Óptica y Catóptrica, Euclides

Se designan con este título dos obras de Euclides (siglos IV-III a. de C.), dadas a conocer por Ignazio Danti (1536- 1586) en 1573 con el título La prospettiva.

Aunque sepamos poco de la vida de Eu­clides, cuyo lugar de nacimiento se dispu­tan Sicilia y Alejandría, y aunque el se­gundo de esos escritos, la Catóptrica, sea una reelaboración tardía del original euclídeo, perdido, nos hallamos ante el más an­tiguo libro de óptica que hoy se conoce.

La primera parte de la obra, la óptica, con­tiene un prefacio que se atribuye a Teón de Alejandría, doce (catorce en el texto griego señalado por Heilberg) postulados y sesenta, y un teoremas. A su vez, la Catóptrica contiene tres postulados, cuatro observa­ciones experimentales y treinta y un teo­remas.

La obra entera ocupa unas cuarenta páginas, de tamaño 8.°, y está ilustrada con muchos esquemas. El prefacio de Teón es, al menos, siete siglos posterior a la obra; pese a ello, contiene importantísimos ele­mentos para la historia de la óptica, y, ade­más, explica las razones físicas de los postulados de la óptica euclídea.

El hecho mismo de que la obra se editara de nuevo y fuera comentada en el año 400 d. de C. demuestra que las ideas que contenía, toda­vía dominaban en el ambiente científico. Así, por ejemplo, en este prefacio se des­cribe el experimento fundamental del cual nació la idea de la propagación rectilínea de la luz; ese experimento que, tras haber sido perfeccionado en diferentes etapas, abrió el camino, muchos siglos más tarde, al descubrimiento de la «cámara oscura».

Además, tienen cabida una serie de experi­mentos (que hoy consideraríamos de base principalmente fisiológica y psicológica) me­diante los cuales se pretende justificar, sino demostrar, la teoría aceptada por los matemáticos de la época, de que la luz salía de los ojos y, procediendo por líneas rectas, llegaba a los objetos del mundo exterior.

Sobre este concepto se funda y se desarrolla la perspectiva, ciencia principalmente geo­métrica. El libro de la óptica es un libro de perspectiva; pero también sobresale en él el concepto del «rayo luminoso». La Catóptrica contiene la ley de la reflexión de la luz, la teoría de las imágenes que nos presentan los espejos planos, así como los espejos esféricos, cóncavos y convexos.

Ade­más, en la Catóptrica se describe el primer experimento de refracción y se estudia el espejo ustorio. Un admirable conjunto de temas, aunque se basen en la hipótesis, que actualmente ya no se acepta, de que la luz es emitida por el ojo.

V. Ronchi

Óptica o de las Reflexiones, Refracciones, Inflexiones y Colores de la Luz, Isaac Newton

[Opticks, or a Treatise of the Reflexions, Inflexions and Colours of Light]. Fundamental tratado de óptica de Isaac Newton (1642-1727), cuyo texto inglés se publicó en 1704, mientras que en 1706 vio la luz la traducción latina de Samuel Clark [Optice, sive de Rejlexionibus, Refractionibus, Inflectionibus et Coloribus lucís libri tres].

La primera edición apare­ció cuando el autor contaba sesenta y dos años, y ya hacía cuarenta años que traba­jaba en Optica. Por consiguiente, esta obra reúne toda su labor en el citado campo. En efecto, aunque había de vivir otros veinte años, no añadió nada, y varias ediciones sucesivas no presentan modificaciones sus­tanciales.

La obra está dividida en tres libros, el primero de los cuales, después de las premisas y las definiciones, trata de la refracción, de la dispersión, del análisis y de la síntesis de los colores; el segundo libro se refiere a los colores de las láminas del­gadas y a una serie de fenómenos que actualmente se llaman de interferencia; final­mente, el tercero trata de la «inflexión de los rayos», es decir, del conjunto de fenómenos descubiertos por el padre Grimaldi y cono­cidos por «difracción», y acaba con treinta y una preguntas, en las que, bajo forma de problemas que la posteridad debería resol­ver, se contienen las ideas fundamentales del autor acerca de la estructura de la luz y de la materia.

En las trescientas sesenta y tres páginas de la versión latina, que Sa­muel Clark tradujo bajo la inspección del autor, figuran experimentos clásicos y teo­rías que, aunque superadas en el transcurso del tiempo, aún rigieron durante más de un siglo. Entre esos experimentos debemos se­ñalar: el descubrimiento de que la refrac­ción de la luz varía según el color (fenó­meno que hoy se denomina dispersión de la luz); el llamado de los prismas cruza­dos, del que resultó que la luz descompuesta por dispersión ya no podía descomponerse más, a través de un ulterior paso por otros prismas.

Sigue el experimento de la recons­trucción de la luz blanca, reconstituyendo las luces monocromáticas, las cuales ante­riormente habían sido descompuestas por un prisma. También son importantes los expe­rimentos acerca de los colores de los cuer­pos, y también lo son los que figuran en el segundo libro para dar una explicación delos «anillos» (llamados «de Newton» aunque ya habían sido descritos por Hooke), que se forman por contacto de una superficie plana con una esférica de gran radio de curvatura.

