Odas Navales, Gabriele D’Annunzio

[Odi navali]. Poesías de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), que figuran con título propio inmediatamente después del Poema paradisíaco (v.), publi­cado en 1893, seguramente para servir de contraste a la blandura excesivamente lán­guida de aquel poema.

En esta obra se re­afirman, como tema, los intereses políticos que ya habían dado origen a las obras na­vales del volumen La armada de Italia [L’armata d’Italia]; pero, en la búsqueda de un tono que líricamente los justifique, oscilan bastante indignamente entre el pro­saísmo del Poema paradisíaco (con solu­ciones que llegan a recordar a Betteioni) y tonos encomiásticos de pobre efecto, cuando no toman, como «In memoriam», es­trofas enteras de Whitman.

Importante libro en la historia del futuro hombre político, poéticamente es aún más pobre que el poema que acompaña, y a lo más sirve tan sólo para confirmar aquella experiencia de búsquedas sintácticas y métricas. Las Odas navales fueron incluidas más tarde en el volumen El huerto y la proa (1930), de la Edición Nacional de las obras de D’An­nunzio. E. D. Michelis

Quienquiera que lea una sola de aquellas composiciones se siente ofendido por la vanidad verbal y por el esfuerzo de buscar un sentimiento que fuera de la retórica no consigue hacerse «palabra». (F. Flora)

Odas en su Honor, Paul Verlaine

[Odes en son hon­neur]. Colección de fragmentos de poesías de Paul Verlaine (1844-1896), publicada en París en 1893.

Es el complemento del flo­rilegio titulado Canciones para ella. Cauti­vado completamente por la mujer, Verlaine menosprecia su antiguo misticismo y acep­ta gallardamente pecar contra el Señor. Deseoso de cantar a su dueña Eugénie realiza el inventario de sus encantos dejan­do el campo libre a su humor libertino: «Pero tras las maravillas / Que no tienen igual/De sus espaldas y de su seno/Es pre­ciso en otro estilo/Trazar una bella oda/Al glorioso sexo».

La descripción de este cuerpo está lejos de excluir todo sentimiento: «Fuiste a menudo cruel/A veces incluso injusta/Pero qué importa, hermosa mía/Si sólo en ti creo». Pero es cierto que pronto se impone de nuevo el espíritu lúbrico: «Muslos tan excelentes y bien formados/Des- de su nacimiento hasta el fin/Más blancos que la rosa de té/La parte mejor de mis pen­samientos». El texto completo vuelve en va­rias ocasiones sobre el tema.

Pueden apre­ciarse las numerosas variantes que revela el manuscrito original. Pero a pesar de lo muy’ elaborada que está la obra no deja de ser mediocre. Es preciso añadir, sin em­bargo, que en ciertas ocasiones da testimo­nio de una espontaneidad lírica muy propia a evocar el recuerdo de François Villon.

Odas de Salomón, J. Rendel Harris

En 1909 el conocido erudito en literaturas orientales J. Rendel Harris publicaba, tomándolas de un códice siriaco que él indicaba vagamente haber sido descubierto en las cercanías del Tigris, una colección de cantos cristianos de co­mienzos del siglo II que, según una moda muy difundida en el primitivo mundo cris­tiano, se presentaba con la indicación de Odas de Salomón.

La edición que dio de ellas Rendel Harris es cuidadísima. En el mismo códice de las Odas y como continua­ción, se añadía la colección, conocida du­rante mucho tiempo en su texto original griego, de los dieciocho Salmos de Salomón, que aquí son numerados a continuación de las odas, con numeración única para am­bos.

Posteriormente se descubrieron otros códices en el Museo Británico y en la Uni­versidad de Cambridge de esta colección única de los Salmos de Salomón, en la cual, sin embargo, según norma de testimonios irrecusables de la antigua literatura cristiana, es menester hacer una distinción entre Salmos y Odas.

Los Salmos son una obra pseudoepigráfica del judaísmo helenístico. Las Odas de Salomón son un himnario típi­camente cristiano. Una literatura copiosísi­ma se desarrolló acto seguido en torno al precioso documento descubierto.

Todos los eruditos que examinaron el documento coin­cidieron en fijar la fecha de composición a principios del siglo II. Una sensible diver­gencia surgió sobre todo en la manera de considerar la orientación de aquel escrito.

