Pantaleón, Konrad von Würzburg

[Pantaleon]. Poema narra­tivo de carácter didácticorreligioso del poe­ta alemán Konrad von Würzburg (1220?- 1287), que consiste en una reelaboración libre de un relato de origen oriental en len­gua latina.

En esta obra se celebran la pie­dad humana y el martirio de San Pantaleón, hijo de un senador romano que, después de hacerse médico, se convierte al cristia­nismo y efectúa gran número de curacio­nes milagrosas, por lo que muchos paganos se dejan inducir por él a abrazar la nueva fe. Por fin, el emperador Maximiliano lo somete a los martirios más inauditos, que él sufre con divina resignación, y lo hace decapitar.

M. Pensa

Los Pantalones del Señor de Bredow, A. Häring

[Die Hosen des Herrn von Bredow]. Novela del escritor alemán A. Häring (pseudónimo de Wilibald Alexis, 1798-1871), publicada en 1846.

Estamos en la Marca de Brandeburgo bajo el reinado del Elector Joaquín, y Götz von Bredow es el señor de la ciudadela de Hohenziatz. Este ilustre castellano es un caballero bonachón, gran comedor y bebedor y enemigo acérrimo de los calzones de cuero nuevos.

Los mismos calzones de cuero que lleva son célebres en todo el país, no se los cambia nunca, y su mujer, para poderlos lavar, se los ha de qui­tar a escondidas, aprovechando los largos sueños en que su marido pasa sus borra­cheras.

Cuando los nobles conspiran contra el Elector, Götz no puede tomar parte en la in­triga porque le han robado la preciosa pren­da, y eso precisamente le sirve de coartada el día en que, salvado el Príncipe Elector por Hans Jürgen, enamorado de Eva, la hija de Götz, éste, para verse libre después de peligrosas confesiones, no podría demostrar de otro modo su inocencia.

Aunque las no­velas de Alexis sean más apreciables por las agradables escenas y el dibujo feliz de los personajes secundarios y los tipos bur­lescos, que por la intriga siempre dema­siado historiada y complicada, aquí el re­lato se desarrolla con lineal facilidad: la señora de Bredow, que es sorprendida por el Elector mientras hace la colada y limpia el viejo calzón; la joven Eva y el mismo Gótz von Bredow están tratados con fina pericia e ingenio.

No puede decirse lo mismo de las figuras históricas, en este caso el Elector Joaquín: ni en este volumen ni en el siguiente y menos importante, El hom­bre lobo [Wehrwolf], donde la novela se continúa. Alexis fue el mejor imitador de Walter Scott en alemania; pero su arte tomó consistencia y personalidad cuando se dedicó a la historia de su propio país, como en la presente novela que tiene como fondo la lucha entre el margrave Joaquín y la nobleza de la Marca de Brandeburgo.

Mien­tras un ingenuo sentido del humor salva al relato de caer en lo vago y convencional, el amor del poeta por su tierra y la lúcida intuición de las almas de su gente le dictan de tarde en tarde páginas sabrosas y vivas.

F. Federici.

Panorama del Teatro Inglés, William Hazlitt

[A View of the English Stage]. Bajo este título, el crítico inglés William Hazlitt (1778-1830) publicó, en 1818, una serie de críticas y ensayos dramáticos, aparecidos primero en varios periódicos («The Morning Chronicle», «The Champion», «The Examiner», «The Times»).

En el primer ensayo («Sobre los actores y su actuación» [«On Actors and Acting»]) define a los actores como «los diversos representantes de la na­turaleza humana» y «los únicos hipócritas honrados»; su vida es un sueño voluntario, una locura querida, y su máxima ambición está constituida por salir «fuera de sí mis­mos»; realizan una útil función social, por­que nos muestran «lo que somos, lo que de­seamos ser y lo que tememos ser»; la es­cena es en realidad un epítome, una imagen mejorada del mundo real, del que queda excluida la parte aburrida, y que influye doblemente en la sociedad, porque mientras los autores nos imitan, a nuestra vez los imitamos; el teatro contribuye además a refinar a los hombres procurándoles ideas y temas de conversación y de interés co­mún, pues «el progreso de la civilización está en proporción al número de lugares comunes corrientes en la sociedad».

