Nuestro Conocimiento del Mun¬do Exterior Como Campo de un Método Científico en Filosofía, Bertrand Russell

[Our Knowledge of the externel World as a Field of scientific Method in Phüosophy], Obra del filósofo Bertrand Russell (n. 1872). Es el conjunto de una serie de conferen­cias pronunciadas en Boston en 1914.

Com­probando que se ha encontrado siempre con los filósofos para entregarse a toda suerte de afirmaciones, y en otros casos para con­tradecirlas, Russell cree «llegado el mo­mento de poner fin a un estado de cosas tan deplorable». El error de la filosofía clásica es triple: ha dejado a la imagina­ción introducirse fraudulentamente, ha re­husado apoyarse en las ciencias, finalmen­te sus soluciones están dictadas por inte­reses prácticos, vitales incluso, demasiado evidentes.

El verdadero propósito de la fi­losofía es la comprensión teórica del mun­do, y su instrumento de investigación un método nuevo, que Russell llama analítico- lógico, único que puede proporcionarnos un conocimiento seguro. En efecto, la lógica es a la filosofía lo que las matemáticas a la física, y por otra parte, los problemas específicamente filosóficos se reducen a pro­blemas lógicos. El «corpus» de conocimien­tos del sentido común constituye nuestros únicos datos. Pero una gran parte de estos datos no son primarios, sino derivados.

La primera tarea del filósofo será entonces justificar aquellos que creemos derivados, revelando las deducciones lógicas sobre las que reposan. De este modo, Russell rechaza radicalmente el intuicionismo bergsoniano. Lo único que podemos hacer es escrutar el conocimiento ya poseído, vivificarlo y apurarlo. Veamos un ejemplo. Entre las objeciones que se pueden hacer a la rea­lidad de los objetos sensibles, hay una que deriva de la diferencia aparente entre la materia tal cual nos la representa la física y los datos brutos de nuestras sensaciones.

En efecto, la física parte de la creencia del sentido común en los cuerpos «ciertamente rígidos y ciertamente permanentes», creen­cia que es una «audaz teoría metafísica», pues nada de ello nos es dado por nuestros sentidos. Pero, al término de un largo ,y minucioso análisis de los datos sensibles inmediatos, consta que el objeto del sen­tido común, la «cosa», se puede definir con todo rigor como «una serie de aspectos (fe­nómenos) que obedecen a las leyes de la física», y así estas entidades metafísicas no aparecen más que como funciones ló­gicas de los datos sensibles.

La unión en­tre el mundo lógico y el mundo sensible se ha restablecido, e incluso justificado, de este modo. Los diversos problemas del in­finito, de lo continuo y de la causalidad, que se refieren todos al problema central de la obra, el de nuestro conocimiento del mundo exterior, son tratados con el mismo espíritu. En un estilo que une a la argu­mentación cerrada de una sutil dialéctica un humor típicamente británico, la obra desarrolla de paso un gran número de temas, cuya complejidad de argumentación no nos es dado resumir aquí. Notemos, por ejemplo, una discusión de las antinomias kantianas y de las paradojas de Zenón, y también una exposición de la teoría del infinito de Cantor y algunos trabajos del propio autor, sobre la lógica de las clases.