Se discutía sobre todo si aquella colección debía ser atribuida a un autor único o si, por el contrario, había que reconocer en él la inspiración de varios cantores. La tesis de la unidad predominó, ¿pero a qué co­rriente religiosa referirla? Las poesías fue­ron descritas como judeocristianas; como inicialmente judaicas, refundidas y trans­formadas en sentido cristiano; como helenisticocristianas; como animadas de espíritu doceta o montanista; como gnósticas; como cantos misticolitúrgicos destinados a la celebración del rito bautismal; como bro­tados del ambiente teológico alejandrino.

Buonaiuti defendió la tesis de que se tra­taba de cantos francamente gnósticos e in­cluso que su autor debió de ser uno de los más insignes maestros de la gnosis cristiana del siglo II, Valentino, o por lo menos uno de sus inmediatos y fieles discípulos. En el himnario se observan en realidad los fun­damentales conceptos cosmológicos, antro­pológicos y soteriológicos de la gnosis cris­tiana.

Sea como fuere, se trata de fragmen­tos poéticos de altísima inspiración religio­sa, que han venido a atestiguar eficazmente acerca de la acción desplegada por la gno­sis, en el desarrollo de la liturgia y de la simbólica, en el seno de la cristiandad del siglo II.

E. Buonaiuti

Odas e Himnos, Giovanni Pascoli

[Odi e Inni]. Es el libro de Giovanni Pascoli (1855- 1912) más representativo de su poesía his­tórica y civil, según una aspiración, que databa de años, de dar a Italia una lírica pindárica o coral propia, y que tiene sus lejanos precedentes en algunas composicio­nes juveniles.

Se publicó en 1906, y en 1913 con notables adiciones. Pero hay en ella poesías de otro contenido, ligadas a las he­roicas más que por el sentimiento gene­ral de la omnipresencia del dolor y de la muerte o por una ley superior inmanente a la vida que exige el renunciamiento al odio, al egoísmo, por una razón formal de métrica: los metros tradicionales son sus­tituidos por los antiguos, es decir, los usa­dos por Horacio en las Odas (v.), por Pin­daro en los Himnos (v.); de aquí surgen las composiciones estróficas y la adaptación del verso a las reglas de la cantidad. Ni siquiera se encuentra una diferenciación real de tono entre la poesía histórica de las Odas y la de los Himnos.

Junto, pues, a composicio­nes simbolistas sobre plantas, flores, pájaros, encontramos otras en el tono de los Peque­ños poemas [Poemetti] (v.): «En la prisión de Ginebra» [«Nel carcere di Ginevra»], ex­traordinariamente importante, porque en el monólogo del anarquista Luccheni, mientras medita su delito — el regicidio de la empe­ratriz Isabel—, se refleja la crisis psicoló­gica de Pascoli después de su encarcela­miento; «El cometa de Halley» [«La cometa di Halley»] y «El negro de Saint-Pierre» [«II negro di Saint-Pierre»], de inspiración cósmica; y en el tono de los Poemas con­vivales (v.) : «El deber» [«Il dovere»], que insiste en un tema del «Escudo de Aquiles» [«Cetra d’Achille»] (uno de los caballos de Aquiles predice al héroe su próxima muerte y a pesar de eso él la afronta) y «El re­tomo» [«Il ritorno»], verdadero precedente del «último viaje» [«Ultimo viaggio»], en donde el mito del retorno a Itaca está en cierto modo modernizado: Ulises, viejo, no reconoce su patria y lamenta la juventud perdida.

El tono del libro y de la poesía histórica es debido principalmente a la pri­mera oda, «La piqueta» [«La piccozza»]; en ella el poeta, después de haber ascen­dido totalmente solo a la cúspide del monte, donde es bello permanecer, desde allí indica a los hombres los caminos del renunciamiento y de la gloria. El libro está por esto dedicado a los jóvenes, puros de odio y de egoísmos, en sus sueños de ideal, más allá de la vida.

El poeta se convierte así en vengador y vate de la Italia del mañana bajo el signo de sus héroes. Y por esto su poesía no es acción, es contemplación; mira la historia desde una suprema «cumbre de la verdad», y puesto que esto no se con­creta en una doctrina filosófica precisa, la poesía pierde con ello su vigor, se desme­nuza en detalles y se desvanece también en la abstracción del símbolo, se hace mito­logía, sermón: véase la oda garibaldina «A Manlio», que se evapora en una idea de justicia universal.

