Colección de artículos publicados entre 1832 y 1835 por el escritor y periodista español Ramón Mesonero Romanos (1803-1882), conocido con el pseudónimo de «El Curioso Parlante». Oscilando entre el ensayo y el boceto, estos artículos inauguraron en España un género completamente nuevo, lejano pariente de las Cartas Persas (v.) y de los ensayos del Spectator (v.).
Historiador y cicerone de su ciudad, Mesonero mira sus diversos aspectos con ojos de enamorado, indulgente a menudo para con las estridencias y los contrastes, pero a menudo también con ribetes de ironía sin hiel. Hábil en el juego de las reticencias, avezado al arte de rehuir la rigurosa censura de su tiempo, Mesonero hiere sin ofender, tratando, en estos artículos, de ordinario breves, los variados aspectos de la vida madrileña en un momento políticamente muy atormentado («La Politicomanía»); las ambiciones de la vida social («La Empleomanía»), las extravagancias de los literatos románticos («El Romanticismo y los románticos»).
Pero cuando trata de las características del pueblo madrileño (por ejemplo en «La procesión del Corpus», «La calle de Toledo», «El retrato», «Las ferias», «La capa vieja y el baile del candil», etc.) es cuando el autor encuentra sus momentos mejores. En él revive el gusto por todo cuanto es tradicional y popular, y en sus páginas aparece, viva y palpitante, toda una época que el tiempo ha sellado para siempre; el entusiasmo y la melancolía desbordan en él; logra tonos ora tiernos, ora nostálgicos, ora irónicos, esconde la simpatía con el ropaje de la sátira, o se abandona a una moralización divertida y maliciosa entre muchas piruetas imaginativas y entre recuerdos y anécdotas, a menudo anodinas y fáciles.
El mismo amor por lo pintoresco y la misma facilidad descriptiva campean en la segunda colección de Escenas Matritenses, publicada entre 1836 y 1842. Comparada con la colección anterior, en ésta los temas están visiblemente profundizados y enriquecidos.
El autor asume en ellos actitudes psicológicamente multiformes, desde la pensativa meditación («Antes, ahora y después») a la clara investigación maliciosa («El paseo de Juana»); desde las consideraciones de fondo cómico («La junta de las cofradías») a la evocación política («La casa de Cervantes»); con frecuencia dispone su tema en fáciles versos, en forma de romance (como en los graciosísimos «Requiebros del Avapiés», fogosa serenata de un enamorado bajo el balcón de su bella, que no está en casa).
Amalgama el conjunto una natural bondad y comprensión por las debilidades humanas, con honesta complacencia en corregir sin irritar, con un sincero propósito de decirlo todo sin recargar las tintas. A la segunda serie sigue una tercera, Tipos y caracteres, publicada entre 1843 y 1862. Pero ya en ellos se siente el cansancio del escritor, y las observaciones, agotados los pretextos más vistosos, tienden cada vez más a quedar al margen de sus temas, concentrando su «pathos» en los personajes pintorescos o característicos («Tipos perdidos», «Tipos hallados»).
La divagación nostálgica se asienta a menudo en ribetes irónicos, y el autor pide con toda franqueza socorro a la Historia, brindada con amabilidad didáctica. La analogía de los tipos y la insistencia en los mismos» recursos, a menudo da como resultado divagaciones y cansancio, pero Madrid está siempre presente con su color, con su carácter, con su espíritu; y esta completa participación del alma, este continuo coloquio con las cosas, da un inmarcesible sabor de actualidad a un mundo por completo desaparecido, sabor que tiene su acento particular en la entonación conservadora y burguesa que, en el fondo, inspira al autor. Escritor límpido y discreto, Mesonero posee un estilo dúctil, a menudo suelto y desaliñado, pero en el que el color y las cosas hallan siempre su máximo relieve.
G. C. Rossi

