Nyāyasūtra, Aksapāda Gautama

Texto filosófico indio atribuido a Aksapāda Gautama, del que nada sabemos; la redacción definitiva es del siglo IV d. de C., pero algunos fragmentos son mucho más antiguos. Se expone el sis­tema «nyáya» o de la lógica india. Ésta se desarrolla después del budismo y es una consecuencia de las discusiones entre las varias escuelas del mismo. Los lógicos del «nyāya» distinguen dieciséis fases del ra­ciocinio: el medio de prueba, el objeto de la misma, la duda, la intención, el ejem­plo, la tesis, las premisas, la refutación por el absurdo, la determinación, la discu­sión, la disputa, la sutileza, el sofisma, los juegos de palabras, la objeción fútil, el punto débil.

La finalidad es el bien su­premo, es decir, la liberación del espíritu del error: de hecho, desaparecidos los de­fectos que vician el raciocinio, desaparece también la tentación de cometer acciones viciosas y por ello el peligro de la resu­rrección de la muerte y del dolor, conse­cuencia de aquéllas, según la doctrina del «Karma». Los seguidores del « nyāya » ad­miten cuatro principios de la verdad: la percepción, la inducción, la analogía y el testimonio (en particular, la autoridad de la revelación).

Por la inducción se puede pasar de la causa al efecto o viceversa, o bien da caracteres comunes, método que recuerda el de la concordancia de Stuart Mili. Los secuaces de esta escuela desarrollaron la lógica formal. El raciocinio modélico consta según ellos de cinco pro­posiciones: «En la montaña hay fuego» (afirmación), «porque en la montaña hay fuego» (razón); «Lo que despide humo es fuego: ejemplo, la hoguera» (ejemplo); «Éste es precisamente el caso presente» (aplicación al caso particular); «Luego es así» (resultado).

La tendencia del « nyāya » es empírica; sostiene al brahmanismo con­tra el budismo y combatió ásperamente el materialismo. El Nyāyasūtra se compone de cinco libros. Los dos primeros tratan de la lógica, de la teoría del conocimiento y de la dialéctica, el tercero de la psico­logía, el cuarto de la resurrección y de la liberación y el quinto es una adición pos­terior. Trad. inglesa (incompleta) de J. R. Ballantyne (Allahabad, 1850-53-54). Trad. alemana de W. Rubén (Leipzig, 1928).

A. M. Pizzagalli

El Nuncio Sidéreo, Galileo Galilei

[Sidereus Nuncius magna longeque admirabilia spectacula pandens, suspiciendaque proponens, etc.]. Obra de Galileo Galilei (1564-1642), publi­cada en Venecia en 1610.

Es una breve obra dedicada a Cosme II de Médicis, gran du­que de Toscana, en la que se describen los célebres descubrimientos hechos por Gali­leo observando el cielo con el anteojo que poco antes había inventado. El Nuncius, divulgado rápidamente en Toscana, atrajo de súbito la atención general, y Galileo hizo llegar uno de los primeros ejemplares, por medio de Juliano de Médicis, emba­jador toscano junto al emperador, a Kepler, matemático del césar, manifestándole al propio tiempo su deseo de que lo es­tudiase.

Kepler escribió pocos días des­pués su Dissertatio cum Nuncio Sidereo, impresa en Praga en el mismo año que el Nuncius. Comienza Galileo contando que en Bélgica se había construido un anteojo con el que las cosas lejanas podían verse muy de cerca; comenzó a estudiar el pro­blema y encontró rápidamente la solu­ción. Mientras que en la invención del anteojo fue precedido por otros, el prin­cipal mérito de Galileo radica en haberlo aplicado al cielo y en haber efectuado observaciones y descubrimientos astronómicos.

Así pudo descubrir que la luna no es per­fectamente lisa y esférica como se creía, sino que su superficie está cubierta de montañas, valles y cráteres. Explica cómo sus montañas reciben la luz del sol y calcu­la la altura de las más altas; cree que las grandes manchas obscuras son debidas a la presencia de agua, como en los mares de la Tierra, y advierte la falta de nubes. Con el telescopio observó Galileo un gran nú­mero de estrellas, demasiado débiles para verse a simple vista; en la constelación de las Pléyades registró 36 estrellas, en tanto que a simple vista se ven sólo seis.

