Nueva Geografía Universal, la Tierra y los Hombres, Jean- Jacques-Élisée Reclus

[Nouvelle géographie universelle, la terre et les hommes]. Gran­diosa obra geográfica del francés Jean- Jacques-Élisée Reclus (1830-1905), publica­da en numerosos volúmenes de 1875 a 1894.

La sencilla personalidad del autor, gene­roso soñador político y ciudadano integérrimo incluso en su destierro en Italia, se muestra plenamente en esta enciclopedia geográfica, que expone, también desde el punto de vista histórico y moral, la vida de los pueblos de la Tierra. Las amplias descripciones, la guía de los acontecimien­tos históricos, las referencias a la civili­zación -de los pueblos encuentran en la soberbia publicación la mejor invitación a la lectura: grabados, mapas en colores y gráficos ayudan a seguir el texto, siem­pre exacto y preciso.

La materia, aparen­temente desigual, por su independencia de los esquemas de la didáctica tradicional, está resuelta en torno a elementos decidi­damente científicos, y estudia los pueblos en el suelo y en su formación política, analizando su vida según motivos que los mismos acontecimientos ofrecen a la com­prensión de un juicio histórico. Así, el Me­diterráneo, en el ámbito de las edades clá­sicas, es el primer punto de referencia na­tural, la verdadera guía para la compren­sión de los propios elementos geográficos.

En este mismo aspecto son importantes los dos primeros volúmenes: el 1.° (de 1875), sobre Europa meridional, Grecia, Turquía, Rumania, Servia, Italia, España y Portugal, y el 2.° (de 1877), enteramente dedicado a Francia. De toda la obra se desprende un profundo pensamiento animador de la la­boriosa recopilación: el equilibrio entre el poder del hombre y la fuerza de la Natu­raleza.

En una enciclopedia tan monumen­tal, el autor, aun sirviéndose de sus nu­merosos viajes y estudios, no podía menos de recurrir a la ayuda de colaboradores: entre éstos fueron importantes sus herma­nos Michel-Élie, etnólogo (1827-1904), y Onésime, viajero (1837-1916). La Geografía Universal fue traducida a numerosos idio­mas y en todas partes encontró fieles lec­tores. [Trad. española de Francisco Coello y Martín Ferreiro (Madrid, 1888-1893) y también de Vicente Blasco Ibáñez (Valen­cia, s. a.)].

C. Cordié

Nueva Idea de la Tragedia Antigua o Ilustración al Libro de la Poética de Aristóteles

Obra del humanista español Jusepe Antonio González de Salas (1588- 1654), publicada en 1633. Es un comentario muy independiente de la Poética del estagirita, el cual se distingue por su espíritu de libertad y de amplitud en cuanto a la doctrina, y por la erudición de sus noticias sobre mil aspectos de la cultura clásica (Música, Histrionismo, Danza, Pantomima, etc.)—dicen los señores Hurtado y Gon­zález Palencia en su crítica literaria —; su obra, más que «idea de la tragedia antigua», es ilustración al libro de la Poética de Aris­tóteles, puesto que comenta esta preceptiva, pero no las obras de Esquilo, Sófocles ni Eurípides; su amplitud de criterio se ma­nifiesta respecto a las comedias españolas de su tiempo; véanse sus significativas pa­labras: «No crean haber de estar necesaria­mente ligados a los antiguos preceptos ri­gurosos.

Libre ha de ser su espíritu para poder alterar el arte, fundándose en leyes de naturaleza… El juiciosamente docto, con su madura observación, podrá alterar aque­lla Arte (se refiere a la Poética de Aris­tóteles), y mejorarlas, según la mudanza de las edades y la diferencia de los gustos, nunca los mismos… Comedias tenemos hoy de los griegos y de los latinos… que si se representaran en nuestros teatros… de nin­guna manera nos deleitaran…»

C. Conde

Nueva Jerusalén y su Doctrina Celeste, Emmanuel Swedenborg

[De nova Hierosolyma et ejus doctrina caelesti, ex auditis e coelo]. Este libro del filósofo sueco Emmanuel Swedenborg (1688-1772), apareció en Lon­dres, en 1758, en latín.

