachide]. Poema bíblico en hexámetros, dividido en doce cantos, del escritor suizo Johann Jacob Bodmer (1698- 1783), publicado en 1750. El poema, didác­tico y doctrinario, tiene por núcleo la re­dención de la humanidad. Escrito a imitación del Paraíso perdido (v.) de Milton y de la Mesíada (v.) de Klopstock, carece de espontaneidad y de inspiración.

Antes del Diluvio, el arcángel Gabriel acompaña a Noé en un largo viaje a través de todas las tierras habitadas. La descripción de ca­racteres y costumbres de los diversos pue­blos, absolutamente carente de perspectiva histórica, sólo sirve de pretexto al autor para criticar, en las generaciones pasadas, los vicios de las presentes. .

A la vuelta de Noé de su peregrinación, se celebran las bodas entre sus tres hijos y las hijas del patriarca Sipha, que ha vivido siempre con su familia en un rincón del Paraíso terre­nal, alejado de todo contacto con los pe­cadores. De esta unión habrá de nacer la nueva humanidad sobre la tierra purificada por el Diluvio.

Ni siquiera en este punto consigue crear el autor, en torno a sus personajes, la sugestión del tiempo mítico al que se refiere, y las bodas entre las hijas de Sipha y los hijos de Noé parecen desarrollarse en el ambiente burgués de Zurich. La muerte de Sipha carece de dra­matismo, y la descripción del Diluvio, com­pletamente externo y convencional, no con­creta poéticamente la concepción del autor.

Goethe quiso ver en dicha descripción el símbolo de un río salido de madre en tor­no al Parnaso alemán y que lentamente vuelve a sus cauces. Al desaparecer las aguas, los primeros contactos de los super­vivientes con la tierra no carecen de cierta emoción.

G. Noulian