Nuestros Fanfarrones, Ladislav Stropežnický

[Naši furianti]. Drama de Ladislav Stropežnický (1850-1892), durante mucho tiempo direc­tor literario del «Teatro nacional» de Pra­ga. Fue representado por primera vez en 1887 y significó un gran paso hacia delan­te en la evolución del teatro checo.

En Honice, el alcalde Dubský y el concejal Bušek no logran ponerse de acuerdo acer­ca de la dote que han de dar a sus res­pectivos hijos Václav y Verunka, que se van a casar. Por fin, Dubský se conforma con siete mil florines, pero quiere además los dos caballos que Busek ha comprado en la feria. Éste no se los quiere dar, y las negociaciones fracasan.

Naturalmente, esta disputa no queda localizada, sino que se extiende también a la vida de las dos familias y de la aldea. El ayuntamiento quiere nombrar un nuevo vigilante noc­turno, y se presentan dos opositores: un ex soldado, el honesto Bláha, y el sastre Fiala, un hombre obscuro. Dubský ^ defiende a Bláha y, en consecuencia, Bušek protege a Fiala. Éste, con una argucia, obtiene el nombramiento, pero al descubrirse el truco por medio del zapatero Habrsperk, Fiala es destituido y su empleo dado a Bláha.

Bušek se ve obligado a rendirse por com­pleto, si no quiere ser detenido por caza furtiva. Más que de un verdadero drama se trata de un cuadro de costumbres de cam­pesinos. Su carácter dramático consiste no tanto en la acción como en las manifesta­ciones de una testarudez y arrogancia par­ticulares, por las que el hombre antes que reconocer su culpa es capaz de cometer cualquier mala acción, algo parecido al «samodurstvo» de la clase de los merca­deres en las comedias del dramaturgo ruso Ostrovski. Nuestros fanfarrones aún hoy figura en el repertorio checo, gracias a la excelente pintura de los caracteres.

E. Lo Gatto

Nuestro Padre San Daniel, Gabriel Miró

Novela del escritor Gabriel Miró (1879-1930), pu­blicada en 1922. El relato evoca un mo­mento de la vida colectiva de una pe­queña sede episcopal de Murcia, que el au­tor llama Oleza, y la época es la de los dos últimos decenios del siglo XIX, cuando to­davía no se habían apaciguado las pasiones de la segunda guerra carlista.

De la co­lectividad de Oleza surgen poderosas unas figuras que dan vida a un conjunto de hábi­les tramas. En primer plano destaca la aventura de amor de Paulina por don Álvaro, enigmático agente carlista. El amor con­cluye con un matrimonio desgraciado, pues el carácter sombrío del esposo y la ma­lignidad astuta y angulosa de la cuñada Elvira son para la cándida Paulina una excelente propedéutica del adulterio. El fondo está constituido por una guerra sor­da y baja de sacerdotes y beatas, que en algunos momentos hace sospechar en Miró intenciones humorísticas; pero el escritor murciano está en realidad muy lejos del humorismo.

Es, en cambio, un magnífico colorista que coloca en el mismo plano de interés a lugares, cosas y hombres, pre­sentándolos con el mismo7 procedimiento de los imagineros de nacimientos del si­glo XVIII, y la impresión cómica que su­giere sólo dura un instante, rápidamente sustituida por impresiones más profundas y poéticas. Miró es un estilista, pero su característica, además de la nitidez exter­na, es la profundidad con que penetra en las almas.

A. R. Ferrarin

Nuestro Señor Wrenn, Sinclair Lewis

[Our Mr. Wrenn]. Publicada en 1914 es quizá la mejor entre las novelas juveniles del es­critor norteamericano Sinclair Lewis (1885- 1951).

En su inspiración, que tiene como tema la agobiada vida del pequeño bur­gués y sus tentativas, casi siempre fallidas, de evasión, se anuncia ya lo que será el tema y casi fórmula de las posteriores no­velas de su madurez. El señor Wrenn es un pequeño y modesto empleado, tiraniza­do por todos, desde sus superiores hasta la patrona.

Pero de esta su vida gris y triste se evade con sueños de viaje y de vida aventurera, que alimenta con la lectura. La realización de su sueño es de pronto posible por una herencia. Wrenn se pone en viaje. Su primera etapa es Londres, donde, como es lógico, inmediatamente hace presa de él la desilusión propia del sueño realizado y el miedo a la soledad.

Una aventura inesperada y superior a sus sueños es el encuentro con la fascinadora Istra Nash, estudiante de arte, caprichosa y desilusionada, a quien él hace objeto de su adoración; se lo lleva afectuosamente con ella, le revela mundos desconocidos que le dejan perplejo en un feliz vagabundeo, y lo abandona después bruscamen­te.

Turbado y desconcertado, Wrenn regresa a América, y allí le espera la revelación de que su breve experiencia ha sido, sin que él se diera cuenta, una radical cura­ción que ha transformado al hombrecillo tímido y soñador en un hombre activo ca­paz de crearse amigos, de domar a sus superiores tiranos, de progresar en el tra­bajo; realiza el acto heroico de cambiar de pensión, y así conoce a la suave Nelly, su compañera predestinada.

El nuevo se­ñor Wrenn es capaz de cortejarla y de conquistarla; en este momento todo está a punto de perderse por la aparición de Istra, pero también Wrenn vence esta prueba y renuncia para siempre a sus sueños, para entrar definitivamente en la realidad llena de pequeñas pero verdaderas alegrías. Es una narración sonriente, todavía vaga en algún punto, pero con una vida cálida y propia que no encontramos a veces en otras obras más complicadas de este escritor norteamericano.

