Numa Rumestan, Alphonse Daudet

[Nouma Roumestan]. Novela de Alphonse Daudet (1840-1897), pu­blicada en 1880. Es una novela de costum­bres de género «parisiense», salvo que esta vez el autor, tomando como asunto un provenzal trasplantado a la metrópoli, aseguró por este solo hecho mayor vitalidad a la narración.

Numa Rumestan es una especie de Tartarín (v.) de origen popular, que sin embargo está dotado de las tradicionales cualidades de encendida fantasía, gran lo­cuacidad, capacidad comunicativa e innata cordialidad, propias del «hombre del Me­diodía», y se convierte en una especie de pintoresco advenedizo. En la nueva Francia republicana, Numa, dándose a la carrera política, supera todos los obstáculos y logra sin demasiada fatiga los más altos cargos.

No falta una visión satírica más bien su­perficial de las costumbres políticas de la Tercera República, ni un hábil juego de contrastes entre la provincia y la capital. Pero las páginas más elocuentes de la na­rración son sobre todo las que tienen al protagonista por objeto inmediato, y se de­tienen a describir con agudeza compla­ciente la figura llena de color del advenedi­zo bonachón, del mixtificador casi ingenuo y por lo mismo más peligroso, del intrigante que, a pesar de todo, logra ser hasta el fin «un excelente muchacho», y otros tipos trazados con no menor soltura. [Trad. espa­ñola anónima, Madrid, 1882].

M. Bonfantini

Nunca Es Tarde Para Reparar, Charles Reade

[It is Never too Late to Mend]. Novela de Charles Reade (1814-1884), publicada en 1856, que deriva de la comedia ¡Oro! [Gold!], del mismo autor (1853). Su trama sigue dos vidas diferentes: la de un joven que emigra a Australia para ganar las li­bras esterlinas por medio de las cuales conseguirá que el padre de la mujer que él ama consienta en su matrimonio, y que llega a obtenerlas a pesar de las maquina­ciones del usurero Meadows; y la de un ladrón condenado a presidio y deportado.

Reade se sirve de las aventuras de ambos para describir los peligros de la vida de los mineros australianos durante la época de la fiebre del oro y para romper una lanza en contra de los abusos del sistema penitenciario inglés. El inmenso material recogido por Reade, por otra parte, le permite crear aquí la atmósfera y ambiente necesarios para darnos una viva pintura de los lugares de que habla. Su arte es arte por acumulación, que él quiere trans­formar en realidad mediante la exactitud del relato, avivada por una fantasía nada común.

A. Camerino

Numancia o El cerco de Numancia, Miguel de Cervantes Saavedra

Tra­gedia de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), en cuatro jornadas o actos, en verso, compuesta en Madrid entre 1581 y- 1583 e impresa en 1784.

Trata de la toma y destrucción de la ciudad celtíbera por Escipión Emiliano en 133 a. de C. La fuente inmediata de Cervantes es la des­cripción hecha (libro VIII, cap. 7-10) en la continuación de la Crónica de Ocampo, publicada entonces (1574 y sig.) por el historiador Ambrosio de Morales. Contra la ciudad rebelde, el Senado envía a Escipión que, llegado junto con su hermano Quinto Fabio, con Cayo Mario y Yugurta, se pre­para a sitiarla.

Reprocha la debilidad de los soldados y rechaza una embajada de los numantinos que va a tratar con el ge­neral una rendición honrosa; pero Esci­pión quiere tomar la ciudad para su triun­fo. A los numantinos, agotados por el ham­bre, se les ocurre confiar la decisión de la guerra a un singular combate entre el campeón numantino y un romano. Los sacerdotes numantinos obtienen augurios desfavorables, y el hechicero Marquino re­sucita a un joven que también predice la ruina de la ciudad.

Sin embargo, uno de los gobernadores, Caravino, ofrece el com­bate de los dos campeones a Escipión, que lo rechaza. Los numantinos deciden salir contra el enemigo, pero les retienen las mujeres. Entonces queman todos sus bie­nes, y los hombres matan a mujeres e hijos y luego se suicidan; cuando Escipión entra en la ciudad, encuentra un pueblo de muertos: el único superviviente, el mucha­cho Viriato, para no caer vivo en manos romanas y no servir al triunfo del cau­dillo, se precipita desde lo alto de una torre; un episodio que quizá Cervantes sacó de un «romance» popular: De cómo Cipión destruyó Numancia.

El drama es indudable­mente la mejor obra teatral de Cervantes y, en el período de los entusiasmos román­ticos, pudo reclamar por parte de muchos críticos el parangón con las mayores obras maestras del teatro antiguo y contemporá­neo. Se ha hablado de Esquilo, de Marlowe y de Shakespeare, pero la única influencia decisiva puede reconocerse en la tragedia de Séneca, aunque transformada a través de Virués.

Los parecidos con Los persas (v.) son sencillamente de situación: en Cer­vantes, como en Esquilo, se trata de la tragedia de una ciudad. Pero en Numan­cia el elemento coral está más acentua­do y ningún personaje toma relieve; las patéticas figuras de los héroes y de las madres tienen el mismo carácter sumario que las alegorías de España, del Duero, de la Guerra, del Hambre, etc.