Fue traducido y publicado en francés por Le Bois des Gnays a mediados del siglo pasado. Swedenborg completa en La nueva Jerusalén la doctrina ya expuesta en los Arcanos ce­lestes (v.). Recuerda en primer lugar los puntos esenciales de aquella doctrina: la enseñanza de la Iglesia actual, que tiene su fundamento en la interpretación del sentido literal de la Escritura, es viciosa, debe desaparecer inmediatamente.

Con ella desaparecerá la Iglesia, que ha sido ya juz­gada y condenada a muerte. La interpre­tación simbólica de la Biblia reúne las visiones de la mística, y es sobre esta base que él entiende el cielo, al que llama el «Nuevo Cielo» y la «Nueva Tierra». La nueva Jerusalén representa sobre todo el aspecto político y moral de la doctrina de Swedenborg.

Moral y política, por otra parte, parecen confundirse en una misma cosa para él. Las reglas éticas propuestas en La nueva Jerusalén son las siguientes: leer y meditar a menudo la palabra de Dios; someterse a la voluntad de la Divina Providencia; observar en todo la decencia; tener constantemente la conciencia limpia; cumplir perfectamente las obligaciones pú­blicas y los deberes del cargo que se des­empeñe y ser en todo útil a la sociedad.

En cuanto a la aplicación política de estas re­glas, es tan pura y simple como las reglas mismas: el orden establecido por las leyes del universo físico apunta, sobre todo, a asegurar su propia conservación. Conviene lo mismo al mundo moral y al mundo po­lítico, que, por otra parte, constituyen, como se ha dicho, una misma cosa.

Para mantener las leyes en pleno vigor, se pre­cisa de las autoridades. Para mantener a las autoridades en los límites del derecho y de la razón, son necesarias las leyes. Así, la realeza está constituida por el rey, ro­deado de sus funcionarios; la realeza no reside en la persona. Es la ley la que atribuye al rey la realeza.

La ley debe ser hecha, no por el rey, sino por los sabios, hombres instruidos y piadosos; y el mismo rey deberá someterse a ella. La realeza con­sistirá en gobernar el reino de acuerdo con las leyes, que el mismo rey respetará en primer lugar. No puede menos que sor­prender el escuchar estas palabras pronun­ciadas en tiempos de Luis XIV.

Pero debe notarse, tras leer las últimas páginas de La nueva Jerusalén, que Swedenborg se contenta con codificar la práctica sueca que él podía admirar a diario. Esta doctrina moral y política seguirá siendo la doctrina cons­tante de Emmanuel Swedenborg.

Nueva Filosofía de la Naturaleza del Hombre no Conocida ni Alcanzada de los Grandes Filósofos Antiguos, la Cual Mejora la Vida y Salud Humana, Oliva Sabuco de Nantes

Obra de Oliva Sabuco de Nantes. En Madrid, 1587, apareció este libro singular. Hace poco se ha descubierto que no es obra de doña Oliva Sabuco, sino de su padre, el bachi­ller Miguel Sabuco (m. 1588), vecino de Alcaraz, que puso a su hija «por autor sólo para darle la honra».

El libro, im­portante por sí mismo, es un tratado de las pasiones en relación con la Fisiología, estableciendo un nuevo sistema que afirma no ser la sangre la que nutre nuestro cuerpo, opinión de todos los médicos de su época, sino el «suco nérveo» derramado del «cerebro», «causa y oficina de los humores de toda enfermedad». Pormenorizadamente analiza las distintas pasiones, origen de las dolencias y de la muerte, explicando sus causas y dando sus remedios.

