Ou-Yang Wên Chung Chi, Ou-yang Hsiu

[Colección de los escritos literarios de Ou-yang Hsiu]. Bajo este título se compilaron y publicaron varias recopilaciones de los escritos del lite­rato chino Ou-yang Hsiu (1007-1072). La edición más reciente se divide en dieciocho libros.

Ou-yang Hsiu es uno de los ocho famosos escritores de la escuela clásica de la prosa china; su estilo es grave y solem­ne, pero límpido y sin artificios, y su pen­samiento lleva la huella de la moral de Confucio.

En cambio, las poesías de Ou- yang Hsiu son poco conocidas y no han dado al autor el título de poeta. La colec­ción más reciente no incluye los «sonetos» («tz’u») de Ou-yang Hsiu, que aunque no escribió muchos, los pocos que nos ha de­jado bastan para considerarle como el «can­tor de los sonetos».

Estos «sonetos» revelan la doble personalidad del autor, porque en sus obras en prosa Ou-yang Hsiu se nos muestra como defensor de la moral confucionista y escribe con seriedad, mientras que en los «sonetos» canta el amor de las mere­trices o de las cantantes y se vale de un estilo fino, elegante y preciosista.

Lo más conocido de la prosa de Ou-yang Hsiu es: Lung-kang Ch’ien Piao (A la piedra sepul­cral de Lung-kang); Tsui Wéng T’ing Chi (Narración del oasis del viejo borracho); Féng Lo T’ing Chi (Narración del oasis de la alegría completa).

El primero es una ins­cripción sepulcral para el padre del poeta, enterrado en Lungkang. El autor en un coloquio con su madre le pregunta por la vida de su padre, relato que va seguido por el de la vida de su madre. Se trata de un escrito que demuestra profunda piedad filial.

S. Lokwang

La Otra Nanetta, Fausto Maria Martini

[L’altra Nanetta]. Drama en tres actos del escritor italiano Fausto Maria Martini (1886-1931), estrenado en 1923.

Nanetta, seducida por Paolo y aban­donada con un hijo, ha podido reconstruir su vida junto a Giacomo Barzi, escritor, a quien, no por orgullo de mujer, sino por piedad de amante calla su pasado, confiando el niño a su hermana María, esposa y ma­dre feliz en un pueblo de Umbría.

Junto al espíritu selecto y profundo de Giacomo y por la conciencia de su propia inferiori­dad después de la culpa, se ha hecho hu­milde y devota: su vida está dedicada por completo al hombre que la ha salvado, ins­pirador de todos sus sueños. Pero esta mi­sión no es comprendida por los demás, que sólo ven en ella la víctima del egoísmo del intelectual y no aprueban su renuncia a la vida real.

La conciencia de la culpa la sume en un estado de continua exaltación y ambigüedad; de modo que, cuando Gia­como al escuchar de sus labios una expre­sión profunda, intuye sin conocerla la vida de su mujer y se dispone a crear sobre ella una figura artística a la que llama Nanetta («la otra Nanetta»), ésta quiere saber qué conclusión daría el escritor al drama de la pobre mujer, en el caso de que la nueva felicidad estuviese amenazada por el otro hombre, si volviera para verla de nuevo, amenazándola con revelárselo todo al ma­rido: pues ésta es precisamente la situación real en que se encuentra la Nanetta au­téntica, advertida por su hermana María del designio de Paolo.

Y cuando Giacomo opi­na, como artista, que ella debería defender su amor matándole, la mujer se desespera, porque se siente mucho más débil que la Nanetta ideal del drama. Como el peligro está precisamente ahí, a la puerta de su casa, y no se puede conjurar ni alejar, ella emplea el arma para suicidarse.

El drama alcanza en el último acto una atmósfera vibrante, mientras en los dos primeros el autor se ha desviado algo entreteniéndose en la intimidad y fuerza del arte, que es capaz de sobreponerse a la realidad mate­rial, creando una realidad nueva y per­fecta. La delicada y un tanto endeble vena de Martini tuvo que soportar el choque del victorioso experimento del texto pirandeliano con el «crepuscularismo».

G. Marzot

Otra Vez Obermann, Matthew Amold

[Obermann once more]. Poema corto inglés de Matthew Amold (1822-1883), inspirado en el Ober­mann (v.) de Sénancour y publicado en 1867.