En el ensayo «Sobre la comedia moderna» [«On Modern Comedy»] trata de explicar la falta de buenas obras cómicas en su tiempo por el hecho de que la comedia se destruye a sí misma en cuanto, al exponer continua­mente al ridículo las locuras y debilida­des humanas, consume el mismo manjar de que se alimenta; la verdadera fuente del escritor cómico está indudablemente en las peculiaridades de los hombres y de las cos­tumbres, y el objeto del ridículo es el egoísmo: un hombre que se vea todos los días representado sobre la escena no puede ser absolutamente egoísta; sin contar con que los cambios de ideas, de costumbres, incluso de trajes, verificados durante los últimos años, son muy poco favorables al teatro; y concluye diciendo que el mismo Shakespeare languidecería hoy en esta densa atmósfera de lógica y de crítica.

Similar­mente trata de explicar («Sobre la poesía dramática» [«On Dramatic Poetry»]) la decadencia de la tragedia: la época en la que vive es crítica, didáctica, paradójica, ro­mántica, pero no dramática; la revolución francesa, al atraer las miradas de todos, ha abstraído al hombre de sí mismo, haciendo de él una «criatura pública» y sustituyendo por las distinciones analíticas y las dispu­tas verbales las actitudes y antipatías per­sonales y locales, sustrato indispensable de la tragedia. Sigue una serie de ensayos sobre los principales actores de su época.

Hazlitt, que con Hunt, Lamb y De Quincey representa la corriente de transición en que la persistencia de elementos heredados del clasicismo viene acompañada por la búsque­da de un equilibrio nuevo inspirado en el romanticismo, puede ser considerado como el verdadero fundador de la crítica dramá­tica inglesa; sus ensayos, en un estilo vivo, discursivo y espontáneo, además de darnos una visión completa y precisa del teatro de su época, iluminan con original finura, en el estudio que hace de las interpretaciones de los diversos actores, a los principales personajes shakespearianos.

A. P. Marchesini

Panorama Matritense, Ramón Mesonero Romanos

Colección de artículos publicados entre 1832 y 1835 por el escritor y periodista español Ramón Mesonero Romanos (1803-1882), conocido con el pseudónimo de «El Curioso Parlante». Oscilando entre el ensayo y el boceto, estos artículos inauguraron en España un género completamente nuevo, lejano pariente de las Cartas Persas (v.) y de los ensayos del Spectator (v.).

Historiador y cicerone de su ciudad, Mesonero mira sus diversos as­pectos con ojos de enamorado, indulgente a menudo para con las estridencias y los contrastes, pero a menudo también con ribetes de ironía sin hiel. Hábil en el juego de las reticencias, avezado al arte de re­huir la rigurosa censura de su tiempo, Mesonero hiere sin ofender, tratando, en estos artículos, de ordinario breves, los variados aspectos de la vida madrileña en un mo­mento políticamente muy atormentado («La Politicomanía»); las ambiciones de la vida social («La Empleomanía»), las extravagan­cias de los literatos románticos («El Roman­ticismo y los románticos»).

Pero cuando trata de las características del pueblo ma­drileño (por ejemplo en «La procesión del Corpus», «La calle de Toledo», «El retrato», «Las ferias», «La capa vieja y el baile del candil», etc.) es cuando el autor encuentra sus momentos mejores. En él revive el gusto por todo cuanto es tradicional y popular, y en sus páginas aparece, viva y palpi­tante, toda una época que el tiempo ha sellado para siempre; el entusiasmo y la melancolía desbordan en él; logra tonos ora tiernos, ora nostálgicos, ora irónicos, esconde la simpatía con el ropaje de la sátira, o se abandona a una moralización divertida y maliciosa entre muchas piruetas imaginativas y entre recuerdos y anécdo­tas, a menudo anodinas y fáciles.

El mis­mo amor por lo pintoresco y la misma faci­lidad descriptiva campean en la segunda colección de Escenas Matritenses, publicada entre 1836 y 1842. Comparada con la colec­ción anterior, en ésta los temas están visi­blemente profundizados y enriquecidos.

El autor asume en ellos actitudes psicológica­mente multiformes, desde la pensativa me­ditación («Antes, ahora y después») a la clara investigación maliciosa («El paseo de Juana»); desde las consideraciones de fon­do cómico («La junta de las cofradías») a la evocación política («La casa de Cer­vantes»); con frecuencia dispone su tema en fáciles versos, en forma de romance (como en los graciosísimos «Requiebros del Avapiés», fogosa serenata de un enamorado bajo el balcón de su bella, que no está en casa).

