Odas, August von Platen-Hallermünde

[Oden]. La primera co­lección de odas del poeta alemán August von Platen-Hallermünde (1796-1835), escri­tas en la antigua métrica clásica y siguiendo sobre todo el modelo horaciano, fue publicada en 1828 y recogía 18 odas, que se convirtieron en 38 en la segunda colección de 1834, y en 42 en la edición crítica de sus Obras [Sämtliche Werke, ed. M. Kock y E. Petze].

Entre las odas pueden distinguirse las de tema italiano y las dedicadas a per­sonajes alemanes o de índole puramente subjetiva o política. El poeta siente una franca admiración por las antiguas glorias italianas: así en la oda «Florencia», donde canta la belleza de la antigua ciudad, y en las que expresan sus impresiones sobre Roma, entre ellas la asclepiadea «Torre de Nerón», la pindárica «Despedida de Roma», «La pirámide de Cayo Cestio», tan admirada por Carducci, etc.

Las odas representan un momento esencial en la historia de la «poe­sía extranjera sobre Italia», del siglo XIX, el momento en que a la «poesía de la natu­raleza», a la «del clasicismo» y a la de la «Edad Media católica» se añade y a menudo se sobrepone una universal «poesía de la historia»; «en Roma vemos desarrollarse ante nuestros ojos la historia del mundo». La Italia antigua y la Italia medieval se integran así con la Italia del Renacimiento, de tal manera que Burckhardt, en un cé­lebre soneto, saludó a Platen como a su pre­cursor.

Las odas dedicadas a August Kopisch nos dan, en cambio, una cálida imagen de la hermosa amistad que unía a estos dos entusiastas del arte que, en sus excursiones por el golfo de Nápoles, se abandonaban al goce de la contemplación de la naturaleza; otras están dirigidas a italianos que habían abierto al poeta sus hospitalarias casas, como la condesa Pieri de Siena, y en muchos puntos se nota la impetuosa participación de Platen en las pasiones y los acontecimien­tos del «Risorgimento» italiano.

Entre las odas dirigidas a personajes alemanes, la primera, dedicada «Al rey Luis I» de Baviera en ocasión de su ascensión al trono, señala la separación completa del poeta de la manera romántica y su definitiva profe­sión de fe en el clasicismo. En esta oda, de línea purísima, Platen expresa las esperan­zas que había puesto en el gobierno de Luis I y ensalza su noble espíritu y su inte­ligente comprensión de la libertad humana, rogándole que continúe siendo el protector de la paz y del arte.

Una oda interesante por su contenido es la dedicada «A Goethe», a cuyo arte, distante y sereno, elevado a una olímpica calma, Platen opone su propio arte, nacido de una difícil superación de las luchas y tempestades de la vida. El esta­llido de la Revolución francesa de 1830 inspiró a Platen la oda «A Carlos X», que inicia una serie de poesías políticas en las cuales vibra su entusiasmo por la libertad («Soberano y pueblo», «El héroe venidero»).

Por otra parte, Platen compartió con Byron el odio a los rusos; así, en la oda «Casandra» hay una carta de desafío contra «el gigantes­co monstruo del Norte» que la pasión por la libertad tiñe de una cierta melancolía. Como se ve, los temas son variados y vivos, tra­tados con inspiración muy personal, del mismo modo que es personal la forma y el estilo. Ya Klopstock había hecho revivir en la lengua alemana los metros de las Odas (v.) de Horacio; pero de un modo casi siempre aproximado y sin renunciar jamás enteramente al «tono cantable» de la poesía del siglo.

El sentido de los valores cuanti­tativos de la palabra y el dominio de las formas métricas clásicas presentan, por el contrario, en Platen una soberana seguridad; su estilo no tiende ya hacia el «canto», sino hacia la «plasticidad». El resultado es una poesía toda saltos y relieves, con profundidad de perspectiva

.La atención a la forma es tan intensa que puede ofrecer a veces cierta apariencia de frialdad. Pero es a menudo una impresión arbitraria, debida a la ausencia de efusiones subjetivas. Todo tiende a resolverse en objetividad de repre­sentación, en evidencia representativa, en relieve escultórico.

A. Feldstein

Odas, Pierre Ronsard

 

[Odes]. Famosa colec­ción de poesías en la que Pierre Ronsard (1524-1589), según los ideales de la nueva escuela poética francesa, la Pléyade, de­clara la guerra a la tradición medieval y sigue los grandes modelos de Horacio y de Píndaro.