En este caso, el autor demuestra extraor­dinaria habilidad experimental al hallar que la luz observa un comportamiento periódico, con distinto período para los di­versos colores, que para el amarillo llega a 0,285 micron. Desde el punto de vista teórico, nos hallamos ante uno de los pri­meros grandes intentos de fijar ideas sobre la naturaleza de la luz.

Frente a la vaga idea, aristotélica, muy difundida e incluso podríamos decir oficial en la Edad Media, de que la luz era «accidens», es decir, un atributo de la materia, desde hacía siglos se había formado un pequeño grupo de filósofos naturales, que pretendían asignar a la luz una estructura material. Ideas en este sentido fueron sostenidas por Alhacén, Descartes, el padre Grimaldi y otros, mucho más alejados de nosotros en el tiempo que Newton; pero sus argumentos quedaron mancos, fácil presa de muchas y graves objeciones.

Sin embargo, el número de los seguidores de esas ideas materialistas y anti­peripatéticas iba siempre en aumento, y pasó a convertirse en mayoría cuando Newton aportó la formidable contribución de sus experimentos, de su genio y de su autori­dad. Reasumió la idea de que la luz debía considerarse como un enjambre de partícu­las materiales, de grandísima velocidad (que O. Romer, en 1675, halló que era igual a 300.000 km. por segundo), y tras haber de­mostrado, precisamente por medio de sus experimentos, que existe una relación inva­riable entre la desviación que experimenta la luz monocromática al atravesar una su­perficie refringente, la periodicidad en la reflexión en las láminas delgadas, y el co­lor de la luz misma, es decir, el efecto del estímulo de las partículas en el fondo del ojo humano, dedujo que las partículas que integran un solo color monocromático (es decir, que ya no puede descomponerse me­diante prismas u otro medio) debían todas ser iguales entre sí; y las de determinado color habían de ser completamente distin­tas de las de otro color.

A esto añadió otra idea fundamental: que la acción entre la materia y las partículas de la luz debe ser considerada como atracción o repulsión nor­mal a la superficie del cuerpo material. Aquí se daba la intención de introducir el con­junto de los fenómenos luminosos en el cuadro de la atracción universal, que, entre tanto, habían dado fama e importancia al autor.

Pero el intento falló. Precisamente en este volumen de óptica se puede apre­ciar explícitamente el profundo drama de este gran hombre, que desde sus primeros experimentos, afortunados y fructíferos, acerca de la refracción entrevió el brillante espejismo de un grandioso logro teórico y que luego, cuando va en busca de él, nota que se desvanece, a consecuencia de sus mismos experimentos.

En efecto, el primer libro no sólo contiene la afirmación de que la dispersión es proporcional a la refrin­gencia, afirmación que hizo sin base expe­rimental, porque le era necesaria para sus puntos de vista teóricos, y que ha pasado a la historia como el «error de Newton», por­que en ella se contenía la imposibilidad de acromatizar los sistemas ópticos, lo cual es posible; pero en el libro segundo, para ex­plicar mediante su modelo los anillos, se vio obligado a realizar acrobacias y a hacer renuncias explícitas; y, finalmente, en el tercer libro, a pesar de negar la existencia de una difracción y de intentar explicar los fenómenos descubiertos por el padre Grimaldi mediante reflexiones y refracciones, que él denomina «inflexiones», se ve obli­gado a renunciar a acabar su obra, y deja que la complete la posteridad, exponiéndola en las treinta y una preguntas, en las que, entre otras cosas, reconoce que su teoría es incapaz de explicar la doble refracción, que Erasmo Bartolino había descubierto en 1669.

Los investigadores posteriores, aunque al principio acogieron triunfalmente las ideas de Newton, al verse ante la imposi­bilidad de completarlas, destruyeron desde los cimientos el edificio que él tuvo que dejar inacabado.

V. Ronchi

Óptica y Astronomía, Rudgero Josip Boscovich

[Opera pertinentia ad opticam et astrono­míam maxima ex parte nova, & omnía huiusque inédita].

Obra en cinco enormes tomos, del poeta, filósofo, matemático, óp­tico y astrónomo dálmata Rudgero Josip Boscovich (1711-1787), publicada en Bassano, en 1785. Los dos primeros volúmenes están dedicados a la óptica aplicada a la astronomía.

El intento de obtener de un anteojo todo lo humanamente posible, fue causa de que Boscovich concentrara su atención en los defectos ópticos de los obje­tivos y sobre todo en la aberración cromá­tica.

En efecto, hacia 1759, tuvo una famosa evolución teoricopráctica, después de que Euler teóricamente y Dollond prácticamente demostraron que era equivocada la afirma­ción de Newton, quien había negado a priori la posibilidad de las combinaciones acromá­ticas de prismas y de lentes.

