Ópera y Drama, Richard Wagner

[Oper und Drama]. Obra teórica de Richard Wagner (1813- 1883), escrita en la quietud de los años de Zurich, después de la tormenta revolu­cionaria, y publicada en 1852.

Este escrito trata de hallar una justificación estética a la forma nueva de obra de arte, que ya apremiaba en la fantasía de Wagner. Las premisas generales teóricas de su pensa­miento siguen siendo las anteriores a la revelación que él recibió de la filosofía de Schopenhauer (1854): el individualismo anárquico de Bakunin, cristalizado en la fórmula de la destrucción del Estado y libre autodeterminación del individuo, y el optimismo ateo de Feuerbach.

En la nece­sidad de una total palingénesis revolucio­naria de la sociedad se inserta asimismo la obligación de una reforma radical de aquel género artístico y fundamentalmente equi­vocado que representa la ópera en la esfera musical; las tres partes de ópera y drama se aplican a demostrar cómo se puede reali­zar aquel cometido.

La primera parte — dice el propio Wagner — «contiene una crítica de la ópera en música considerada como género de arte»; la segunda «es un estudio del drama y de la materia dramática»; la tercera «es la parte constructiva».

El error fundamental de la ópera en música como género de arte consiste en que «un medio de expresión (la música) se ha convertido en fin, y la finalidad de la expresión (el drama) ha sido convertida en medio». La primera parte del libro, «La ópera es la esencia de la música», es la historia de este error.

El origen aristocrático de la ópera en Italia ha sido, según Wagner, la primera equivocación: el aria es la degeneración virtuosista y contra natura de la canción popular, obtenida separando el canto de las palabras. Seguidamente la ópera se desarro­lló en dos direcciones: en sentido «serio», con la noble pero vana tentativa de Gluck y sucesores de llegar al drama por medio de la música; en sentido «frívolo», con el coherente propósito de convertir la ópera en pura experiencia musical (los italianos y Mozart).

Spontini alcanzó lo máximo que puede obtener el músico cuando, como dueño y señor de la ópera, se propone rea­lizar el drama. Pero la música no puede seguir adelante; por eso es necesario acu­dir al poeta.

Esto había querido intentar la ópera romántica con Weber, aproximándose más al origen de la melodía — la canción popular—; pero también Weber incurrió en la ilusión de realizar el drama con la «melodía absoluta», esto es, con valores pu­ramente musicales.

Pura música es la de Mozart, que «tiene importancia grande y sorprende en la historia de la música en general, pero no en la historia de la ópera considerada como un género particular de arte». Wagner hace, al llegar aquí, un elo­gio de doble filo de Rossini, que redujo la ópera a lo único vivo que le quedaba, la pura melodía, haciéndola fin para sí misma, ya sin ninguna hipocresía «dramática» en mal sentido.

Así Rossini vendría a repre­sentar un factor puramente negativo, la total prostitución del gusto del público, si no hubiese habido un Méyerbeer; y con una fiera polémica contra la producción bajamente comercial de Meyerbeer se con­cluye la primera parte.

La segunda, «el drama en la esencia de la poesía dramáti­ca», es la más atractiva conceptualmente, pero la más débil y fuliginosa. Con ella Wagner se entrega a complicadas lucubra­ciones pseudohistóricas acerca de la deri­vación del drama moderno de la novela y del mito, al cual es necesario volver.

Pero en el último capítulo nos acercamos ya a la materia de la tercera parte: «La poesía y la música en el drama del porve­nir», donde Wagner elabora su teoría del drama, como «forma de arte compleja», re­sultado de la alianza de todos nuestros sen­tidos y de todas las artes, en que el elemento masculino e intelectual, esto es, la palabra, único vehículo de la expresión plena y explícita, fecunda el elemento femenino y receptivo, la música, incapaz por sí sola de expresión determinada, y por ello es a su vez justificado el adquirir la profundidad y resonancia de sus tiempos primordiales en que el sentimiento creaba directamente el lenguaje.

Según Wagner, el lenguaje pri­mitivo era una melodía espontánea de vo­cales solas: éstas después fueron revestidas por las consonantes, elemento intelectual y reflexivo, para formar las raíces de las palabras, y la lengua se fue convirtiendo cada vez más en una convención lógica. Fundir con la música esta nuestra resecada lengua moderna, investigando atentamente las leyes originarias de las aliteraciones, de la rima, de la prosodia y de los ritmos poéticos, es la única manera de recuperar el primer estado de inocencia propicio para la expresión plena y total.

«El poeta y el músico no han representado hasta aquí al hombre sino a medias»; es necesario resta­blecer la unidad. Acto seguido Wagner se adentra en pormenores preciosos para la comprensión de su futura obra de artista, examinando, por ejemplo, la relación de voz y orquesta para llegar finalmente, por medio de la afirmación de la indisolubilidad de palabra y música, a las que serán las objeciones más comunes a sus futuras reali­zaciones dramáticas.