Esa gloria quiere reivindicar para sí (aunque tal vez se equivoque) en su prefacio a los Cuatro primeros libros de las Odas [Les quatre premiers livres des Odes], publicados en 1550 junto con el bosquecillo real (v.), mientras un quinto libro se publicaba en 1552, con los Amores (v.).

Las odas pindáricas, en que celebra a los más grandes personajes de su tiempo, concedieron gloria a su autor; más tarde, en cambio, esta parte de su obra parecerá más defectuosa.

Famosísima es la oda «Á Michel de l’Hospital». Pero las mejores poesías de la colección son las escritas en estrofas breves y musicales, al modo de Horacio, en su mayoría elegiacas y refina­das, y las descripciones de la naturaleza y de hermosos sentimientos.

Entre las más bellas odas menores se recuerdan las dedi­cadas a la Fuente Bellerie y al bosque de Gátine (una de las Elegías (v.) del mismo Ronsard está escrita en su honor) y la referente a la elección de su propio sepultación y el afanoso sucederse de los sín­tomas revelan la pasión del alma en toda su desnudez.

Con angustiada plegaria la poetisa se dirige, en la otra oda, a Afrodita, para que la socorra en su pena amorosa; y en casi todos los fragmentos conserva­dos el amor es el motivo dominante de esta poesía. Mucho se ha discutido sobre la na­turaleza de este amor, porque Safo se refiere exclusivamente a muchachas; en todo caso hay que tener presente que aquellas mu­chachas eran sus discípulas, hijas de nobles familias, que la costumbre eólica, más libre que la jónica en cuanto a la mujer, quería que se educaran en la poesía y en la mú­sica no menos que los hombres.

Las discí­pulas se reunían en torno a la poetisa, y así nacían vínculos sentimentales que el re­greso a la casa paterna y el matrimonio rompían dolorosamente. Safo se tortura, al recordar la separación, con una intensidad de pasión que constituye en verdad un pro­blema psicológico (fr. 96) y evoca a las ausentes con encantadora suavidad de imá­genes y de tonos (fr. 98). El sentimiento de la naturaleza es otro de los temas de Safo.

El plenilunio (4, 88, 98), un jardín en que murmuran las aguas (5), la media­noche (94), las flores, los pájaros, alusiones fugitivas en comparaciones y en imágenes dispersas, se imprimen en el recuerdo de sus versos con fuerza sugestiva innegable, aunque difícil de analizar. Safo no describe; evoca las cosas sencillamente por su nom­bre, pero con un toque tan neto y feliz que nace de ellos todo un paisaje, vivo y expresivo como un estado de ánimo. Tal vez el encanto de aquella poesía se acreciente por su mismo estado fragmentario. Inspirada por un temperamento puramente lírico, en­cerrada en una esfera de sentimientos típi­camente femeninos, el arte de Safo gana en ero, todas ellas de sentimientos delicadísi­mos, a veces llenas de melancolía. La edi­ción de los Cuatro primeros libros efectua­da en 1555 aparece muy retocada por el propio autor, por afán de sencillez y clari­dad.

La recopilación se enriqueció*también con poesías nuevas, entre ellas las referen­tes a su juventud perdida, a la nostalgia de su tierra nativa, a la igualdad de la muerte para todos, y la gentil narración del «Amor picado por las avispas» [«Amour piqué par les guépes»], en que Ronsard se muestra completamente abierto a la nueva inspiración anacreóntica (v. Amores).

C. Cordié

Odas, Safo

La producción poética de Safo (que vivió en la isla eólica de Lesbos, entre los siglos VII y VI a. de C.) fue reuni­da por los antiguos en nueve libros.

Hasta nosotros han llegado, por tradición medie­val, sólo dos odas completas y cierto número de fragmentos, breves y con lagunas, pero recientes descubrimientos de papiros egip­cios nos han restituido, casi enteras, otras cuatro odas y un canto epitalámico para las bodas de Héctor y Andrómaca.

Celebé­rrima también, por la imitación de Catulo y por la traducción de Foscolo, es la oda segunda, que describe los síntomas de la pasión amorosa: son todos ellos señales físicas, la palpitación del corazón, el des­mayo de la voz, el zumbido de los oídos, el oscurecimiento de la vista, el temblor, el sudor, la palidez; pero lo directo de la no-profundidad lo que pierde en amplitud, y alcanza, en la intensa vibración del frag­mento, su perfección.