Boscovich se dedica inmediatamente a tan importante tema y aporta contribuciones fundamentales a esta ciencia que en la actualidad se denomina «cálculo óptico» y cuya finalidad estriba en preparar los esquemas ideales de los sistemas ópticos, que luego deberán lle­var a la práctica los constructores.

A Bos­covich le debemos haber precisado que las combinaciones ópticas a base de dos crista­les no solamente no pueden anular por com­pleto la aberración cromática, sino que sólo pueden conseguir que coincidan los rayos de los dos colores; asimismo, hizo ver que para que coincidan más se precisan varios cris­tales.

También le debemos la consideración de que gran parte de los defectos cromá­ticos de un telescopio deben achacarse al ocular, y no al objetivo; por esto, se dedicó intensamente al estudio de la acromatización de los oculares.

Estos trabajos, junto con otros estudios interesantes para corregir la aberración esférica de los objetivos, así como algunos dispositivos para aumentar la precisión de las mediciones astronómicas, son motivos para considerar a Boscovich como uno de los pioneros de la óptica prác­tica.

V. Ronchi

Oposición y Conjunción de los Grandes Luminares de la Tierra, Carlos García

Obra del doctor Carlos García, publicada en París en 1617, que constituye un índice muy significativo del movimiento hispanófilo de Francia a raíz de la muerte del rey En­rique IV y del matrimonio de su sucesor, Luis XIII, con la infanta española Ana de Austria, hija de Felipe III.

«En estas dos notabilísimas naciones, es decir, Francia y España — escribe García — no hay mayor ni menor, grande o pequeño, porque ambas a dos son luminarias grandes». La importancia del libro radica, primordialmente, en su objetivo de acabar con la rivalidad hispano­francesa, poco antes de que la guerra entre ambos países, iniciada en 1635, abriese el paso a una trepidante polémica de libros y libelos, en la cual tratadistas de las dos naciones exaltaban las glorias de la suya propia y denigraban a la rival.

La referida polémica ha sido estudiada recientemente por José M.a Jover: «1635. Historia de una polémica y semblanza de una generación» (Madrid, 1949). El pensamiento del Dr. Car­los García se repetirá durante la guerra de Sucesión a la Corona de España, en la obra de Jerónimo de Porras, marqués de la To­rre de San Ginés, Antídoto de la memoria y la verdad, contra el veneno de la falsa doctrina de natural oposición que entre Francia y España ha publicado la emulación de las naciones (Sevilla, 1707).

J. Reglá

Las Opiniones de Jerónimo Coignard, Anatole France

[Les opinions de M. Jérôme Coignard]. Este libro de Anatole France (François-Anatole Thibault, 1844-1924), publicado en 1893, que sigue inmediatamente al Figón de la Reina Patoja (v.), presenta al mismo personaje: el abate Coignard, de cuyas ideas nos enteramos aquí ampliamente. También esta vez el narrador es el joven Jacques Ménétrier, hijo del hostelero de la calle de Saint Jacques, que se ha convertido en dis­cípulo del viejo humanista.

Éste refiere las conversaciones y disertaciones recogidas de boca del maestro, sugeridas por las más di­versas circunstancias y que se refieren a gran número de temas, sobre los que Coignard expone sus sentimientos y opiniones, con una mezcla de audacia revolucionaria y de respeto a la tradición, de escepticismo amar­go y de sonriente indulgencia.

Así los suce­sivos encuentros, en la tienda de Maese Blaizot, librero bajo la enseña de Santa Ca­talina, con un escritor teorizante de la «ra­zón de Estado», con un libelista político revolucionario, o sencillamente con cual­quier obra contemporánea (estamos en la primera mitad del siglo XVIII), dan ocasión a disquisiciones sobre política, moral públi­ca, sociología («Les Ministres d’Etat», «L’Af­faire du Mississipi», «Le nouveau Minis­tère», «Les séditieux») en las que el magní­fico abate se muestra enemigo del absolu­tismo y suspicaz ante los revolucionarios.

En otras ocasiones hablará de la ciencia, del ejército, de las academias, con la mis­ma elegante despreocupación y con huma­nísima prudencia. Las conversaciones sobre la Justicia, provocarán acentos más enér­gicos y lastimeros, atacando las costumbres de la época y la crueldad de los hombres.

El sabor del libro proviene principalmente del malicioso gusto con que France, al re­ferir las ideas preponderantes del XVIII y reconstruir en cierto modo la mentalidad de dicha época, alude de continuo a opiniones, sistemas e ideologías contemporáneas. Algu­nas veces quizás oigamos demasiado distin­tamente la voz del escritor, moderno en los discursos del viejo Coignard; a tal discor­dancia se deben las páginas, por lo demás escasas, menos vivas del libro.

Éste sigue siendo capital, no sólo por el refinado arte humanístico y por su delicioso espíritu paradójico, sino también para entender comple­tamente ciertos motivos predominantes de toda la mentalidad y obra de France. TTrad. española de Luis Ruiz Contreras (Madrid, sin año)].

M. Bonfantini

Las opiniones de Jerónimo Coignard son seguramente el breviario escéptico más radi­cal que haya aparecido desde Montaigne. (Lemaítre)