Sin embargo, la tragedia, espectacular e impetuosa (son famosos los episodios del sortilegio de Mar- quino, de la muerte de Manandró a los pies de Lira, de Teógenes, etc.), tiene una belleza que no dejó de influir en el tea­tro contemporáneo y recabó los elogios de la crítica romántica: Shelley, los Schlegel, Humboldt, Goethe, Sismondi, Schopenhauer, etc.

C. Capasso

No hay en esta obra, lo confieso, poesía verdaderamente digna de tal nombre; pero la propiedad del lenguaje y la armonía de la versificación son lo bastante grandes para hacerse aceptar como poesía. (Shelley)

He leído la Numancia de Cervantes con gran placer.   (Goethe)

El suicidio de todo un pueblo — eso es lo que ha pintado Cervantes—. ¿Todo está perdido? Nos queda solamente la vuelta a las raíces de la naturaleza. (Schopenhauer)

Un Nuevo Tipo de Rayos, Wilhelm Conrad Röntgen

[Eine neue Art von Strahlen]. Obra de Wilhelm Conrad Röntgen (1845-1923), publicada en «Sitzungsberichte der Würzburger Physikalische Medische Gesellschaft» en diciembre de 1895-marzo de 1896.

La publicación de esta obra suscitó una gran conmoción, y no solamente en el mundo científico. Róntgen anunciaba el descubrimiento de los rayos que llamó X y que luego tomaron su nom­bre. El autor inicia su memoria describien­do la experiencia que le llevó al descubri­miento: acercando un papel recubierto de platinocianuro de bario a un tubo de rayos catódicos rodeado de una pantalla de papel negro, el papel fluorescente presentaba en una habitación obscura una vivísima fluores­cencia que seguía manifestándose cuando el papel se alejaba dos metros del tubo.

Röntgen describe luego las numerosas ex­periencias efectuadas con sus rayos; la fluorescencia excitada por los mismos rayos a través de una pantalla negra revela la transparencia de dicha pantalla para tales radiaciones y el autor observa que muchas sustancias, además del papel, son transpa­rentes a los rayos X: trozos de madera, el cristal, el gas, el agua y otros líquidos. También respecto a la transparencia de los metales se describen minuciosos estudios sistemáticos, con los que demuestra que cada metal simple ofrece transparencias di­versas según su espesor y advierte que el plomo es el cuerpo más opaco, pues basta un espesor mínimo (1,05 mm.) para absor­ber la radiación. Las sales metálicas sólidas o en solución se comportan como los mis­mos metales.

Pero también otro hecho fue advertido por Röntgen: colocando la mano entre el tubo y la pantalla fluorescente, los huesos proyectan sobre ésta una sombra densa, mientras que los tejidos que los rodean sólo aparecen muy tenuemente. Era la base de una futura e importantísima rama de la Medicina: el «röntgendiagnóstico». Röntgen sospechó que los rayos X fuesen de naturaleza electromagnética, pero no consiguió demostrarlo; por ello habló de rayos X, es decir, de rayos de naturaleza desconocida. Para demostrar que los ra­yos X son de la misma naturaleza que la luz, habían de emplearse los retículos cristalinos (experiencia de Laue, efectuada por Friedrich y Knipping).

O. Bertoli

Nulidad Científica de la Jurisprudencia, Julius Hermann von Kirchmann

[Die Wertlosigkeit der Jurisprudenz ais Wissenschaft]. Conocidísima obrita de Julius Hermann von Kirchmann (1802-1884), aparecida en Berlín en 1847-48.

Se niega en ella contenido y valor cientí­fico a la ciencia jurídica. El principal argu­mento está extraído de una investigación en torno al objeto de esta presunta ciencia: el derecho, que en su esencial mutabilidad, no puede detenerse nunca para ser objeto de estudio. Su extraordinaria evolución ja­más permite verlo desde fuera, y de ahí la predilección por el conocimiento de las instituciones jurídicas del pasado: el lazo del derecho con el tiempo para el que exis­te, quita al jurista la imparcialidad, por lo que mezcla a su trabajo pasión y senti­miento, que son, por definición, anticientí­ficos; pero, sobre todo, es cierto que la ley positiva sobre la que el jurista actúa no responde a ningún principio estable ni superior, vale por lo que vale y es con­tingente y, en cuanto la ciencia hace su objeto de lo contingente, se vuelve ella misma contingente: «Una palabra del le­gislador, y bibliotecas enteras se convierten en papel mojado».

El autor agrava el no reconocimiento del valor científico de la jurisprudencia contraponiendo la ciencia del derecho a la ciencia de la naturaleza, dirigida a descubrir principios constantes, y niega además a la primera la capacidad de captar la riqueza de las formaciones espontáneas de la vida de relación. Para imponerse como ciencia, la jurisprudencia ha de caer en sofismas y argucias, y enton­ces, haciendo artificiosas las disposiciones normativas, se hace dañosa para el cono­cimiento del derecho cuando no hace nacer incluso un sentimiento de hostilidad bastante nefasto para su desarrollo.

El duro escrito de Kirchmann está inspirado por las deficiencias de la jurisprudencia en su épo­ca, y puede considerarse superado respecto al nivel actual de los estudios jurídicos; sin embargo, ha dado motivo para disqui­siciones en torno a la validez y consisten­cia de la ciencia jurídica que continúan siendo vigentes.

A. Amorth