De esta manera entra­mos plenamente en el corazón de los pro­blemas de crítica wagneriana. A pesar de todo, al escuchar a Wagner, hacemos hoy deliberada violencia a los preceptos que él dictó, y en realidad la grandeza musi­cal de sus creaciones se alza cada vez más gigantesca, mientras el aparato dra­mático se nos va configurando como cada vez más caduco y transitorio, incapaz de comunicar importancia a aquellas par­tes en que el interés musical decae.

Por consiguiente, el signo interrogativo to­davía queda abierto: «Wort-Ton-Drama», o bien, preguntémoslo una vez más, ¿rea­lización del drama por medio de la mú­sica?

M. Mila

Opinión de la Academia Sobre El «Cid», Jean Chapelain

[Sentiments de l’Académie sur le Cid]. Obra crítica francesa de Jean Chapelain (1595-1674) escrita en 1637 para exami­nar el Cid (v.), de Pierre Corneille, y re­solver, por orden del cardenal Richelieu, una delicada disputa literaria.

Georges de Scudéry había publicado unas insulsas ob­servaciones sobre la obra maestra del gran trágico y, especulando tal vez con los ren­cores que, como por rivalidad profesional — si es cierto lo que tanto se ha repetido — Richelieu, fundador de la Academia, sentía por Corneille, había sometido su obra al juicio de la propia Academia.

La noble asamblea rogó por esto al poeta que dejase examinar el Cid, y él asintió con digno orgullo. Después de varios exámenes de comisarios sobre la obra y sobre la crítica, Chapelain recogió las memorias de los co­legas y las refundió en un libro que fue presentado manuscrito al cardenal.

Sin dis­gustar al poderoso ministro, consiguió decir algunas cosas justas, dejó escapar la mínima cantidad posible de incongruencias y pro­clamó, incluso con una cierta justicia, el valor de la gran obra. Intuye el crítico que el Cid es una obra de gran fuerza, que mezcla un mundo viejo a una actitud nueva y que no basta el hecho de que el argu­mento se aparte de la historia española para que pueda negársele el mérito.

Por el con­trario, el artista ha plasmado un carácter antiguo con galantería moderna, haciendo que su obra fuese más viva y apasionada por el conflicto entre amor y deber. El lado novelesco del drama lo hace agradable a la masa de los espectadores; hay algo en el gusto y en el alma del público que lleva implícito un juicio no desdeñable.

Cierto que en la obra hay imperfecciones, y la Academia, Con la sabiduría que la caracte­riza, hace notar errores de versos, puntos débiles de la trama, imágenes forzadas y desigualdades de caracteres; lo que no ex­cluye que el discutido Cid pueda ser consi­derado como una obra maestra digna de ser recordada.

Boileau, implacable y satírico crítico del Chapelain poeta y de sus compa­dres, pudo escribir en un pasaje famoso que es en vano que un ministro se declare contra el Cid: todo París está por sus pro­tagonistas, y si la Academia, solemnemente, reunida, formula sus censuras, «el público alborotado se obstina en admirarlo».

Pero por lo menos Chapelain tuvo la habilidad de demostrar más buen sentido que de costumbre, y su habitual pedantería le ate­nuó la acritud polémica de una condena.

C. Cordié

La Ópera del Mendigo, John Gay

[The Beggar’s Opera]. Melodrama satírico, en prosa y verso, del poeta inglés John Gay (1685- 1732), representado en 1728.

En una breve introducción a telón corrido es presentado el Mendigo, presunto autor de la comedia que tiene como actores a ladrones, encubri­dores, mujeres de mal vivir, abogados y carceleros, en confabulación para sacar di­nero de todos lados.

El protagonista es el ladrón Macheath, a quien el encubridor Peachum hace detener en cuanto se entera de que se ha casado con su hija Polly, para librarse de un yerno que sabe demasiado sobre su vida. Macheath es un tipo de ladrón apuesto y mujeriego; hasta Lucy, hija de Lockit, jefe de la cárcel de Newgate, ha sido su amante, y, segura de que él se casará con ella, favorece su fuga.

De­tenido por la traición de otras mujeres pagadas por Peachum, Macheath está a pun­to de ser ajusticiado, entre el llanto de numerosas madres de hijos suyos, cuando vuelve a aparecer el Mendigo y, por con­sejo del director de escena, lo hace decla­rar en libertad, y todo termina con un baile, pues, como observa el Mendigo, «en esta especie de drama nada es nunca dema­siado absurdo», y «si la comedia hubiese quedado como al principio había sido ima­ginada, hubiera contenido una magnífica moraleja.