El metro es el de balada con estrofas de cuatro versos y rima alterna. El poeta está en los Alpes suizos cuando se le apa­rece el espíritu de Obermann (v.) o sea de Sénancour. El melancólico héroe le hace una especie de evocación de la historia del inquieto espíritu europeo: el mundo pagano, externamente espléndido pero con el cora­zón de piedra, sólo podía inspirarle aversión y disgusto.

Un profundo cansancio y la saciedad del placer hacían de la vida hu­mana un infierno. Oriente invitó cierto día al victorioso mundo occidental a buscar una bebida para extinguir su sed, a buscarla en el alma.

Y Occidente obedeció; veló sus águilas, depositó el cetro, destrozó las flau­tas, rasgó los libros y buscó la soledad. Y entre las ruinas sonrió a Jesús, aquel tierno muchacho, aquel hombre coronado de espi­nas, siempre próximo a quien le invocaba como salvador.

Luego, faltó la fe y Él mu­rió. Se invocó un huracán para refrescar el aire y el huracán (la Revolución fran­cesa) vino y pasó. Pero el mundo está hecho pedazos: muertos los viejos dogmas, los ri­tos, el mismo orden social.

Hay que abrigar alguna nueva esperanza o el hombre habrá de debatirse para siempre en las penas. Pero mientras tanto, mientras lo que era viejo ha perecido y lo nuevo no ha nacido aún, ¿quién puede sentirse contento en un mundo desamparado? Obermann huyó hacia los Al­pes, soñando en el porvenir, y la posteridad ha olvidado su nombre; pero él, el poeta que por comunidad de sentimientos le siente próximo, no debe desesperar como aquél desespera.

El sol ha salido y ya ha pasado el invierno. Millones de hombres, cuya vida estaba entristecida por el hielo, tienen pensamientos, sonrisas y lágrimas. Que concurra el poeta con su obra a reali­zar una ola común de pensamiento y de alegría que restablezca al género humano. La visión desaparece mientras el poeta ve surgir gloriosa la mañana.

Este breve poe­ma, inspirado por la ternura hacia un her­mano del espíritu, por el amor a la naturaleza, está lleno de aspiración sincera hacia un mundo mejor y de melancolía atempe­rada por la esperanza. Arnold revela aquí tal vez, más que en ninguna otra de sus poesías, su yo más íntimo.

E. di Seregni

Otoño, Mykola Chvylovyj

[Osin’]. Recopilación de novelas cortas del escritor ucraniano Mykola Chvylovyj (1893-1933), publicada en 1924.

Más que en la novela Becadas (v.), donde la tesis política se impone algunas veces sobre el resto, en esta recopilación son de notar la fuerza y la agudeza de la introspección psicológica, que adquiere una particular eficacia en la novelita «Yo, romántico» («Ja, romantyka»), la mejor del volumen, y que fue incluso reeditada aparte en el «Litera- turno Naukovyj Vistnyk» de Lvov, en 1926.

Es una impresionante confesión, en parte autobiográfica, de un «chequista» jefe del tribunal rojo en una ciudad amenazada por el ejército contrarrevolucionario. El «che- quista», vinculado a su deber de fanático depositario de la idea, no hace nada por salvar la vida a ninguno de los verdaderos o presuntos enemigos del régimen, incluida su propia madre.

Sin embargo, en su co­razón cerrado al remordimiento y lleno sólo de su ciega fe, empieza a hacerse sentir, cada vez más fuerte, el recuerdo de la ma­dre muerta, cuya imagen, sin que él mismo sepa cómo, se confunde con la de la Virgen, madre piadosa de todos, símbolo de los superados y odiados prejuicios, de modo que su corazón inexorable las une en una misma ternura.

El estado de ánimo del «entusiasta de la revolución», preso en el engranaje de la justicia roja y dominado por el amor dé la sencilla y luminosa humanidad de la madre que odia la torva máquina que apa­siona al hijo, está conseguido con atenta graduación y ductilidad de estilo.

Con igual medida se describe la pasividad con que el protagonista, imbuido de moral revolucionaria, exige el sacrificio de los afectos más caros en nombre de un abstracto vínculo de fraternidad y amor universal, llegando a condenar como delito el amor de la madre, a quien, como ejecutor de la ley, mata después de haberla abrazado por últi­ma vez.