Para la tris­teza recomienda la lectura, la música; para el miedo prescribe la alegría, el campo; el amor y deseo, el odio, la vergüenza, la congoja, la pereza — imagen de la muer­te—; el ocio, los celos, la esperanza, la alegría…, columnas son que sustentan la salud y la vida humana. «Feliz y dichoso es aquel que no le causan congoja las glo­rias perecederas del mundo, ni pone su estimación en el fausto mundanal, sino que pasa sus días en quietud, silencio, so­segado, sin obrar mal y con la alegría de una buena conciencia».

Termina con tres coloquios: sobre la compostura del mundo (meteorología), sobre los auxilios y reme­dios de la Medicina (medios higiénicos y curativos), sobre las cosas que mejoran el mundo y sus repúblicas. Entre otros asun­tos, pinta la inmoralidad de los pleitos, «perdición del mundo», y clama contra la Babilonia de las leyes. Todo ello escrito con soltura y amenidad, poblado de citas más o menos eruditas y de anécdotas o fá­bulas que la Antigüedad suministra con abundancia.

Al final del libro, que se lee aún hoy con agrado, pues quien lo com­puso se supo servir no sólo de sus cono­cimientos, sino de sus propias observacio­nes y experiencias, hay unas «sentencias breves» (Dicta Brevia Circa Naturam Hominis medicina fundamentum) «para poder­las llevar en la memoria», redactadas en latín.

La «tabla» de lo que contiene la obra de doña Oliva o de su padre, es la siguiente: un coloquio del conocimiento de sí mismo, en el cual se dan grandes avisos; por los cuales el hombre entenderá su na­turaleza, y sabrá las causas naturales por las que vive y por las que muere o enferma, y podrá evitar la muerte temprana, o vio­lenta, y podrá vivir feliz hasta llegar a la muerte natural de vejez, que se pasa sin dolor. ítem, un breve tratado de la compostura del mundo como está. ítem, las cosas que mejorarán este mundo, y sus repúblicas. ítem, remedios de la vera Medicina, con los cuales el hombre podrá entender, regir y conservar su salud.

Con­tiene más la vera Medicina, y vera Filo­sofía, oculta a los Antiguos, en dos diá­logos. ítem, dichos, y avisos breves, y paradojas notables, y de gran fruto. Anto­nio, Veronio y Rodonio, tres pastores filó­sofos en vida solitaria, son los que hablan y exponen ante el lector todo el sistema en que fundamenta el autor de la obra sus razones en defensa de la vida moral e higiénica, única fuente de verdadera sa­lud. Unos sonetos dedicados a doña Oliva por el licenciado don Juan de Sotomayor, vecino de la ciudad de Alcaraz, que debió creerla autora del interesante libro, preceden al mismo.

C. Conde

Nueva Filosofía Universal, Francesco Patrizi

[Nova de universis philosophia]. Obra filosófica en cuatro partes y 69 libros del huma­nista platónico Francesco Patrizi (1529- 1597), compuesta en 1589 y publicada en Ferrara en 1591.

La finalidad y el tema general de la amplia obra, cuyo ambicioso y fantástico subtítulo es: «… en la que, con método aristotélico, se asciende a la causa primera, no ya por el camino del movimiento, sino por el de la luz y de la iluminación, para llegar después, con método original de Patrizi, a la contempla­ción de la plena divinidad, y por último, con método platónico, la universalidad de las cosas es deducida del Dios creador», se pueden deducir mejor de la dedicatoria- prefacio a Gregorio XIV: «… ¿Por qué mo­tivo de la filosofía de Aristóteles se deben leer en los seminarios teológicos y en los conventos, en la misma Roma, aquellas partes que más hostiles son a Dios y a la Iglesia? ¿No hay acaso numerosos tra­tados favorables… como el escrito de Hermes (Trismegistos), que contiene más filo­sofía que toda la filosofía de Aristóteles?…

Muchos diálogos platónicos, como el Filebo (v.), el Timeo (v.), el Sofista (v.), Parménides (v.), Fedón (v.), se pueden leer sin peligro de impiedad, mejor dicho, con provecho para la piedad. Los libros de Plotino contienen toda una teología sagra­da, más que una filosofía». Y después de enumerar los escritos de Padres de la Iglesia platónicos, insinúa que a ellos se prefiere «la impiedad aristotélica» y que se hace por mera ignorancia del veneno que ella contiene.

