La Nueva Francia, Lucien-Anatole Prévost- Paradol

[La France nouvelle]. Obra política del publicista y di­plomático francés Lucien-Anatole Prévost- Paradol (1829-1870), publicada en 1868.

La discusión de los principios políticos en pe­riódicos y reuniones había sido prohibida por las leyes de Napoleón III, pero — de­bido a un informe redactado en 1866 por Troplong, presidente del Senado — fue to­lerada en libros y estudios científicos.

Va­liéndose de dicha inmunidad y de su po­pularidad como publicista de oposición al gobierno imperial, Prévost-Paradol discute importantes cuestiones de actualidad con el fin de crear «verdaderamente» una «nue­va Francia». El tratado, que estudia en los primeros libros los motivos políticos de la época desde la democracia hasta el despotis­mo, es ágil y está bien fundado sobre el co­nocimiento de los hechos y de la crónica más recientes.

Como ya hicieron Tocqueville y los mejores ingenios de la época, el autor ve en la democracia, mal guiada y en lu­cha con la tradición, uno de los peligros del mundo moderno, por lo fácilmente que da paso al poder arbitrario. El libro se­gundo, el más amplio de la obra, es el más original por sus ideas y discusiones y tra­ta de las instituciones y principios de go­bierno que convienen a la democracia fran­cesa.

El libro tercero ilustra algunas no­ciones de la historia nacional desde la Revolución Francesa hasta la edad contem­poránea, y termina vigorosamente con bre­ves consejos a la generación en cuyas ma­nos está el porvenir de la patria. Así la obra, que «trataba únicamente de filosofía política e historia, y que inspirada sólo por sentimientos patrióticos estaba enteramen­te libre de espíritu de secta y de partido» (como podía afirmar con buen derecho en el célebre prefacio), formulaba claramente la exigencia de nuevos principios políticos, en su misma fundamental concepción de que la ciencia política debía sacar prove­cho de todas las experiencias recientes.

Por este resuelto historicismo, el pensamiento liberal del autor se pone al lado de la obra y el pensamiento de los mejores ingenios del siglo, desde Cavour hasta Tocqueville, en el examen de los movimientos sociales y revolucionarios que desde la Enciclopedia (v.) se proyectan hacia el futuro.

C. Cordié

La Nueva Eloísa, Jean-Jacques Rousseau

[La Nouvelle Héloïse]. Novela epistolar de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), publicada en 1761. El éxito fue inmenso, especialmente en los ambientes aristocráticos; como dice el mis­mo autor, era necesaria una delicadeza de tacto, que se adquiere sólo en la educación del gran mundo, para advertir la finura de que la obra está llena.

Exalta el amor y la amistad, «ídolos» del corazón de Rousseau, en dos personajes ideales que se complace en pintar con las imágenes más seductoras. La inspiración de la novela es más que subjetiva, la intención- es moral. El amor de Julia y de Saint-Preux (v.), exacerba­do por los obstáculos puestos por las fa­milias, corresponde por completo al amor de Jean-Jacques y de la D’Houdelot y, como en la correspondencia de Rousseau con su amada, también en la novela se combinan el intelectualismo y el racionalismo eró­tico.

Julia d’Étanges ama, y es correspondida, a su preceptor Saint-Preux, pero las conveniencias sociales separan a los jóve­nes. Saint-Preux se aleja de Suiza y va a París, mientras Julia se ve obligada por sus padres a casarse con el anciano señor de Wolmar. Aun cumpliendo con todos sus deberes de esposa y madre, Julia no puede olvidar a Saint-Preux y en su lealtad sien­te la necesidad de confesar sus sentimien­tos a su marido.

El señor de Wolmar, para testimoniar a su mujer y a su amigo la estima que siente por ellos, invita a volver a Saint-Preux, que entretanto ha viajado por Europa y América, y le ofrece hospi­talidad en su propia casa. Después de un invierno pasado con los Wolmar, Saint- Preux vuelve a marchar, pero pronto es reclamado por una carta de Clara, prima de Julia, quien está moribunda después de haber salvado a uno de sus hijos que cayó en el lago.

Antes de morir, suplica a Saint- Preux que se quede en su casa para ocu­parse de la educación de sus hijos. La no­vela está formada no sólo de cartas de los dos protagonistas, sino de las de Clara d’Orbe a Julia, de lord Eduardo Boston a Saint-Preux y del señor de Wolmar. Saint- Preux, en sus peregrinaciones en busca de paz y olvido, a menudo tiene ocasión de observar las costumbres y leyes de los di­versos pueblos y compararlas con las de Francia y particularmente con el París del siglo XVIII.

El autor habla y expresa sus juicios a través de las cartas del prota­gonista, que siempre exaltan la vida cam­pestre y primitiva, y colocan junto al ideal de la prudente liberalidad y generosidad del pueblo inglés, la sencillez de las costum­bres y la justicia social de Suiza. La no­vela, que hoy nos parece de una lentitud exasperante, contiene páginas descriptivas de lozana belleza y que encierran en sí los elementos destinados a ser elaborados y orquestados por los románticos. Proceden evidentemente de esta obra algunas pági­nas de Chateaubriand y de Lamartine y ciertas novelas de Mme. de Staël y de George Sand.