Amalgama el conjunto una natural bondad y comprensión por las debilidades humanas, con honesta complacencia en co­rregir sin irritar, con un sincero propósito de decirlo todo sin recargar las tintas. A la segunda serie sigue una tercera, Tipos y caracteres, publicada entre 1843 y 1862. Pero ya en ellos se siente el cansancio del escritor, y las observaciones, agotados los pretextos más vistosos, tienden cada vez más a quedar al margen de sus temas, con­centrando su «pathos» en los personajes pintorescos o característicos («Tipos perdi­dos», «Tipos hallados»).

La divagación nos­tálgica se asienta a menudo en ribetes iró­nicos, y el autor pide con toda franqueza socorro a la Historia, brindada con amabi­lidad didáctica. La analogía de los tipos y la insistencia en los mismos» recursos, a menudo da como resultado divagaciones y cansancio, pero Madrid está siempre pre­sente con su color, con su carácter, con su espíritu; y esta completa participación del alma, este continuo coloquio con las cosas, da un inmarcesible sabor de actualidad a un mundo por completo desaparecido, sabor que tiene su acento particular en la ento­nación conservadora y burguesa que, en el fondo, inspira al autor. Escritor límpido y discreto, Mesonero posee un estilo dúctil, a menudo suelto y desaliñado, pero en el que el color y las cosas hallan siempre su máximo relieve.

G. C. Rossi

Panorama Científico, Bertrand Russell

[The Scienti­fic Outlook]. Examen de los caracteres y las limitaciones de la metafísica y de la técnica científica, en una sociedad en la cual la ciencia dominara sobre la vida pri­vada y pública, obra de Bertrand Russell (n. en 1872), publicada en 1934.

Bacon ha­bía proclamado como finalidad de la ciencia la «instauratio imperii hominis». Russell nos demuestra el servicio que la ciencia ha prestado al hombre y cómo el hombre se ha servido de ella para plasmar la vida y la sociedad.

La introducción ya anuncia la conclusión del estudio: «Es necesario que el aumento de saber esté acompañado de un aumento de prudencia», esto es, por una justa concepción de los fines de la vida, cosa ésta que la ciencia por sí misma no procura.

El método científico viene ejempli­ficado por Galileo, cuyas dolorosas vicisi­tudes evoca el autor («Si la Inquisición le hubiera detenido de joven, no podríamos ahora nosotros gozar las bendiciones de la guerra aérea y de los gases asfixiantes, pero tampoco la disminución de la pobreza y de las enfermedades, que es la característica de nuestra época»); por Newton, Darwin y por el fisiólogo Pavlov.

El estudio de las «características y de las limitaciones del método científico» pone en evidencia los hechos «significativos», y los que requieren una nueva teoría, como la de la «relativi­dad» de Einstein; profundiza en el valor y la importancia de la inducción, «las con­secuencias de aquello que no ha sido ve­rificado», el «carácter abstracto de la física», que proporciona una visión del mundo como un todo.

Quien desee saber por qué la fe científica pierde terreno, que lea — nos dice el autor — la conferencia de Eddington sobre «La naturaleza del mundo físico», y se persuadirá de que «sólo el pre­juicio y la costumbre afirman la existencia de un mundo»; que el universo está com­puesto de lugares y espacios sin unidad ni continuidad, sin coherencia ni orden — todo lo contrario son invenciones humanas — y que «si existe, consiste en acontecimien­tos breves, accidentales».

Y mientras la física, que es la ciencia fundamental, está minando toda la construcción de la razón aplicada y nos está dando un mundo de sueños irreales y fantásticos, la ciencia aplicada es particularmente útil a la vida humana. La realidad es que la función me­tafísica de la ciencia es totalmente distinta de la del buen sentido.

De unidad, aun vaga y tenue — la única cosa necesaria al teó­logo —, no hay huella en la ciencia moderna considerada como metafísica. Pero ella es humilde y no se envanece de saber nada que pueda oponerse a los dogmas de la re­ligión.

El capítulo «Ciencia y Religión» examina si la ciencia tiene algo que decir en pro o en contra de los diferentes as­pectos de la concepción religiosa. Critica las infundadas deducciones en favor del libre albedrío, extraídas del principio mal comprendido de Eddington sobre la inde­terminación «del átomo» (y no menos las de Jeans, que ven en Dios al «matemático puro» y en el mundo externo el pensamiento permanente de Dios).

El autor más bien simpatiza con el teólogo «culto y orto­doxo» que le confiesa que no comprende «por qué Dios creó al mundo» y declara no hallar la razón espontánea. En los dos casos «es aquello que es» y no le consuela la idea de que si Dios creó el mundo pueda «recargarlo cuando la carga se haya ago­tado».