 La idea fundamental de la obra es la platónico-estoico-mística del uni­verso animado y compenetrado por un soplo divino de vida y pensamiento, que penetra y vivifica todas las cosas; inspiración presentada, en la primera parte, «Panaugia» u «Omnilucentia», como reflejo de la luz ori­ginaria, divina y eterna, que llena todo el espacio infinito, en cuyo centro está el mun­do sensible, en torno al que viven los espíritus superiores; en la segunda parte, «Panarquia», como emanación de todos los espíritus individuales y cosas de la única fuente general, con fusión armónica de la multiplicidad con la unidad en la Divinidad «unomnia» (conceptos pitagóricos, neoplatónicos, cristianos; interpretación simbóli­ca platónica de la Trinidad; jerarquía des­cendiente de los seres); en la tercera parte, «Panpsiquia» (en contraste con el mismo neoplatonismo, que en la naturaleza mate­rial veía el elemento irracional y malo), como entusiástica exaltación de la naturaleza, expresión viva y plena de la razón divina, ya que si la Divinidad es el origen, único de todas las cosas, podrá haber una gradación en la perfección, pero todas las cosas, hasta su última derivación, serán ani­madas por la inteligencia divina, alma del mundo.

Panpsiquista como Telesio, el au­tor pone de manifiesto, contra la concep­ción medieval, que las negaba, las cuali­dades y actividades psíquicas de los ani­males, mejor dicho, de toda la materia llamada muerta, que por sí sola no podría existir. La conexión entre todos los movi­mientos y fenómenos del Universo sólo se puede explicar admitiendo un alma gene­ral — principio intermediario entre el puro espíritu y la materia corpórea — de un or­ganismo universal. Esta conexión está de­mostrada por vía filosófica en la última par­te, la más amplia de la obra: la «Pancomia», que trata especialmente de teorías astronómicas y meteorológicas.

Siendo la potencia divina infinita, también el espacio es infinito en acto, y el mundo en él contenido y a él posterior (contra la doctrina aristotélica del espacio límite de los cuer­pos) también es infinito. Contra el mismo Aristóteles, el cielo está compuesto de es­pacio, luz, calor, flúor, elementos infinitos comunes a todas las cosas finitas; y, estan­do desprovisto de dureza y solidez, no pue­den estar en él las estrellas fluidas, móviles como los pájaros del aire, e incandescentes. La Luz, energía universal creadora de la Naturaleza, procede inmediatamente de Dios, del que es el medio máximo y me­jor para crear, vivificar, alimentar, hacer visible y bello todo el universo.

Aunque sin aceptar completamente la teoría copernicana, el autor admite una especie de gravitación de todas las estrellas, especialmen­te la Tierra y la Luna, hacia el propio cen­tro alrededor del cual gira. Repudia de este modo el geocentrismo, y hace girar la Tie­rra alrededor del Sol, como la Luna alre­dedor de la Tierra, aunque con sus hipó­tesis consigue enturbiar el sencillo sistema de Copérnico. Windelband juzga la Nueva filosofía, «ejemplo típico de la confusión fantástica con que se enredaban en la men­te de los filósofos italianos los antiguos y los nuevos conceptos», en el siglo de Co­pérnico, Cardano, Giordano Bruno y Campanella. La obra va seguida por la edición, realizada por Patrizi, de veinte libros y fragmentos de Hermes Trismegistos; de tres libros de Asclepio, discípulo del mismo; de 320 Oráculos de Zoroastro, y por fin, de 14 libros de Mística egipcia y caldea.

G. Pioli