Una Nueva Concepción de la Luz, Louis de Broglie

[Une nouvelle conception de la lumiére]. Obra del príncipe Louis de Broglie (n. 1892), aparecida en 1934.

El autor se propone la tarea de hallar una teoría de la luz que exprese la coexistencia de su aspecto cor­puscular y de su aspecto ondulatorio. La mecánica ondulatoria por sí sola no llega a lograr que se realice esta síntesis; sería preciso, para resolver las dificultades que se presentan, que fuera relativista.

Por otra parte, el electrón y el fotón tienen propiedades muy distintas, el primero obe­dece a la estadística de Fermi-Dirac, el segundo a la estadística de Bose-Einstein; es preciso, pues, «en segundo lugar, intro­ducir algo más para diferenciar el fotón de los demás corpúsculos». L. de Broglie sustituye la forma primitiva de la mecá­nica ondulatoria por la teoría de Dirac, desarrollada a propósito del electrón mag­nético, teoría que es relativista, y de la que da un resumen previo muy completo.

Después imagina que el fotón está com­puesto por dos semifotones complementa­rios; en tales condiciones, esta pareja de corpúsculos elementales obedece perfecta­mente a la estadística de Bose-Einstein, de acuerdo con la experiencia; es susceptible de aniquilarse al contacto con la materia cediendo toda su energía (efecto fotoeléc­trico); permite finalmente definir un campo electromagnético que tiene todos los ca­racteres de la onda luminosa de Maxwell.

El autor concluye su exposición con algu­nas notas sobre la interacción entre mate­ria y radiación desde el punto de vista de su teoría, sin darles todavía una forma de­finitiva. Además, opina que el semifotón podría ser idéntico al neutrino; en todo caso, el semifotón debe tener una carga nula y una masa mucho más pequeña que la del electrón (por lo menos 1016 veces más pequeña).

Nueva Crítica de la Razón, Jakob Friedrich Fries

[Neue Kritik der Vernunft]. Obra maestra del filósofo alemán Jakob Friedrich Fries (1773- 1843), publicada en Heidelberg en 1806.

Hostil a la corriente idealista de la cual le alejaban su concepción científico-mecá­nica de la naturaleza, su fe moralista y sus principios políticos liberaldemócratas, Fries se reafirma como discípulo y conti­nuador de Kant.

También para Fries, la filosofía es esencialmente una teoría de los principios constitutivos de la experiencia, del sistema de las categorías, pero éstas son el producto, no de una actividad sintética trascendental de la conciencia, sino de ac­tividades psíquicas susceptibles de ser re­conocidas «a posteriori» por medio de un examen psicológico. Experiencia y ciencia están condicionadas y, por lo tanto, limi­tadas por nuestra constitución psicológica, a la cual Fries ha dedicado un cuidadísimo estudio en su Antropología psíquica [Psychische Anthropologie, 1821].

La Nueva crí­tica, recogiendo de Kant el principio de la fenomenicidad del mundo de la experiencia y del saber, tiende a pasar de la posición trascendental a la psicológica. El espiritualismo que de ello se deriva se ma­nifiesta tanto en el concepto de la dignidad del individuo humano como fundamento de la moral, entendiendo la persona no en el sentido racionalista kantiano, sino como individualidad concreta en su relación con las demás individualidades, como en su conexión con la posibilidad de una fe que trascienda el plano de lo finito al que la individualidad misma está vinculada, para afirmar, aunque sea en sentido negativo, lo Infinito, lo Divino.

La filosofía de Fries ex­perimentó, por obra de Nelson, a fines del siglo pasado un importante resurgimiento entre las corrientes neokantianas, distin­guiéndose de ellas por su realismo espiritualista.

A. Banfi

Nueva Ciencia, Esto es, Invención Recientemente Descubierta Como Útil Para Todo Especulador Matemático, Artillero, etc, Niccoló Tartaglia

[Nuova Scientia]. Obra del geómetra ita­liano Niccoló Tartaglia (14999-1557), pu­blicada en Venecia en 1537. Tartaglia con­taba poco más de seis años cuando Gas­tón de Foix, jefe del ejército francés que operaba en Italia, sometió Brescia, donde había nacido Tartaglia, a un saqueo tan despiadado que quedó para siempre como tristemente célebre, y del cual nuestro matemático fue también víctima inocente.

Se podía creer que el recuerdo del horrible espectáculo, del cual no fue sólo especta­dor, le apartaría de todo lo concerniente a la guerra; por el contrario, Tartaglia vol­vía siempre su pensamiento hacia ella, aun en medio de sus ocupaciones científicas. Prueba de ello son los ensayos reunidos en el volumen Investigaciones e invenciones varias (v.) y la obra La Nueva Ciencia.

En ésta, luego de haber dedicado muchas páginas a investigar por vez primera el movimiento curvilíneo y el de los cuer­pos pesados, escribiendo páginas cuyo va­lor está documentado por el uso que de él hizo Galileo en su obra Discursos y de­mostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias (v.), aplicó sus conclusiones a es­tablecer los elementos de la disciplina Ha- mada hoy «balística exterior».

Dados los perfeccionamientos obtenidos en las armas de fuego y los progresos de su correspondiente teoría, no recurrirán hoy cierta­mente a la obra de Tartaglia los que hayan de adiestrarse en el manejo de los caño­nes; pero los historiadores señalan en ella la primera enunciación de la proposición según la cual «para obtener el tiro de má­xima amplitud, es menester inclinar la pieza a 45° sobre el horizonte». Se trata de un teorema adoptado hoy por la ciencia como corolario de principios generalmente admitidos, pero del cual Tartaglia buscó en vano una demostración durante toda su vida.