En cambio, los contemporá­neos apreciaron en La nueva Eloísa no sólo el relato de un amor desgraciado, sino las disertaciones sobre los más diversos temas políticos, religiosos, filantrópicos y pedagó­gicos, escritos con el énfasis sentimental tan caro a la época. La nueva Eloísa con­tribuyó, junto con el Emilio (v.), a crear a Rousseau la fama de revolucionario que le costó primero la expulsión de Francia y luego de Suiza, obligándole a refugiarse en Inglaterra, lo cual contribuyó no poco al grande y rápido éxito del libro.

[La primera versión castellana es la traducción magistral del abate José Marchena publi­cada anónima bajo el título Julia o La nue­va Eloísa (Bayona, 1814) y reimpresa in­numerables veces en Burdeos y Tolosa, hasta que pudo publicarse en España, don­de fue impresa por vez primera en Barce­lona (1836). En ese mismo año apareció la excelente versión de José Mor de Fuentes (Barcelona, 1836-37)]. S. Spellanzon

La nueva Eloísa es, sobre todo, una no­vela filosófica: una gran cantidad de pro­lemas sociales y morales son planteados, discutidos, resueltos en cartas particulares; y la misma novela, en el conjunto de su desarrollo, demuestra una de las tesis favo­ritas de Jean-Jacques. (Lanson)

Una Nueva Edad Media, Nicolás Berdiaev

[Novoé Srednevékov’e]. Obra del filósofo ruso Ni­colás Berdiaev (Nicolaevic Berd’aev, 1874- 1948), publicada en Berlín en 1924.

Éste es el libro con que el autor se dio a conocer. Para Berdiaev, la división clásica de la Historia en tres partes, Antigua, Media y Moderna, caerá muy pronto en desuso. La historia contemporánea concluye, y he aquí que comienza una nueva era desconocida, a la que será preciso dar un nombre. Asis­timos al final del Renacimiento.

El Rena­cimiento ha apartado al hombre de las fuentes espirituales a que le condujo la Edad Media; el Renacimiento ha negado completamente el hombre espiritual, para reemplazarle por el hombre exclusivamente natural; el humanismo no ha reforzado al hombre, al contrario, le ha debilitado. A través de su autoafirmación, el hombre en lugar de encontrarse se ha perdido a sí mismo.

De este modo se ilustra la dialéc­tica inmanente que rige toda la historia humana de autorrevelación en principio, de autonegación después, de los mismos principios que habían motivado su eclo­sión. En nuestro siglo llega a la cumbre la era humanista, y el hombre europeo se dirige a un estado de vacuidad terrible.

El ritmo de la historia, por otra parte, cambia, se precipita, se transforma en ca­tastrófico. La historia moderna es un in­tento que no ha alcanzado el éxito, que no ha glorificado al hombre como cabía es­perar; las promesas del humanismo no se han cumplido; el hombre experimenta una terrible fatiga, y está dispuesto a apoyarse en cualquier género de colectivismo que sea, en el que desaparezca definitivamente la individualidad humana.

El hombre no puede soportar ya por más tiempo su aban­dono y su soledad. Tal es el sentido de la revolución rusa y del comunismo, que re­velan las necesidades del hombre moder­no, sin llegar a aportar una – satisfacción ideal. El hombre, en efecto, ha sido arran­cado del centro religioso, al que había estado sometido a lo largo de toda la Edad Media; entregándose a este camino, le ha parecido al europeo de los tiempos moder­nos que, por primera vez, había descubier­to al hombre y al mundo del hombre, cons­treñidos por la Edad Media.

Tal experien­cia de la libertad era necesaria, pero el hombre natural separado del hombre espiritual no posee ya las fuentes inagotables para su creación, está llamado a agotarse, en este instante está ya agotado. La Edad Media había sabido preservar las fuerzas creadoras del hombre, que él jamás había separado de su alma; hoy, el hombre pe­netra, con su individualidad vaciada por el individualismo, en un porvenir desconocido.

Tiene la experiencia de la historia moder­na, esa experiencia de la libertad en la cual él hubiera debido, según el verdadero sen­tido del humanismo, aceptar a Dios; pero el individualismo extremo y el socialismo extremo son las dos únicas formas del des­arrollo del Renacimiento a las que el hom­bre moderno invoca en demanda de la sal­vación. Y así, después del fracaso del Renacimiento, de la Reforma, del Siglo de las Luces, del Individualismo y, finalmente, del Socialismo, es preciso volver a una nueva Edad Media.

Es una nueva sabiduría lo que predica Berdiaev, una sabiduría cris­tiana y gnóstica, cuya expresión social es la teocracia. El hombre debe reencontrar su alma, y la encontrará en el clima de Apocalipsis que caracteriza nuestra época; la volverá a encontrar por la constitución, incluso ignorándolo él mismo, de una nue­va síntesis religiosa, unificando las formas conocidas, expresando su esencia y condu­ciendo al hombre desamparado hacia el centro, ese centro que es a la vez el cen­tro del mundo, el centro del alma, y Dios.