Esta­blece la posición y forma de las nebulosas de Orion y del Pesebre y llega a resolver regiones nebulosas de la Vía Láctea que aparecen compuestas de innumerables es­trellas. Pero el descubrimiento mayor y el más sensacional de que da noticia en el Nuncius es el de los satélites de Júpiter, a los que llamó planetas Medíceos, en ho­nor y homenaje de sus protectores. El 7 de enero de 1610, Galileo, observando a Jú­piter con su anteojo, lo vio circundado de tres pequeñas estrellas; al día siguiente estas estrellas habían cambiado de posición en relación con Júpiter, pero no en el sen­tido en que se habría verificado su mo­vimiento propio como habría debido ocu­rrir si aquellos astros hubiesen sido estre­llas fijas.

Extrañado por este hecho, Gali­leo continuó asiduamente las observacio­nes, y dos noches después confirmó que aquellos astros se movían por su cuenta; así es que, después del 13 de enero, en que descubrió un cuarto, pudo comprobar que los cuatro nuevos astros no podían ser otra cosa que satélites animados de movi­mientos de revolución en torno de Jú­piter, que debía ocupar el centro del sis­tema. En el Nuncius, Galileo da cuenta ordenadamente de todas las configuraciones de este sistema observado por él noche tras noche hasta el 2 de marzo de aquel año y, mientras promete determinar en el fu­turo los tiempos de sus revoluciones, ter­mina su escrito explicando claramente có­mo los planetas Medíceos tienen las mismas características que la Luna respecto a la Tierra.

El descubrimiento de los saté­lites de Júpiter fue entonces particular­mente importante porque era una prueba de la falsedad de la doctrina de que sólo nuestra Tierra es centro de movimientos, y suministraba nuevos elementos para de­mostrar la verdad del sistema de Copérnico. El Nuncius, que despertó la admira­ción de algunos sabios, como Kepler, por otra parte suscitó una oposición manifes­tada en numerosos escritos polémicos. Des­de este momento, la lucha entre la con­cepción clásica del mundo y la concepción moderna entra en su fase más viva, que culminó veintidós años después con la apa­rición del Diálogo sobre los dos mayores sistemas del mundo (v.).

G. Abetti

Nunca Puede Saberse, George-Bernard Shaw

[You Never Can Tell]. Comedia en cuatro actos que forma parte de las Comedias agradables [Plays Pleasant, 1898], del dramaturgo y polemista inglés George-Bernard Shaw (1856-1950), representada por primera vez en Londres en 1897.

Mr. Valentine, joven dentista sin dinero, arranca su primera mue­la «pagada» y conoce así a los hijos de Mrs. Clandon, feminista, autora de varios trata­dos dogmáticos sobre las creencias, el buen tono, los niños, los padres del siglo XX, etc. Hace dieciocho años que Mrs. Clandon abandonó a su marido, irritada por su con­formismo y su pésimo carácter.

Ha educa­do a los hijos de acuerdo con sus principios ultramodernos. Valentine se enamora inmediatamente de Gloria, la hija mayor. Un almuerzo en el hotel que habitan reúne a Mrs. Clandon, a Valentine y a Mr. Crampton, el marido de Mrs. Clandon, cuyo nom­bre ignoran sus propios hijos. El almuerzo acaba muy mal.

Mr. Crampton está indig­nado con la educación de sus hijos, que le tratan como a un extraño, casi como a un enemigo. Valentine emprende el asedio de Gloria. Como explicará a Mrs. Clandon, el duelo de los sexos es semejante al del ca­ñón y la coraza: contra la muchacha aco­razada en su educación científica, el hom­bre prepara un ataque nuevo para «la mu­jer de los derechos de la mujer».

La for­taleza vacila y Gloria acepta la ruina de su orgullo, pero opone a Valentine la frial­dad y el desprecio. El doble conflicto se re­suelve en el último acto: el amor paterno acaba siendo más fuerte que el horror a los modales del siglo XX y el menor de los amores es más poderoso que todos los ra­zonamientos. Mr. Crampton aceptará a sus hijos tal cual son y Valentine se casará con Gloria.

Una figura típica del teatro de Shaw, la del mozo de hotel, fiel conocedor de sus deberes, de los ritos y los privile­gios de su función, padre de un hijo de­generado que se ha transformado en una figura del foro, aparece en los tres últimos actos, diciendo siempre la palabra precisa en el momento preciso y aportando la se­renidad que infunde su presencia. [Trad. castellana de Floreal Mázía, en el tomo Comedias agradables (Buenos Aires, 1951)].

Nunca Se Debe Jurar Nada, Alfred de Musset

[Il de faut jurer de rien]. Proverbio en tres actos de Alfred de Musset (1810-1857), publicado en 1836 y representado el 22 de junio de 1848.