G. Loria

Nuestros Hijos, Florencio Sánchez

Entre las obras de tesis del dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez (1875-1910), descuella, por su au­dacia, Nuestros hijos, comedia de ambiente urbano estrenada en el Teatro Nacional, en Buenos Aires, el 2 de mayo de 1907.

Consta de tres actos. El protagonista, el señor Díaz, distanciado de su esposa por motivos de infidelidad que mantiene en secreto, vive en caprichoso aislamiento so­cial, acumulando datos policiales que guar­dan relación con informaciones sobre la natalidad ilegítima.

La tramitación de un lance caballeresco entre su hijo Alfredo y Enrique, novio de Mecha, su hija, y la actitud del hermano de ésta ante la ne­gativa de Mecha a casarse con su seductor, porque no lo ama, enteran al señor Díaz de lo ocurrido y lo determinan a conver­tirse en desafiante protector de su hija.

Tal actitud provoca una violenta escena fami­liar. El señor Díaz, ante la agresión moral que le plantea su propio hijo Acusándolo de haber abandonado su hogar y ofender el decoro de la familia, se defiende reve­lando su guardado secreto. Revelado el mo­tivo de su voluntario aislamiento, ante el asombro y el desconsuelo de los suyos, propone una reconciliación comprensiva «para edificar sobre ella un nuevo hogar».

Como no logra su intento, invita a su hija Mecha «a formar ese hogar con la verdad» y en consonancia con los derechos del amor y de la vida, desafiando los convenciona­lismos sociales. En esta obra, como en Los muertos (v.), se advierte la influencia que sobre Sánchez ejercieron, entre otros, Ibsen y Lenormand.

J. Pereira Rodríguez

Nueva Atlántida, Francis Bacon

[Nova Atlantis]. Obrita de Francis Bacon (1561-1626), escrita en inglés [New Atlantis] hacia 1621 y más tarde traducida al latín y publi­cada en esta lengua en 1627.

Quedó en estado fragmentario, y tenía que presentar, en una especie de novela científica utópica, un estado ideal con una sociedad en que, en beneficio de la humanidad, se prestaba ante todo atención al estudio de la natu­raleza.

La parte publicada se refiere a la organización de los estudios. El título pro­viene de la Atlántida de que habla Pla­tón en el Timeo (v.) y en Critias (v.), y que, según parece, desapareció como resultado de un cataclismo. La Nueva Atlántida está situada en una isla, Bensalem, habi­tada por un pueblo cristiano que se había separado del resto del mundo para llevar una vida sensata, no turbada por relacio­nes con pueblos en cuyo trato nada iban a ganar.

La obra está desarrollada en forma de narración, después del arribo forzoso a aquella lejana isla durante un viaje del Perú a China y Japón, y nos refiere la historia de aquel pueblo. Hay en la isla una «Casa de Salomón», o «Colegio de la obra de los seis días», que dirige los es­tudios y las investigaciones. Cada doce años son enviados a países extranjeros doctos investigadores, encargados de llevar a cabo, de incógnito, una misión de información con el fin de llevar a la isla las noticias de todos los descubrimientos llevados a cabo en los países visitados.

Siendo el fin de la «Casa» el de extender el conocimiento de los fenómenos naturales y el poder del hom­bre, se reúnen en ella todos los medios posibles para conseguirlo, adecuados para las más variadas experimentaciones, desde el examen del subsuelo a los temas más elevados, desde la cría de animales y plan­tas a la preparación de las más variadas bebidas y al estudio de fenómenos térmi­cos y luminosos.

El instituto posee varias clases de investigadores, clasificados según su trabajo: desde los que, como «comer­ciantes de luz», van a países extranjeros a proveerse de conocimientos, a los que están encargados de consultar viejos libros para encontrar en ellos la descripción de experiencias; desde los «cazadores», que reúnen experiencias hechas en las artes y en los oficios, a los «mineros» que prueban nuevas experiencias; desde los que tienen el cometido de clasificar los hechos obser­vados, a los «bienhechores» que hacen cien­cia aplicada en beneficio del hombre, y a los «iluminadores» y a los «intérpretes de la naturaleza», los cuales se elevan hasta las leyes más generales y que abrazan am­plios círculos de hechos; hay además los jóvenes que, al lado de los ancianos, están destinados a seguir la tarea.

Finalmente se nos explica cómo el instituto conserva un modelo de todos los inventos y que se levantan en él monumentos a los inven­tores. La Nueva Atlántida nos da un pro­yecto de realización de la idea expresada por Bacon en la Instauratio Magna (v. La gran instauración). Este libro entra de lle­no en el grupo de las obras de carácter utópico, como la Utopía (v.) de Tomás Mo­ro y La ciudad del sol (v.) de Tommaso Campanella, que florecieron entre los si­glos XVI y XVII dentro del general resur­gimiento de los estudios, indicando una nue­va dirección del pensamiento y expresando en una forma más o menos abstracta las aspiraciones de aquella edad hacia una so­ciedad en la que dominara la razón y tu­viera como única ley la de la vuelta a la naturaleza.

E. Codignola

Esta tendencia suya hacia lo épico, su aspiración hacia las sublimes regiones a que se elevaba naturalmente su alma, desem­bocan fatalmente en la epopeya fantástica; es decir, en un poema de sucesos absoluta­mente irreales, irreal en el ambiente y en sus personajes. (Taine)