Nueva Crónica y Buen Gobierno, Félix Gusmán Poma de Ayala

Obra de Félix Gusmán Poma de Ayala, escrita a principios del siglo XVII y no descubierta hasta 1908 entre los manus­critos de la Biblioteca Real de Copenha­gue.

El autor era un indio auténtico del Perú, cacique de Lucanas. Consta de más de mil páginas, embellecidas por numero­sos e ingenuos dibujos, interesantes por sus trajes. La parte más importante del libro, en el cual alternan poesías y cantos en pura lengua quechua (cantos y poesías de amor, para la danza, para la caza, para la recolección de las mieses), se refiere ante todo a la historia de la época inca y a la de los primeros años de la conquista es­pañola.

Durante unos treinta años, de 1583 a 1613, el indio Gusmán Poma, que posi­blemente ocupaba un cargo público, viajó por todo el Perú recogiendo material para su obra, escrita en un español bastante de­fectuoso y mezclado con muchos vocablos quechuas, y que, si bien dedicada al rey Felipe II, constituye, al igual de la del padre Las Casas, una defensa de los po­bres indígenas explotados y tiranizados por los conquistadores españoles.

El autor co­noce ya las obras de los cronistas que le precedieron, pero por su cuenta ha reco­gido sobre el terreno y de viva voz de sus connacionales, tradiciones y narraciones re­ferentes a la historia de los incas. Sabe dar la biografía de cada emperador y de sus mujeres, narra sus empresas y habla del régimen, de las leyes, de las condi­ciones en que vivían los súbditos del vasto imperio, las prácticas religiosas, las fiestas y los trajes de un pueblo que había llegado a un admirable grado de civilización y de cultura.

Gusmán Poma conoce también los personajes y ha recogido datos y noticias referentes a los acontecimientos que se su­cedieron en el Perú después de la llegada de Francisco Pizarro y de los conquista­dores, y habla de ello acompañando su na­rración con abundantes dibujos ilustrativos. Esto da a la obra su gran interés histórico, arqueológico y etnológico. En 1936, el Ins­tituto de Etnología de la Universidad de París publicó una edición en facsímil.

G. Mazzini

La Nueva Colonia, Luigi Pirandello

[La Nuova Co­lonia]. Comedia en tres actos de Luigi Pirandello (1867-1936), representada en 1926. Es el primero de los que el autor llama mitos, en un sentido extremado y abso­luto, como si los problemas en que él in­siste no constituyeran verdaderos mitos y una propia mitología: la soledad, los de­seos, la fragilidad del hombre.

Con todo, en esta Nueva colonia se encuentra su Re­pública (v.), su tentativa social. Considera vano todo ensueño de convivencia feliz; comunidad de hombres quiere decir maldad, lujuria, delito. Raras veces es posible re­sistir a la evasión como fácil esperanza. Un tropel de marineros decididos a huir de una vida miserable, resuelven hacerse a la mar y refugiarse en una isla desierta y abandonada por todos a causa de los te­rremotos que la sacuden; allí buscan aque­lla redención que los hombres les niegan.  Pero muy pronto sucede en la isla lo que está arraigado en el instinto del hombre: luchas por el poder, hurtos, traiciones, fu­gas; ni siquiera faltan la locura y la muer­te.

Sordos celos masculinos se desencadenan alrededor de Spera, una mujer de mala vida que los ha seguido, también para li­brarse de su pasado. Pero en aquella tris­te naturaleza nace el resplandor de la maternidad: como un símbolo vuelve a sus senos la leche para su hijo. Atraídas por la curiosidad, desembarcan otras mu­jeres en la isla, que se convierte en una morada de vicios, un hervidero de instin­tos.

A Spera no le llegan ya más que in­sultos; su amante, conquistado por la hija de un rico patrón de barcas, acaba aban­donándola y pretende llevarse al hijo. A un ruego desesperado de la mujer, el cielo interviene: la isla se hunde y sobre una roca no quedan más supervivientes que la madre y el hijo. Este milagro, primero del teatro pirandelliano, puede muy bien de­cirse que lo ha hecho un «deus ex machi­na» tan sólo para afirmar, en símbolos, la única salvación, que es la de la perpetuidad de la vida. Son muy vigorosas las raíces con las que Pirandello está aferrado a la esperanza de vivir.

No obstante, esta alegoría de la vida (que otra cosa no es este drama mítico), las artificiosas situaciones escénicas, los razonamientos, símbo­los y mitos resultan tan recargados que impiden a las palabras del poeta manifes­tarse púdicamente, en un íntimo silencio; prefieren el incesante clamor de la retóri­ca, aunque conserven a menudo reminis­cencias de figuras de ambiente campesino, referencias a personajes conocidos y a ele­vados símbolos.

G. Guerrieri