Hubiera demostrado que los po­bres son tan viciosos como los ricos, pero que sólo ellos pagan la pena». Parodia de la ópera italiana, entonces de moda en Lon­dres y, sobre todo, sátira aguda y despia­dada de las corrompidas costumbres de las altas esferas de la época, el melodrama tuvo un éxito estruendoso.

Bajo los nombres transparentes de los extravagantes persona­jes, el público reconoció al primer ministro Sir Robert Walpole (Peachum), Lord Townshend (Lockit) y otros astros que giraban en la órbita del pícaro y poco escrupuloso ministro; pero aún en nuestros días el me­lodrama (que tuvo frecuentes refundicio­nes, entre las cuales una en 1940, con re­adaptación musical de Frederic Austin) es un éxito seguro, gracias a la donosura del diálogo, a la lozanía pastoril — en abierto contraste con el tono del texto — de las melodías de las partes cantadas sobre anti­guos aires populares, a la brillante inver­sión de valores tan bien sostenida durante los tres actos y a la vitalidad, en fin, de los paradójicos personajes, que, con el paso de los siglos, han perdido muy poco de su actualidad.

Gay poseía el don de una vena fácil y quiso el azar que con su ópera del Mendigo escribiese la única obra teatral du­radera de su época, llevando a la escena el fuerte espíritu satírico característico de la edad de Pope y de Swift, ambos amigos de Gay y quizás, especialmente el último, parciales colaboradores suyos en esta obra, que ha sido readaptada a nuestros tiempos en Francia como Opera de quatre sous y en Italia como Opera dello straccione, en trad. de R. Aragno.

L. Krasnik

Operaciones del Compás Geométrico y Militar, Galileo Galilei

[Operazioni del compasso geométrico e militare]. Obra de Galileo Galilei (1564-1642), publicada en 1606, durante su enseñanza en Padua.

Es la des­cripción de un instrumento que se puede considerar como el progenitor de la actual regla de cálculo, tan abundantemente usada por los técnicos para realizar de manera expedita las operaciones.

Y si a la más prác­tica regla de cálculo se pudo llegar sólo después de la invención de los logaritmos por obra del escocés G. Napier (1550-1617), también debemos añadir que en la cons­trucción de su aparato Galileo fue precedi­do por Commandino (1568), inventor de un compás de proporción que se aplicaba a la regla de tres, a la división de un segmento en partes iguales, al cambio de escala de un dibujo.

También Guidobaldo, amigo de Galileo, había creado algo semejante; pero Galileo superó a aquellos precedentes en exactitud y valor práctico. Aquel opúsculo era vendido junto con un compás de pro­porción, y contenía, en sustancia, las reglas necesarias para resolver prontamente algu­nos problemas pertinentes a la práctica y a las artes militares.

Sus reglas son sólo enunciadas; una demostración de ellas fue después dada en algunas Anotaciones del austríaco M. Bernegger (1582-1640), bene­mérito seguidor y traductor (en latín) de las obras de Galileo. Pocos meses después de su publicación, el milanés Baltasar Capra, que ya algún tiempo antes había ata­cado a Galileo en una Considerañone astro­nómica circa la nova et portentosa stella, publicó un escrito en el cual no sólo se apropiaba el invento, sino que acusaba de plagio al verdadero autor.

El proceso que siguió ante los Reformadores del Estudio de Padua demostró claramente el plagio de Capra, y su escrito fue condenado a ser re­cogido y destruido.

U. Forti

Ōoka Meiyo Seidan

[Los gloriosos juicios de Ōoka]. Obra de la literatura japo­nesa, la más conocida entre las que perte­necen al género llamado «jitsuroku-mono» (relaciones auténticas), publicado en el siglo XVIII.

Se trata de trabajos de carác­ter semihistórico o, mejor dicho, de unas historias noveladas o novelas históricas, que refunden antiguas narraciones de aventu­ras bélicas, famosas y sangrientas venganzas, vidas de hombres ilustres, hechos importan­tes acontecidos en las grandes familias feudales y semejantes, y son de autor anónimo.

El Ōoka Meiyo seidan, aún hoy muy popu­lar, es una colección de procesos célebres del famoso juez Ōoka Tadasuke (1677-1751), cuando era gobernador civil de Yedo bajo el shōgun Tokugawa Yoshimune (1677-1751). Su nombre ha quedado como sinónimo de habilidad en la administración, de rara pe­netración intelectual, de originalidad y de salomónica sabiduría de juicio.

El volumen contiene 43 casos judiciales, el primero y más conocido de los cuales cuenta la fa­mosa historia de Tenichibó, un bonzo aven­turero que trató de hacerse pasar por el hijo del shōgun, y casi lo había conseguido cuando óoka lo descubrió, dando muestras de una gran sagacidad.

El estilo de esta es­pecie de «libro amarillo» es llano y despro­visto de adornos, lo cual ha contribuido no poco a su extensa difusión entre el pueblo. Literariamente, sin embargo, tiene escaso valor.

M. Muccioli