Del dualismo de espíritu y materia dice que esto ya no está en boga, siendo las dos realidades reveladas bastante seme­jantes. Le falta la prueba de una finalidad divina del mundo, incluso en el espectáculo que el mismo mundo ofrece. Concluye que «perder la fe en el saber es perder la fe en lo mejor de la capacidad humana» y que «el saber, en su esencia, es bueno».

En la segunda parte, «Técnica científica» — en la naturaleza inanimada, en la biología, en la fisiología, en la psicología, en la sociedad—, deplora que mientras el individuo actual en sus más importantes actividades no es una unidad separada y las fronteras nacio­nales constituyen tal absurdidad técnica que deberían suprimirse, el nacionalismo sea aún fuerte, y la técnica científica en manos de los estados nacionalistas se uti­lice para reforzar la violencia anárquica, impidiéndole conseguir los beneficiosos re­sultados de los que es capaz.

En la tercera parte predice que en la «Sociedad Cientí­fica», ya preludiada en varios estados existentes, habrá conflictos entre las diferentes oligarquías y que al fin alguna de ellas conquistará el dominio del mundo y lle­vará a término una organización mundial completa y elaborada, como la que existe ahora en la U.R.S.S. Nada menos que esto podrá hacer sobrevivir una sociedad embebida de técnica científica.

El autor estudia con frío análisis las ventajas y las desven­tajas, con un cuadro sumamente sugestivo. «Si los hombres serán felices en este pa­raíso, esto no lo sé». Prevé métodos cien­tíficos para contrarrestar el excesivo des­arrollo demográfico en sustitución de la función hasta ahora ejercida por la guerra: se introducirá «la cuota de inmigración en el mundo», matando a los niños al nacer antes que mueran en la guerra, o con la esterilización de los progenitores no desea­bles.

«En la próxima gran guerra, Europa ciertamente quedará rota, la población se­guramente será reducida a la mitad, y la parte superviviente quedará sumergida en la desesperación y la anarquía», y entonces se instaurará — el autor cree por obra de América — un radical método científico. Las riquezas pasarán por las manos del pú­blico manipuladas científicamente por los expertos; la producción estará organizada bajo las órdenes del gobierno; el control de las materias primas será ejercido direc­tamente por una autoridad central; la agri­cultura será industrializada tanto en los métodos como en la mentalidad. Habrá se­guridad contra el paro, contra el hambre y las dificultades económicas, «pero no es seguro que no se pague a un precio muy caro».

La educación de la clase dirigente será completa y perfecta; la reproducción tendrá lugar científicamente (el 25 % de las mujeres y el 5 % de los hombres serán escogidos como progenitores de las nuevas generaciones; los padres no tendrán que ocuparse en absoluto por los hijos, y las madres muy poco). «Todos los sentimientos más profundos serán frustrados, excepto los de devoción a la ciencia y al estado.

De esta manera, podrá existir aún el placer, pero no habrá alegría… y no comprendo cómo el arte cabrá en esta sociedad». «Sólo un necio optimismo puede hacer creer que este mundo se agostará en una orgía de sangre y llevará al redescubrimiento de la alegría: porque quizás, por medio de las drogas y de los preparados químicos, se podrá inducir al pueblo a soportar todo esto, y sus protectores científicos decidirán su bien».

El último capítulo nos advierte que el cuadro precedente no es una profecía rigurosa, sino una descripción de lo que acontecerá si la técnica científica llega a dominar sin ningún impedimento, si la fuerza vence al impulso del amor. Y con­cluye: «La técnica científica si quiere enri­quecer la vida humana no debe sobrepasar los fines a los cuales debe servir.

Un mundo sin placer y sin sentimientos está falto de valor. La sumisión a los poderes de la naturaleza debe ser sustituida por el respeto a lo que hay de más noble en el hombre. Cuando esto falta, la técnica científica es peligrosa. Es mejor hacer poco bien que mucho mal».

Esta obra nos presenta a un Bertrand Russell muy diferente del de las especulaciones matemáticas y filosóficas que habían absorbido su actividad en los pri­meros decenios. El estallido de la guerra de 1914-1918 le impondrá no aislarse ya más del mundo, ni apartarse de los su­frimientos de la humanidad que no vive de abstracciones, sino de pan, de fe y de amor.

Mil rendijas se abren en esta y otras obras de la postguerra, que a través de cielos tempestuosos y rayos hacen entrever hori­zontes nuevos de nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales todavía la justicia, la paz y el amor podrán darse el anhelado y fraternal abrazo.

G. Pioli