E. C. Croce

Nuestro Corazón, Guy de Maupassant

[Notre cœur]. Es la última novela de Guy de Maupassant (1840-1893), aparecida en 1890, y la de argumento más tenue.

En torno a Michèle de Burne, viuda joven y hermosa, ingenio­sa, inteligente y llena de ambiciones mun­danas, se ha formado un reducido círculo de hombres de mundo y artistas (todos enamorados de ella y transformados sabiamente por ella en respetuosos admiradores), entre los que destacan el músico Massival y el no­velista de moda, Lamarthe.

Entra en dicho grupo André Mariolle, amigo de Massival, hombre de ingenio, fino e intelectual, que no carece de veleidades artísticas, a quien el bienestar y la ociosidad han acostumbra­do a una vida agradablemente carente de objetivo. También Mariolle ama a Michèle, pero la fuerza de su pasión vence esta vez la prudente cordura de la joven.

Sólo que mientras en el alma del hombre el amor se hace cada vez más profundo, vio­lento y exclusivo, la hermosa dama, pese a sus sinceros esfuerzos, no consigue igua­larlo con el pleno abandono de la pasión, presa como está del sugestivo juego de las ambiciones mundanas. André, tras largos tormentos, trata de librarse de ella y mar­cha, esperando encontrar consuelo, en el campo, con el amor de una graciosísima y apasionada institutriz, pero Michéle le va a buscar y él vuelve a obsesionarse por ella, aunque sin poder esperar su transfor­mación.

Entre las novelas de Maupassant, ésta mereció, en su época, las mayores ala­banzas de la crítica por la nueva vena de tierna melancolía, la suavidad de sentí- j miento que parecían añadirse a las acos­tumbradas virtudes del escritor. En reali­dad toda la fábula está abrumada por aná­lisis demasiado prolijos y minuciosos, des­cripciones de estados de ánimo, soliloquios y monólogos, que parecen haber hinchado artificiosamente hasta las proporciones de una novela lo que podía ser el tema de un cuento rápido y penetrante.

A pesar de páginas sugestivas y momentos de rara efi­cacia, el escritor parece haber salido en esta obra de los que fueron los verdaderos caracteres y límites de su arte. [Trad. española de Luis Ruiz Contreras (Madrid, 1905)].

M. Bonfantini

Un primitivo que llegó tarde y se vio modificado lentamente por la atmósfera mo­ral de su época, dominado por las in­quietudes espirituales que nos han dejado los siglos pasados. (Lemaitre)

Nuestro Conocimiento del Mun¬do Exterior Como Campo de un Método Científico en Filosofía, Bertrand Russell

[Our Knowledge of the externel World as a Field of scientific Method in Phüosophy], Obra del filósofo Bertrand Russell (n. 1872). Es el conjunto de una serie de conferen­cias pronunciadas en Boston en 1914.

Com­probando que se ha encontrado siempre con los filósofos para entregarse a toda suerte de afirmaciones, y en otros casos para con­tradecirlas, Russell cree «llegado el mo­mento de poner fin a un estado de cosas tan deplorable». El error de la filosofía clásica es triple: ha dejado a la imagina­ción introducirse fraudulentamente, ha re­husado apoyarse en las ciencias, finalmen­te sus soluciones están dictadas por inte­reses prácticos, vitales incluso, demasiado evidentes.

El verdadero propósito de la fi­losofía es la comprensión teórica del mun­do, y su instrumento de investigación un método nuevo, que Russell llama analítico- lógico, único que puede proporcionarnos un conocimiento seguro. En efecto, la lógica es a la filosofía lo que las matemáticas a la física, y por otra parte, los problemas específicamente filosóficos se reducen a pro­blemas lógicos. El «corpus» de conocimien­tos del sentido común constituye nuestros únicos datos. Pero una gran parte de estos datos no son primarios, sino derivados.

La primera tarea del filósofo será entonces justificar aquellos que creemos derivados, revelando las deducciones lógicas sobre las que reposan. De este modo, Russell rechaza radicalmente el intuicionismo bergsoniano. Lo único que podemos hacer es escrutar el conocimiento ya poseído, vivificarlo y apurarlo. Veamos un ejemplo. Entre las objeciones que se pueden hacer a la rea­lidad de los objetos sensibles, hay una que deriva de la diferencia aparente entre la materia tal cual nos la representa la física y los datos brutos de nuestras sensaciones.

En efecto, la física parte de la creencia del sentido común en los cuerpos «ciertamente rígidos y ciertamente permanentes», creen­cia que es una «audaz teoría metafísica», pues nada de ello nos es dado por nuestros sentidos. Pero, al término de un largo ,y minucioso análisis de los datos sensibles inmediatos, consta que el objeto del sen­tido común, la «cosa», se puede definir con todo rigor como «una serie de aspectos (fe­nómenos) que obedecen a las leyes de la física», y así estas entidades metafísicas no aparecen más que como funciones ló­gicas de los datos sensibles.

La unión en­tre el mundo lógico y el mundo sensible se ha restablecido, e incluso justificado, de este modo. Los diversos problemas del in­finito, de lo continuo y de la causalidad, que se refieren todos al problema central de la obra, el de nuestro conocimiento del mundo exterior, son tratados con el mismo espíritu. En un estilo que une a la argu­mentación cerrada de una sutil dialéctica un humor típicamente británico, la obra desarrolla de paso un gran número de temas, cuya complejidad de argumentación no nos es dado resumir aquí. Notemos, por ejemplo, una discusión de las antinomias kantianas y de las paradojas de Zenón, y también una exposición de la teoría del infinito de Cantor y algunos trabajos del propio autor, sobre la lógica de las clases.