La lengua de Safo es la eólica; los metros son varios, entre ellos el sáfico, y diversos los tonos, que transcu­rren con naturalidad de la agitada pasión a la dulzura melancólica, del candor pue­ril a las emociones ora tiernas ora mali­ciosas de las canciones populares (espe­cialmente los fragmentos 94 y 114).

Eran célebres también los epitalamios, canciones para bodas, cuya gracia emana fresca toda­vía de los pocos versos que han quedado (115-133). [Trad. española, en verso, por José y Bernabé CangaArgüelles (Madrid, 1796), y por José Antonio Conde (Ma­drid, 1787). Otra, de las cuatro odas, por José del Castillo y Ayensa (Madrid, 1832).

Existe, además, una excelente traducción, en verso, de las dos primeras odas, por Marcelino Menéndez Pelayo, en sus Estu­dios poéticos (Madrid, 1878), incluida con las versiones de las demás odas dé Safo por J. y B. Canga-Argüelles en el volumen Poe­tas líricos griegos (Madrid, 1898). Moderna­mente se ha publicado una versión en prosa de Agustín Esclasans en el volumen Himnos triunfales de Píndaro y las odas y fragmen­tos de Anacreonte, Safo y Erina (Barcelona, 1946)].

A. Brambilla

Safo, el más grande poeta en el sentido más absoluto. (Swinburne)

Figurilla proyectada más allá del infinito. (Rilke)

Poesía purísima como la que más. Pala­bras inmaculadas. Los nexos lógicos que­dan reducidos al mínimo; son utilizados hasta desaparecer; quedan las palabras esenciales, embebidas de color, aireadas de canto. (M. Valgimigli)

Safo dice palabras mezcladas con fuego. (Plutarco)

Odas, Giuseppe Parini

Aparte del Giorno (v.), la mejor poesía de Giuseppe Parini (1729- 1799) debe buscarse en las odas, en las que a veces logra una más franca y libre varie­dad de actitudes y de motivos que los permitidos por la concepción satírica del poe­ma.

Son diecinueve, escritas entre 1757 y 1796; la primera es «La vita rustica», la última «Alla Musa». En las primeras odas, la «Vita rustica» (1757) y «La salubrità dell’ aria» (1759), es ya posible advertir la abso­luta desvinculación del Parini de los temas y de la idealidad arcaicas, porque el poeta, aun celebrando, en términos y modos que todavía dejan sentir la Arcadia, la dulzura, la tranquilidad y la salubridad de la vida campestre, en oposición a la insalubre y té­trica vida ciudadana, formula en ellas el principio de su poética, que es el ir «bus­cando lo útil» para la «descuidada vida», la unión de lo útil «a la alabanza del ama­ble canto».

Poética vieja en la forma, por­que no es sino la idealidad pedagógica de la poética clásica formulada por Horacio, pero en sustancia renovada, porque con ella se opone decididamente Parini a las vacie­dades de la Arcadia e infunde en la poesía la seriedad de la vida y del sentimiento moral. De aquí el nuevo significado que en las odas de Parini asume la ocasionalidad; no motivo de vacíos ejercicios poéticos, sino tema en el que se concentra paso a paso, en formas varias, todo el mundo ideal y moral del poeta.

Siguen «L’impostura», en la que el poeta, con procedimientos afines a la del Giorno, enmascara las quejas con los términos y el tono de una elegante y artificiosa palinodia; «L’Educazione» (1764) es de las más famosas, y en ella, en el niti­dísimo cuadrito del mito ejemplar del cen­tauro Quirón, educador de Aquiles, se canta la necesidad de una educación que confor­me armoniosamente las fuerzas del cuerpo y las del alma y la absoluta preeminencia de los valores morales sobre los privilegios sociales adquiridos; en «L’innesto del vaiuolo» («La vacuna de la viruela») canta las ala­banzas del médico Bicetti, valeroso propugnador del nuevo remedio; «La recita dei versi» va contra el uso y el abuso de las declamaciones; «La tempesta», contra las malas costumbres politicoadministrativas; «A Silvia o sul vestire alla ghigliottina», en la que está agudamente vista y tratada la relación entre la degeneración de la moda y la perversión del gusto y el sentimiento moral.