El rico Van Buch quiere que su sobrino Valentin entre por la buena senda y contraiga matrimonio, e incluso le ha buscado ya una esposa, Cécile de Mantés. El joven ha jurado no casarse jamás porque no cree en la fidelidad de las mujeres; decide, sin embargo, que se casará con Cécile si la encuentra distinta de las de­más y capaz de resistir un cortejador. Así, pues, el tío va a casa de Cécile y comunica a la madre que su sobrino rechaza la pro­posición de matrimonio.

Después, Valentin, desconocido en la casa de Mantés, aparece pidiendo socorro ya que su coche ha vol­cado ante la puerta. Ésta es la estratagema ideada para iniciar el asedio. La doncella se conmueve, el joven continúa con su juego del que queda prisionero y pide a Cécile una entrevista. Ella no puede acu­dir. Pero invitada por segunda vez, en­cuentra el modo de llegar hasta Valentin. Y su gracia gentil y prudente vence todas las prevenciones del joven, satisfecho de perder la apuesta que hizo con su tío. Es uno de los más finos y completos «prover­bios» del autor, donde la virtud y la in­genua belleza triunfan del escepticismo en­tonces en boga.

Nos hallamos ante la vida real, en la sociedad moderna, y, sin em­bargo, la deliciosa figura de Cécile, la ma­dre buena y espiritual, y el recto y pin­toresco Van Buch crean un halo de grata poesía.

V. Lugli

Números, Moisés

[Wajedabber] Es el cuarto libro de la Sagrada Biblia, uno de los cinco del Pentateuco (v.) atribuido a Moisés. Fue llamado así por los alejandri­nos y la Vulgata (v. Biblia), porque sus primeros capítulos dan una relación de «toda la asamblea de los hijos de Israel se­gún su estirpe y sus casas». El nombre he­breo, como en los demás libros del Penta­teuco, no es más que la primera palabra del primer versículo. El libro comprende 36 capítulos y se divide en tres partes.

La primera parte (I, 1-X, 10) refiere los pre­parativos para la partida del Sinaí, o sea, el empadronamiento del pueblo y de los levitas, el orden de la tribu en las mar­chas, los oficios de los levitas; varias leyes relativas a las impurezas, a los réditos de los sacerdotes, a la consagración de los levitas, a la Pascua; las señales para las marchas, la nube, el fuego, las trompetas.

La segunda parte (X, 11-XXI, 35) trata del viaje del Sinaí a Moab, viaje que duró 38 años. Acerca de este período, desde la partida del Sinaí a la entrada en Canaán, la Biblia no dice casi nada. Sólo se nos refieren los acontecimientos que justifican la sentencia de reprobación que Dios pronunciará contra la generación que había sido liberada de la opresión de Egipto, im­pidiendo que ella entre en la Tierra Prome­tida. Cerca de cuarenta años después de la salida de Egipto, Israel reanudará su marcha hacia Canaán.

En el comienzo de la larga y fatigosa peregrinación muere Aarón en el monte Hor, no muy distante de Cades. La Transjordania es conquistada a mano armada. Entre los reyes vencidos figura Balac, rey de Moab, que, con los ancianos de Madián, más confiado en el poder de la magia que en el valor de sus guerreros, mandó llamar al adivino Balaam, el cual es obligado por una fuerza divina a bendecir a Israel, en lugar de maldecirlo.

De Balaam, politeísta y extranjero, es el oráculo mesiánico, pronunciado con­tra su voluntad: «Aparecerá una estrella de Jacob y surgirá un cetro de Israel». La tercera parte (XXII, 1-XXXVI, 13), además del oráculo de Balaam y algunas nuevas disposiciones para los sacrificios y las fies­tas, nos habla de la victoria de Israel sobre los madianitas, del gran botín cobrado y de la división del territorio al este del Jordán. Este libro comprende un período de algo más de treinta y ocho años.

El hecho religioso más destacado es el vati­cinio de Balaam; otro hecho, muy notable por su significado religioso, es el de la ser­piente de bronce, fabricada por Moisés para la liberación y curación de las heridas cau­sadas por las serpientes venenosas del de­sierto: la serpiente de bronce es figura de Jesucristo (v. Evangelio de San Juan, III, 14-15). Literariamente, este libro es notable porque en los capítulos XXI-XXIV nos han sido conservadas muestras de antiquísimos cantos populares.

G. Boson