Resulta mejor como poeta en la inspiración social, como en «A los héroes del Simplón» [«Agli eroi del Sempione»], realista e histórica en su ad­mirada y doliente celebración de las «he­roicas turbas» de obreros italianos en el extranjero» o en su inspiración mística, en el sentido de «La piccozza», así como en «Chavez», «El duque de los Abruzzi» y es­pecialmente «Andrée», el aviador que voló sobre el Polo.

Prevalece, en cambio, el pintoresquismo en el grupo de odas afri­canas: «La caída de la hoja» [«La sfoglia- tura»], «A Ciapin», «Banquete de sombras» [«Convito d’ombre»] y el conceptismo simbolista en las aproximaciones osadas y antihistóricas del «Himno secular a Mazzini» [«Inno secolare a Mazzini»], visto como una encarnación del genio de su raza; «Al madroño» [«Al corbezzolo»], el árbol itálico tomado ya como símbolo por Pal­lante, adornado con sus ramas, como con una bandera italiana, pero con una inspira­ción que aquí se hace más cálida en su retorno a la poesía de Virgilio y de la na­turaleza.

C. Gundolf

Lo mejor del arte de Pascoli reside en su reducción a fragmentos, en su descomposi­ción en elementos constitutivos. (B. Croce)

No es posible acabar de descubrir las ocul­tas relaciones de rimas y de asonancias, las desarticulaciones y enlaces de ritmos, las simetrías de estrofas y de versos, el juego de las aliteraciones, las progresiones que van desde el tono discursivo al temple lírico y retórico. (A. Baldini)

Odas, Simónides

Un centenar de frag­mentos, en su mayoría de pocos versos e incluso de pocas palabras, es todo lo que nos queda de la vasta y diversa producción poética de Simónides de Quíos (556-468 a. de C., aproximadamente).

Literato de pro­fesión, Simónides adoptó su ingenio fino y vario a las exigencias de los ambientes que frecuentó durante su larga vida aventurera, ya en las cortes de los tiranos de Tesalia y de Sicilia, ya en la democrática Atenas de Temístocles.

Se le clasifica tradicional­mente entre los poetas corales, y, en efec­to, en las formas dorizantes de los coros líricos compuso encomios de príncipes, epi­nicios para atletas vencedores, himnos para fiestas religiosas y, especialmente, cantos fúnebres («threnoi»), celebrados por su pa­tetismo. Pero en realidad trató con éxito casi todas las formas líricas entonces en uso: elegías, yambos, escolios (canciones de banquete).

Fue llamado el precursor de los sofistas, a los cuales se asemeja, entre otras cosas, por cierto escepticismo y rela­tivismo moral, por lo que pudo interpretar con igual acierto expresivo tendencias va­rias y tal vez íntimamente dispares: por eso se le opuso al aristocrático Píndaro, que habla de igual a igual con los grandes de la tierra e impone con severa coherencia su propio concepto de la vida.

Documento de la filosofía sofística de Simónides es el escolio a ‘Escopas, citado e interpretado con minuciosidad semiseria en el Protágoras (v.) platónico: «No existe el hombre perfecto… Yo alabo y amo a todo el que no haga voluntariamente nada vil.

Pero contra la fatalidad ni los dioses combaten… Es innumerable la raza de los estúpidos, y ya es harto bello aquello con lo que, por lo menos, no hay mezclado nada feo» (fr. 4). Simónides sabía alternar con las sutilezas conceptuales la suavidad y la in­tensidad de sentimiento tal como palpita todavía en la conmovedora pintura de Danae, abandonada con el pequeño Perseo sobre el mar tempestuoso (fr. 13).

Su enco­mio para los muertos de las Termopilas, aun en los pocos versos que de él quedan (fr. 5), es un ejemplo famoso de poesía celebrativa. Su capacidad de esculpir y representar con pocas frases la imagen de un acontecimiento o de un personaje fue aprovechada por Simónides en los epigramas, género de poe­sía en el cual alcanzó fama singular. No es fácil identificar los auténticos entre los muchos que le fueron atribuidos; de todas maneras son muy célebres los que conmemoran las glorias de las guerras persas (fr. 83, 88, 90, 91, 92, etc.).

A. Brambilla