Mención aparte merecen: «La cadu­ta», las tres odas de tema amoroso y «Alia Musa». En «La caduta» (1785), el viejo ilus­tre poeta, caído en el fango, es sofcoirido por un amable ciudadano, pero que añade al acto humanísimo, estropeándolo, una larga serie de consejos que se hallan en estridente oposición con el sentimiento pariniano de la dignidad del hombre y de la misión de la poesía; por ello el poeta replica desde­ñoso.

La figura del viejo Parini, unida a este magnánimo sentido de libertad moral y de dignidad no domada por los rigores de la suerte, está muy bien dibujada en esta oda, y delineada de esta suerte pasará a la generación posterior, a Foscolo y Manzoni. «Alla Musa» completa, junto con «La caduta», el retrato de Parini poeta, represen­tado en la oda última con los rasgos ecuá­nimes y serenos con que ha pasado a la tradición crítica y literaria.

En las tres odas amorosas: «Il pericolo» (1787), «II dono» (1790) e «Il messaggio» (1793), Parini da vida poética al ideal neoclásico de lo bello; en ellas el amor, despojándose de lo turbio de la pasión, se convierte en alabanza de las bellas formas, y la belleza, fantasma divino, rescata la vida en un clima de sere­nidad purísima, estática, inmóvil: ideal de la belleza purificadora, al que Foscolo dará nueva forma, confederándose con Parini, en las dos odas famosas, «A Luigia Pallavicini» y «All’amica risanata».

En su variedad de temas, el mundo poético e ideal de Parini, tal como se dibuja en las odas, revela el armonioso acuerdo de motivos ideales y una sustanciosa unidad: el culto de lo bello y el ejercicio del arte elevado a la altura de ministerio ideal y moral; es la superación del desacuerdo entre el hombre y el artis­ta; una evasión definitiva de las vaciedades de la Arcadia y la preparación para el más íntimo y moderno acuerdo de los valores artísticos y humanos; la renovación de la vieja tradición humanista y un sentimiento más cálido y severo de la vida.

Precisamente por este idealismo, por este acuerdo armo­nioso del artífice sapientísimo y el hombre, Parini, junto a Alfieri, es uno de los gran­des factores de la renovación literaria ita­liana de la segunda mitad del siglo XVIII.

D. Mattalía

Son notables por el buen sentido y por la simplicidad que respiran, aunque con­tengan escasas imágenes poéticas, y esas pocas, presentadas en estilo privado de energía y nobleza. (Foscolo)

Con Parini adquiere la poesía la seriedad de un contenido viviente en la conciencia. Y la forma se llena, se realiza, se hace una misma cosa con la idea, armonía de idea y de expresión. (De Sanctis)

Odas, Michail Vasilievič Lomonosov

[Ody]. Colección poética del escritor ruso Michail Vasilievič Lomonosov (1711-1765), publicada en 1751 y en edición revisada y ampliada en 1757.

Esta colección comprende odas sacras, to­madas en gran parte de los Salmos, odas en alabanza dé grandes personajes de la época y traducciones de Fénelon, Rousseau y otros. Lomonosov está considerado como el poeta nacional ruso por excelencia, pre­cursor de Pushkin y creador de la lengua rusa moderna. Naturalista, químico y físico de profesión, Lomonosov cultivaba la lite­ratura en las horas de ocio.

Era sobre todo un profesor, y reminiscencias clásicas de divinidades y de héroes suplen la falta de inspiración en sus odas. Porque había «rusi­ficado» la Academia de Petersburgo, hasta entonces en manos de docentes extranjeros, y porque había enseñado más materias, Pushkin le llamó, más tarde, la «primera universidad rusa», pero le negó todo don poético. En efecto, Lomonosov no era poe­ta, pero supo dar a los sentimientos heroi­cos de su época una expresión popular que sentó las bases de la nueva lengua rusa, definitivamente formada por Pushkin.

Lo­monosov quiso distinguir entre tres estilos: el estilo superior de sus odas en honor de la zarina Isabel y de Pedro el Grande, con largos períodos tomados de la sintaxis la­tina; el estilo medio, propio de la litera­tura sacra, y por fin el estilo inferior usado en la ciencia. Pero en sus mejores compo­siciones, tanto poéticas como científicas, el autor olvidaba la teoría, elegía las palabras que primero le acudían a la mente, y así sin saberlo usaba una lengua que fundía armoniosamente los tres estilos y que, sencilla, vigorosa y rica, se convirtió en la lengua de Pushkin y de toda Rusia.

G. Kraisky