En torno a esta trágica figura apa­rece una multitud de personajes que llevan marcadas las señales de un mundo loco y cruel. Así, el débil Andrés o Andrjusa, que se encuentra entre los «chequistas» por error y trata siempre de escapar al frente; el feroz tártaro Tagabat con sus carcajadas diabólicas, y el anónimo Degenerado, «guar­dián fiel de la revolución».

Y ninguno de ellos comprende cómo «se ha dividido en dos» el yo del presidente demasiado román­tico. Como las demás novelitas del volumen, inspiradas en su mayor parte en la resurrección de Ucrania, está escrita en el estilo imaginativo, resplandeciente, expresionista, propio de Chvylovyj, que hizo escuela en la Ucrania moderna. Otra de las novelas se llama Los cuatro sables.

E. Onatskyi

Otoño de la Edad Media, Jan Huizinga

[Herfstji der Middeleuwen]. Obra del historiador ho­landés Jan Huizinga (1872-1945), publicada en Haarlem en 1919 (3.a ed. 1928). Gran cuadro de su época, comparable al de Burckhardt sobre la Cultura del Renacimiento (v.).

Pero Huizinga se distingue notable­mente de Burckhardt en el método y en las conclusiones. En lugar de seguir la vía de la tradicional «Kulturgeschichte», la historia de la civilización concebida como un con­junto de historia del arte e historia del pen­samiento, de la ciencia y de la fe; el historiador holandés indaga estados de ánimo, motivos sentimentales, aspiraciones, sueños.

Como ha sido definida por un crítico ita­liano, Cario Antoni, la obra de Huizinga «más que un cuadro es una gran vidriera historiada, donde comparecen los reyes, los santos, los obispos, los príncipes y los caba­lleros, las damas y las beguinas, el burgués y el campesino».

Es «El otoño de la Edad Media» (más exactamente, «la hora otoñal», «Herfstji»), lo que Huizinga ha querido mos­trarnos, «lo que fue, en su último período de vida, la civilización medieval, semejante a un árbol completamente desarrollado y cargado de frutos demasiado maduros».

«Escribiendo estas páginas — continúa el autor — nuestra mirada se volvía hacia la profundidad de un cielo vesperal, un cielo rojo de sangre, abrumado de lívida oscuri­dad y lleno de una falsa luz cobriza».

Aun­que necesariamente está presente en el «oto­ño» la idea de decadencia, tiene más bien este concepto una acepción de «madurez», de la madurez sentida como el momento más expresivo de una individualidad, ya que precisamente al acabar una época apa­recen más visibles sus caracteres sobresa­lientes.

Los caracteres que suelen conside­rarse típicos de la Edad Media, el sentido de lo sobrenatural, del pecado, de la muer­te, el culto del honor caballeresco, aparecen, a dicha luz otoñal, purificados en una abs­tracción casi simbólica.

La Edad Media de los torneos y de las cabalgatas fastuosas, de la caballería y de las generosas empresas, cesa de ser una realidad histórica, en su ocaso, para convertirse en una abstracta forma ideal de vida, la imagen ideal que de sí misma quiere forjar una sociedad. El examen de Huizinga está dedicado al Du­cado de Borgoña en su siglo de oro, de mediados del XIV a mediados del XVI.

«La sociedad de Borgoña se me presentaba como un todo unitario, y creí posible tra­tarla como un período cultural tan com­plejo como pudo serlo el siglo XV italiano».

Nacido del hermoso gesto de un rey, que regala a su valiente hijo menor un Estado, patria del Toisón de Oro y de la etiqueta cortesana, patria del «completo caballero» en quien Huizinga ve el prototipo del «cortigiano» italiano, del «gentilhomme» fran­cés y del «gentleman» inglés, el ducado de Borgoña aparece como representativo del «otoño de la Edad Media».

Ninguno de los rasgos que Huizinga describe es exclusivo de la sociedad borgoñona: la Corte y la Comunidad, la nobleza y la burguesía, los ideales y las supersticiones, son comunes a la Europa de la época.

Pero en Borgoña adquieren un relieve y un colorido que en otras partes no tienen: aquel mundo parti­cular borgoñón se eleva a significado gene­ral, se eleva a símbolo, a tipo de una época y de una civilización. [Trad. de María de Meyere (Madrid, 1930)].

F. Valsecchi